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Facundito – 3º Entrega

Hola, pa…

Cuando me veas te vas a morir, estoy sacando tremendos músculos con la cantidad de cosas que me hace levantar Francia, el paraguayo que trabaja conmigo en la obra de Palermo del hijo de Tito; los muchachos me cargan porque dicen que en menos de un mes ya se me marcan las venas. Está todo muy tranca por acá, la verdad, me la paso todo el día en la obra, arranco tempranito, por ahora no me dormí nunca, siempre llegué puntual, y caigo a casa ya de noche. Volver a Once después de haber estado todo el día en Palermo, rodeado de esos edificios de películas yanquis, pensando que en cualquier momento se asoma Mary Jean semidesnuda del balcón y al rato aparece Spiderman para besarla, pasar de ese paisaje alucinante a las desoladas sombras que forman los cables, las antenas y las casas despintadas, llenas de óxido… es un toque violento, como cuando el Wense nos invitó a jugar al tenis a la quinta que tenía por la ruta, que se largó a llover y nos tuvimos que ir sabiendo que nunca más volveríamos a estar ahí y nunca más volveríamos a jugar al tenis. O sea, no me pega mal, no me entristece, pero me doy cuenta como son las cosas acá, lo mismo que allá, hay gente con mucha plata y gente seca, que vive al día, como puede, sólo que acá las cosas son más evidentes. Pero más allá de eso, ¡no sabés lo que es Palermo, viejo! Un barrio de gente con mucha plata y mucha onda, porque esos son los dos requisitos para vivir en Palermo: tener plata y tener onda, ponerse pantalones apretaditos, muy apretaditos, como las calzas que se pone la Vico y vos siempre decís que le marca toda la cotorra y que es muy chica como para vestirse tan zarpada, bueno en este barrio los tipos andan con esas cosas puestas pero eso sí, siempre andan en autos de plástico, como el que peló el dueño de la remisería, ¿te acordás? La marca de los cuatro redondeles todos pegados, esos son los autos que van y vienen por la puerta de la obra en Palermo donde lo tipos pasan con anteojos negros gigantescos como si fueran estrellas de cine, el vidrio bajo, la mano afuera con alto reloj y al lado, siempre a su lado, hay una hermosa mujer. ¡No sabés lo que son las mujeres acá! ¡Parecen modelos, cinturitas chiquitas, tacos altos, shorcitos de jeans cortos con unas piernas largas como una escalera se bajan de esos autos de la marca de los cuatro redondeles de la mano de los tipos con pantalones apretados que parecen putos, porque eso aprendí, para salir con las mujeres de Palermo hay que vestirse como puto pero sin serlo, y se meten en el edificio que hay justo en frente de la obra. En realidad son dos edificios, uno al lado del otro, como si fueran las torres gemelas yanquis, esas que los terroristas se las tiraron abajo pero que el tío dice que se las tiraron solos para meterse en los países de Medio Oriente y hacerlos mierda, bueno, dos torres de esas, enormes, muy altas, mucho más altas que el Obelisco, ahí se meten los tipos con pantalones apretados con las mujeres que parecen modelos y nosotros en frente, en la obra, tomando mate, comiendo galletitas Don Satur, las miramos como el Willy mira el horizonte cuando íbamos a pescar, así las miramos, con una paciencia de araña, con vista de rayos láser, las analizamos detalle por detalle, el tono de la piel, el sutil maquillaje, los lunares dispersos en las espaldas, los finos y sensuales tatuajes, todo. No existe ningún estimulante para trabajar tan potente en esta ciudad como ver a las mujeres palermitanas porque cuando estoy rasqueteando paredes o colocando algún tirante o mezclando cemento en la mezcladora giro la cabeza y miro hacia esas dos torres gemelas que hay en frente y veo esas mujeres, que no son mujeres, son obras de arte. Ese término usó Francia: obras de arte. Así sí que vale la pena laburar, me gritó el otro día cuando me vio que estaba hipnotizado con una rubia que usaba una pilcha rara que era una remerita y un shorcito pegados que después en un cartel de la avenida me enteré que esa prenda se llama mono. No se comparan con las trolas del cabaret cerca del pueblo al que me llevaste cuando cumplí 13, no se compara, estas son modelos, arregladitas, limpitas, flaquitas. Algún día, papá, voy a volver al pueblo en un auto de la marca de los cuatro redondeles sacando el brazo por la ventanilla con un reloj dorado, con anteojos gigantes, con Pappo sonando a pleno en el estéreo y al lado, voy a llevar a mi lado, a una hermosa rubia modelito de las que anda en Palermo y te la voy a presentar a vos y a mamá y a la Vico y a los muchachos y a todo el pueblo como mi novia, porque eso es lo que quiero, una novia como esas pero que le guste el pueblo, algún día voy a volver, papá, mientras tanto te mando estos mails para contarte que todo va bien y que pronto el hijo de Tito, Pancho, me va a pagar el primer mes y espero que sea buena guita para poder meterme en un buen restaurante y comer alguna comida parecida a la que hace mamá, cómo extraño la comida de mamá, la puta madre, y a todos ustedes.

Facundito

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