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La República Panelista

Por Luciano Sáliche | Ilustración: Santiago Sardi

“No tengo idea. Me estás haciendo hacer de panelista:
me estás haciendo opinar de algo que no sé.”
Jorge Lanata (07-11-2014)

I

Televisión argentina. América TV. Día cualquiera. Once de la noche. Santiago Del Moro, conductor de Intratables, levanta la mano para interrumpir el largo soliloquio de un panelista y darle lugar a otro panelista que diga qué le pareció el informe que acaban de pasar en pantalla sobre la inseguridad, que dé su visión de las cosas, que opine. Pero en el instante previo a que la cámara apunte a una nueva silueta parlante, el entrajado conductor emite, como a la pasada, unas breves y contundentes palabras: “No hay dudas de que el tema que más le preocupa a la gente es la inseguridad”.

¿Quién es Santiago Del Moro y qué valor tiene su personalidad para elaborar la tesis de la opinión pública de la década K? ¿Cuáles son sus argumentos, sus razones, su formación, su base teórica y práctica para establecer de forma irreductible que “el tema que más le preocupa a la gente es la inseguridad”? ¿Alcanza que lo hayan asaltado unas cuantas veces, que conozca personas a las que también le robaron, que uno de los guardias de seguridad que custodian el country en el que vive le haya contado sobre un hecho de inseguridad a la salida de un boliche en la pesada zona oeste del conurbano bonaerense? ¿Alcanza la denuncia simplona, el grito en el cielo de la televisión, la fatídica pose de indignación, la mera y subjetiva opinión? ¿Qué es *la gente*, qué significa, quiénes se enmarcan dentro de esa sencilla pero extraña categoría? No se intenta negar aquí la existencia del creciente índice delictivo sino, por el contrario, poner bajo sospecha los discursos que emiten los frontman de la TV argentina.

II

Santiago Del Moro resume la joven voracidad trabajadora de la persona apasionada, no sólo por los billetes, sino también por el trabajo al que muchos llaman vocación. Por la mañana conduce un magazine radial en Pop Radio llamado Mañanas campestres; por la tarde conduce Infama, un centro chimentero que le pisa los talones al Intrusos del benévolo Jorge Rial; por la noche se pone el traje político y conduce el programa más plural de archivo y debates que pudo elaborar nuestra estridente televisión: Intratables. En todos estos programas hay una premisa dando vueltas: el panelismo.

La República Panelista es uno de los países centrales dentro del Planeta Farándula. Alineada política y económicamente con el epicentro que representa el programa de Marcelo Tinelli, teje elucubraciones ociosas pero potentes conformando junto a los noticieros, los diarios y los enclaves del océano web el complejo concepto del sentido común.

El sentido común es la obviedad, es el razonamiento lineal, lo que primero se nos viene a la cabeza. Esa opinión predecible al que el gran abanico mediático adscribe se torna, generalmente, irreversible. ¿Cómo es posible que un chivilcoyano crea que el problema más preocupante del país es la inseguridad y para combatirla ponga cerraduras de hierro y alarma de seguridad en la casa y postee en Facebook u opine en una charla de café que la única salida es aumentar las penas de los delincuentes y cerrar las fronteras? Eso, estimados, es sentido común: no dudar en absoluto de lo que se nos dice y repetir como idiotas que está bien todo lo preestablecido. Y desgraciadamente en la televisión argentina esta concepción abunda.

III

La República Panelista es un país que produce personas capaces de defender con su vida ese sentido común reinante. Se mueven en manadas, de a cinco por lo menos, copando programas centrales de la televisión. Por nombrar algunos ejemplos: Intratables, Animales sueltos, 678, Duro de Domar, Infama, Nosotros al mediodía, AM, El chimentero, Zapping, Implacables, Intrusos. El conductor conduce y ordena; los panelistas comentan, dicen, reflexionan, opinan. Ese es el verbo: opinan. ¿Y cuál es la formación, el valor que tiene su opinión?

Un panelista tiene dos opciones: o se escuda en que sabe del tema, que ha leído, que se ha instruido y desde ese lado defiende su pasaporte de panelista; o sugiere, con aires naif e ingenuidad brutal, que opina como cualquier ciudadano y que su opinión tiene el mismo valor que cualquier otra sólo que la diferencia radica en una casuística ocasional. El relativismo que impera en la República Panelista cuando afirman que todas las opiniones son igual de válidas elimina la posibilidad de encaminar a la sociedad hacia reflexiones argumentativas, hacia opiniones más formadas a partir de la incorporación de conocimiento como forma de evitar caer en el lugar común.

Este enfoque es un engranaje clave en el planeta Farándula porque produce la transferencia con el espectador. El panelista debe lograr identificar al espectador y plasmar que cualquier persona puede estar sentada en su lugar porque representan a *la gente*. Y ahí adquiere valor el efecto contagioso de agitar hacia una opinología todológica donde se sienta posición antes de que se conozca el debate. La República donde nunca se puede estar callado ni se debe mostrar ignorancia -sí ingenuidad, más nunca ignorancia- ni evitar el debate ni preferir el silencio ante un tema que jamás antes se ha reflexionado. Esa es la República Panelista donde ciudadanos opinan porque, aseguran, son la voz de *la gente*.

