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Tranqui, ciento veinte

Por Federico Capobianco | Fotografía: Ezequiel Díaz

“A ver si te animas a seguir 
Poniéndole tus ojos al sol”

Aristimuño – Traje de Dios

 

I

Hace algunos años fui con mi familia de vacaciones a la costa. Y aunque el objetivo de irse de vacaciones suele ser, casi siempre, no hacer nada, en la costa la “nada” es mucho más nada que en otros lugares. Y mucho más nada es los días nublados que amagan con llover.

Mi hermano había llevado a un amigo por lo que éramos tres los aburridos. En la playa era imposible estar sin ser castigado por la arena así que decidimos ir a caminar. El paseo duró las tres cuadras que tardamos en ver el cartel que indicaba que en media hora partían un montón de cuatriciclos a modo de “súper excursión”. Así decía el cartel.

Nos pareció un gran plan para romper el aburrimiento. Volvimos a invitar a mis padres –a que nos inviten ellos mejor dicho- y salimos hacia el local donde iniciaría la “super excursión”.

Después de ciertos consejos prácticos para evitar accidentes nos ubicamos en los vehículos. El instructor de la excursión se subió al primer cuatriciclo de la fila para guiar el viaje, pero antes de hacerlo, como olvidándose algo, se dio vuelta a todos y nos dijo, más como advertencia que como consejo: “Todos los problemas se solucionan frenando”.

La excursión arrancó y sólo cinco minutos bastaron para que una mujer, que manejaba el anteúltimo cuatriciclo –el cierre de fila estaba a cargo de un pichón de instructor-, perdiera un poco el control y la dirección se torciera hacia el costado del camino, mucho más bajo y repleto de pinos. La situación pudo haber sido controlada si la mujer no hubiese entrado en pánico al mínimo cambio de dirección y no hubiese acelerado en vez de frenar. Por suerte la arena suelta frenó el vehículo metros antes de un pino bastante grande.

La caravana se detuvo, el instructor chequeó que todo esté bien, volvió a subirse a su cuatriciclo y volvió a darse vuelta para volver a dar la misma advertencia: “Todos los problemas se solucionan frenando”.

La situación encaja perfecto: ante la aparición de un problema lo aconsejable para solucionarlo es frenar, detenerse. Pero ante la aparición de problema lo más probable es que aceleremos. Esa escena de la excursión, incluida en la vida misma, representa eso: la vida misma.

 

II

A primera vista el hecho de frenar podría considerarse una cuestión de velocidad. Pero como todo, se establece en el tiempo. En el propio tiempo. Porque la percepción del tiempo es propia, no existe un tiempo común.

¿Cómo percibimos el tiempo? El doctor estadounidense Larry Dossey, en su libro “Tiempo, espacio y medicina” establece que percibimos el tiempo de la misma forma que percibimos la realidad, porque el tiempo es algo que nos llega desde el exterior y, como todo lo exterior, su percepción es alterada por la propia subjetividad. Todas las cuestiones que moldean nuestra personalidad a lo largo de nuestro crecimiento hacen a nuestra experiencia, y es fruto de la propia experiencia cómo definimos al tiempo. Nuestro tiempo.

Como hay notorias diferencias entre los individuos hay notorias diferencias en la manera cómo esos individuos se relacionan con el tiempo. Dossey cita a Otto Fenichel, un psicoanalista austríaco: “Algunos sujetos neuróticos presentan claustrofobia relativa al tiempo. El paciente se siente encajonado por sus obligaciones y oprimido por la falta de tiempo, de modo semejante a como la persona que padece claustrofobia se siente encerrado entre paredes en el espacio”. Fenichel añade que otros “sienten miedo ante la ‘anchura’ del tiempo; buscan continuamente estar siempre haciendo algo, pues el tiempo vacío produce en ellos el mismo efecto que el espacio vacío en los agorafóbicos (temor a estar solos en espacios abiertos)”.

Tanto en la “claustrofobia al tiempo” como el “miedo a la anchura”, lo que se encuentra en su centro es la cuestión de información. Las obligaciones que encajonan como el continuamente hacer algo bombardean al individuo de información. Algo que también influye, y mucho, en la percepción del tiempo. ¿Quién no estuvo concentrado en ciertas actividades y al terminar sintió que el tiempo voló? Eso es porque a mayor información se ensancha nuestra sensación del paso del tiempo. Pero a su vez, y aunque se preste a confusión, cuando estamos concentrados en algo que nos hace sentir que el tiempo pasó volando, es cuando menor prestamos atención al paso del tiempo.

