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Páez ya no hace las canciones que hacía

Por Estanislao López | Fotografía: Julieta Barbieri

Camina por Jean Jaures. El sonido de sus pasos se entremezcla con la voz en sus oídos de un Páez cantando sobre una despedida. Páez ya no hace las canciones que hacía. Tampoco Manuel hace las risas que antes hacía. Son las dos de la mañana. Para Manuel son las dos de la mañana desde hace seis mañanas.

Buenos Aires arroja un anonimato que a veces agrada, otras veces estremece. En Chivilcoy, alguien le preguntaría qué le pasa, aunque él quiera, aunque él no quiera. “Un Camel de diez”, el vuelto a un linyera y las tristezas a casa. Sus ojos clavados en una pareja que camina de la mano, sus sonrisas -indiferentes- le pasan por un costado. Por fin llega al edificio.

Manuel está acostado. Mira el techo. Llora. Escucha como su vecina de arriba grita teniendo sexo. En el teléfono su madre, corta antes de atender. Tres de la mañana. Lee poemas de Casas. La tele de fondo (pastores brasileros prometiendo el paraíso). Manuel va a la computadora. A juzgar por su Facebook todos son felices menos él. “¿Qué estás pensando?” se lee en el monitor.

Manuel abandonó a Jimena. Experimenta un dolor raro, el dolor del que deserta, del que no cumplió las promesas, del que traicionó lo supuestamente eterno. En los días felices, él miraba la cara de Jimena mientras ella tenía un orgasmo y juraba que el tiempo no desgastaría nada. Como has jurado vos. Como he jurado yo. Alguna vez llegará el momento en donde Manuel sepa que no está mal prometer amor eterno.

Cuatro de la mañana. Manuel repasa fotos en su celular, en casi todas está Jimena: en una plaza, en un recital, en un bar (solían cerrar los bares juntos y caminar haciendo zetas por la calle). Por esos días la ciudad era sólo un decorado, una escenografía que los acompañaba. Hoy la ciudad lo aterra, la ciudad es un infinito, de anónimos, claro.

Manuel y Jimena tenían su propio mundo. Como lo has tenido vos. Como lo he tenido yo. Canciones de Spinetta, películas de Hitchcock, novelas de Camus, poesías de Rimbaud, lo conducen a Jimena. Manuel busca una huida liberadora, necesaria, redentora. A Manuel le faltan certidumbres y lo abundan fantasmas de desatinos. Manuel desea desahogarse.

Cinco de la mañana. Manuel no quiere continuar pensando. Va al kiosco a comprar cervezas. Camina por Jean Jaures. El sonido de sus pasos se entremezcla con la voz en sus oídos de un Páez aconsejando confiar. Por cierto, Páez ya no hace las canciones que hacía. Siete de la mañana. Manuel está borracho en su departamento y se queda dormido, previamente escribió:

¿Acaso no será igual?

Me arde la nicotina, cala mi cabeza, mis pulmones, mis ideas.
Desierto. Novias con novios. Groupies con rockstars. Desierto.
Faseros con transas. Hojas con chorros de tinta. Mi padre con mi madre.
Desolación. Protesta el silencio, el reloj. Desolación.

En algún lado debe estar pasando algo. Un cumpleaños. Un velorio.
Se desfigura mi cuerpo. Se desvanece. Se disipa tras la pantalla.
Me dejo llevar, me suelto. Me contraigo, me ato.
Todo es mentira, salvo este instante.

No hay más infancia protectora. Desarroparse para luego abrigarse.
Deshollino y pago el costo. Ventilo y pago el costo.
Yo aprendí todo. Yo no aprendí nada. Yo viví nada. Yo viví todo.
Tengo esperanzas, tengo fuerzas. No tengo nada.

Un caos. Una calma. Un éxtasis pasajero. Una desconfianza.
¿Y mañana qué? ¿Acaso no será igual?.

 

 

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