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El menos común de los sentidos

Por Federico Capobianco

 

   “Es mucho mejor sentarse solo con una taza de café y dejar que los pensamientos vaguen de un lado a otro como les plazca antes que dejarse arrastrar por un charlatán.”

 I. Hedenius

 

Acaba de suceder otro hecho relevante en el país: el pasado domingo 18 de enero hallaron muerto a Alberto Nisman, fiscal de la causa AMIA, quien una semana atrás había acusado a la Presidenta de la Nación de encubrir al terrorismo iraní. Probablemente sea el hecho más complejo de los últimos tiempos y probablemente el cual nunca se esclarezca ni sepamos realmente qué pasó. Lo único que nos asegura lo que sucedió es que a esos niveles de poder ocurren cosas para nosotros inimaginables.

Otra de las cosas que acaba de suceder a la par del hecho –como a la par de todos los hechos similares en relevancia- es la aparición de la “opinión pública”. Esa olla en la que metemos nuestras creencias sociales, ideologías políticas y la información que consumimos para obtener nuestra sentencia sobre lo ocurrido.

¿Pero la opinión pública es realmente lo que “la gente anda diciendo” o es lo que nos dicen que la gente anda diciendo? El sociólogo Pierre Bourdieu dice que “la opinión pública no existe, al menos bajo la forma que le atribuyen los que tienen interés en afirmar su existencia. Existen, en cambio, opiniones constituidas, movilizadas, de grupos de presión movilizados en torno a un sistema de intereses explícitamente formulados”. Es decir, a la opinión pública la construyen aquellos que pueden decir y ser escuchados por muchos. Por lo que otra cosa que surge a la par de estos hechos, y alentados por intereses políticos, económicos o los que fueren, es la puesta en acción del show mediático. Ese que vemos, que consumimos, porque nos gusta opinar. Nos gusta formar parte de esa opinión pública. Pero lamentablemente el germen de lo que opinamos no es el verdadero análisis de lo sucedido sino que es inventado. Esto no quiere decir que no tengamos opinión propia sino que quiere decir que lo que opinamos es creado por las diferentes luchas de sentido que vemos en los medios de comunicación. ¿Por qué? Porque en estos casos no tenemos ni la más mínima idea de lo que pasa. Por eso decidimos escuchar a quienes suponemos que sí, o por lo menos suponemos están más cerca de saberlo. Pero en esta lucha de sentido, como en toda lucha, no todos tienen el mismo peso o capacidad de reproducir sus voces.

En la cima están los medios de comunicación que poseen el lugar más privilegiado a la hora de construir sentido. Así, ponen frente a la cámara o los micrófonos a sus opinadores estrellas. Aparecen especialistas en lo obvio y las “voces de la gente”. Aparecen y son capaces de elaborar teorías -y afirmarlas- horas después de que salga la noticia y horas antes de cualquier estudio médico o cualquier novedad judicial. Son capaces de elaborar la verdad más rápido que la misma verdad. Porque en el mundo mediático de hoy la información es mercancía y quien más rápido la coloque en el mercado y la venda se lleva los beneficios.

Junto a ellos, en este tipo de hechos, están los dirigentes políticos. No está mal que estén, el hecho involucra al aparato político por lo que se debe hacer política con este hecho. Lo que no se debe hacer, donde hay una muerte de por medio, es proselitismo. Es decir que no se puede usar para beneficio político propio. Pero hoy en día toda acción política es proselitismo. Los opositores salen a acusar, a asegurar amenazas, asesinatos o suicidios inducidos en los medios que quieren que esto se diga. Y como la idea sobrevuela –porque sea lo que sea que haya pasado hay una idea, una sensación, que sobrevuela para todos- los dirigentes oficialistas utilizan sus propios medios para declarar e inocentemente (¿inocentemente?) defenderse. Unos y otros usan los medios que les convienen para decir lo que les conviene a la misma velocidad que los medios.

Debajo de ellos, en el último nivel posible de expresión, estamos nosotros totalmente contagiados. Así, salimos a imitar a los demás actores en el único lugar que podemos que son las redes sociales. Desde allí exponemos nuestro sentido aunque este fundado en el desconocimiento absoluto. Allí, lo primero que se nos viene a la cabeza lo escribimos, lo afirmamos.

 

Estos hechos deben servir para reflexionar y reclamar –otra vez- responsabilidad social a los medios y sus comunicadores. Si no, el periodismo sigue siendo el títere que nos cuenta lo que los gobiernos o las empresas nos quieren decir. Además, estos hechos tienen que servir para ponernos a prueba a ver cuán prudentes podemos ser. Si somos capaces también de ser responsables. Si podemos esperar novedades serias antes de sentenciar miedo, terrorismo, mafia, oscuridad, vestirnos de soldados, defensores de la patria, etc. Si podemos esperar alguna novedad que se parezca a la verdad.

Pero quizás la verdad ya no importe. Porque lo que importa ahora es lo que ellos quieren decir. Porque lo que importa es lo que nosotros queremos creer. Y nada, ni la misma verdad, va a cambiar eso.

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