A la inversa, ¿a quién no le pasó de estar con alguna actividad que no le gustaba hacerla y sentía que el tiempo no pasaba más, que se alentaba? En esta situación nuestro sentido del paso del tiempo disminuye pero nuestra atención al paso del tiempo es mayor. Pero no nos volvamos locos pensando en las confusiones semánticas de los enunciados. La cuestión no está en la cantidad de información, sino en el placer que nos genere. Es decir, el paso del tiempo se disfruta, y sentimos que vuela, cuando la actividad que realizamos y la información que recibimos nos generan placer. Al contrario, el tiempo no pasa más.

 

III
La cultura occidental instaló en la conciencia humana una palabra con más significado del que aparenta: utilidad. No sólo debemos hacer todo el tiempo algo útil sino que también sea efectivo.

Es evidente que empujando de atrás se encuentra la fuerza de la economía del mercado, cuyo único propósito consiste en incrementar la cantidad y el reemplazo de los productos. Y a medida que pasan los años, con la acentuación del consumo, la rueda gira cada vez más rápido y el concepto de utilidad y el mercado se funden. Para lograr la utilidad constante es necesario recurrir a lo que ofrece el mercado, y como sus ofertas cambian constantemente, cambian también la idea de utilidad. Lo que es útil hoy dejar de serlo mañana, así sin más.

En la última época, donde el consumo se vive con un salvajismo impresionante, se crearon industrias enteras cuyo único objetivo es crear en el individuo inseguridades varias: sobre el cuerpo, sobre la apariencia, la actividad realizada. Y después de esa creación las mismas industrias ofrecen infinitos combos de productos para salvarnos de esas inseguridades. Tanto bombardeo ejerce una presión de originalidad en la construcción de identidad que se convierte en algo problemático: queremos salir de ahí, escaparle a las industrias, pero el simple intento es profundamente estresante.

Acceder a las ofertas de modos de actuar y de alternativas que crecen sin freno conduce a la “sobresaturación, que da origen a una inseguridad esencial acerca de las posibilidades de alcanzar un conocimiento sólido, lo que lleva a que la identidad se convierta en un proyecto colectivo según el cual tenemos que estar permanentemente dispuestos a cambiar nuestros puntos de vista y nuestros estilos de vida”, dice el psicólogo Owe Wikström en su libro “El elogio de la lentitud”, donde agrega: “otra característica actual es la estetizacion. Cuando pocas veces se le concede espacio al interior, lo que pasa a contar es el exterior”. Y acá es donde se complica.

En el exterior la oferta de información aumenta proporcionalmente a lo que disminuye la capacidad de borrar lo que no sirve. Lo que establece unos ideales de “vida plena” tan altos que son imposibles de alcanzar y que pintan a nuestra cotidianeidad de una banalidad que nos impide estar tranquilos, que nos lleva a movernos sólo para alcanzar esa “vida plena”, porque la nuestra, la “vida real”, nunca es como queremos. Lo que vale preguntarse es qué queremos.

 

IV

Las personas no estamos obligadas a reflexionar sobre nuestras cosas, estamos condenados a hacerlo. Eso es lo que nos hace humanos y de lo que no podremos escapar nunca.

Imaginemos una soga elástica. Podemos atar una punta a un palo y estirar de la otra. Estirar hasta donde se quiera. Pero en algún momento nos cansaremos de estirar y el elástico volverá velozmente al palo. Y a más estiramiento el golpe al volver es más fuerte.

Ahora habría que cambiar al palo por nuestra existencia y al elástico por nuestra cotidianeidad.

En el siglo XVII, Blaise Pascal hablaba de la tendencia centrifuga del ser humano: “el humano hace casi cualquier cosa para no tener que enfrentarse a sí mismo y se lanza constantemente sobre actividades frenéticas solo para escapar del amargo reconocimiento de su propia insignificancia en la existencia.”

Cuando obtenemos momentos de calma, lo primero que sentimos, paradójica y lamentablemente, es confusión e intranquilidad. Por eso nos ubicamos tras ese escudo abstracto de “falta de tiempo”, el cual es resultado de un montón de ocupaciones extras, sumadas a la presión socioeconómica y a nuestra incapacidad de autocontrol.

 

Hay que admitir que no es fácil dejar que las cosas fluyan y permitirnos frenar. Requiere una determinación inmensa. Y determinarnos parar, pensarnos y hacer lo que realmente nos gusta requiere valor. No es fácil detenernos dentro de esa vorágine externa y darnos lugar. No es fácil enajenarnos de ese mundo exterior y darnos existencia fuera de él. Pero alguna vez sería bueno probar que se siente conciliar nuestro dilema existencial. Ese que nos hace sentir el centro más importante y eterno, pero a su vez seguir siendo sólo un grano de polvo.

 

 

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