IV

El concepto de la *la gente* resume el mayor grado de despolitización y desterritorialización para volver a los individuos -una vez desclasados y asexuados- una uniforme masa de iguales. Los medios de comunicación masiva surgen a partir del proceso por el cual la Modernidad fija un nuevo régimen: el anonimato. Ser un anónimo implica ser una estadística, ser un ignoto sujeto más de una turba cuantificable y manipulable.

La comprensión de las personas sin su gigantesca diversidad, sus diferencias de clase, de sexo, de género, de geografía, de etnia, de religión, de costumbres es reducir a todos a un estereotipo, un ideal, un promedio. *La gente* es la estatua de cera que está del otro lado de la pantalla, creada minuciosamente por los medios de comunicación a base de retazos y fragmentos tóxicos de sus propios intereses. Bertolt Bretch decía que una réplica de la realidad nos dice menos que nunca de la realidad. Perón, que lo único que existe es la realidad. El ABC de la semiótica sostiene que la realidad nunca puede ser conocida, que lo que vemos es una parte de la realidad, el fragmento que nosotros interpretamos de ella y luego, al graficarla, hacemos una construcción tamizada por la realidad que creemos ver. No existe la gente. Es la construcción de una construcción, algo tan vago como la idea de una idea.

V

Para Jacques Lacan, el lenguaje lo explica todo porque el objeto de deseo sólo se confiere como tal en tanto alguien más lo desea. Por eso el ser humano funciona por consensos. Por eso el lenguaje -el más enorme y arbitrario consenso social- explica nuestros deseos. Para Lacan, la producción social de significaciones, el orden que adquiere preeminencia es el del significante. Cadena de significantes es el concepto que utiliza para establecer cómo se producen las creencias, los valores y las nociones de Verdad, Bien y Belleza. Entonces, si la producción de significaciones se da a partir de un consenso, ¿cómo se crea ese consenso, quiénes lo crean y para qué?

Siguiendo esta línea, Valentin Voloshinov hablaba de la monoacentuación de los conceptos por parte de la clase dirigente quitándole la verdadera complejidad del significado atando este tamiz discursivo a sus propios intereses. Vayamos a lo práctica: ¿qué significa inseguridad? Si funciona como la idea de estar en peligro, en estado de vulnerabilidad, desprotegido, ¿por qué la asociación directa con la delincuencia? ¿Por qué no se piensa también frente a un fenómeno climático o un ataque de insectos mutantes o un sistema económico que excluye hasta el mugriento olvido a las clases más pobres? ¿Dónde está la inseguridad? ¿En las salideras bancarias, en las calles más oscuras de Buenos Aires, en los metros previos a entrar a un lujoso country de Nordelta? ¿O en el sueldo negro del tercio de la población argentina, por citar un mínimo ejemplo?

Las voces hegemónicas -esto es: los grandes medios y los dirigentes políticos de renombre- simplifican la complejidad del concepto de inseguridad. Como diría Voloshinov, lo monoacentúan.  El resultado: se establece que hablar de inseguridad es hablar del crecimiento de la delincuencia. La escena: cientos de panelistas desinformados que tocan de oído y repiten sin parar que en este país ya no se puede vivir, que ayer alguien asaltó a un vecino y que, a partir de ese simple suceso, están legitimados para opinar.

VI

Los panelistas son trabajadores del espectáculo. Son portadores de una voz tan desencajada del rigor y la celebridad que andan en el medio, sin demasiada preocupación por desenredar los lazos de la Verdad y sin demasiada belleza televisiva como para bajar de una limusina y caminar sobre la alfombra roja. Los panelistas aspiran a ser conductores de sus propios programas de panelismo. Aspiran a ser los líderes televisivos que presentan el informe mirando a cámara y que gozan de tener la opinión más valorada y respetada de su propio programa.

La República Panelista es el país que se mete en el living de las modestas casas de una audiencia homogeneizada. Opinan del último romance entre un político y una vedette clase C, luego de la violencia que un reconocido actor le ejerció hasta la inconsciencia a su infiel esposa, luego de la preocupante violencia de género en Argentina, luego de la creciente inseguridad, luego de la última operación de una octogenaria celebridad que parece sexagenaria, luego de la cantidad de famosos que revelaron en el último tiempo ser portadores de HIV, luego del HIV, luego del nuevo tatoo hot de la exitosa cantante de un país remoto, luego del video porno de una respetada actriz de teatro drámatico, luego de una foto en Instagram de un famoso productor fumando porro en el Caribe, luego del preocupante consumo de marihuana en la juventud. Opinan. Como panelistas enardecidos que se pisan hablando todos a la vez, opinan. Sin un gramo de formación, los panelistas opinan.

 

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