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La cara de Fabián Doman

Por Luciano Sáliche

“Me estoy volviendo cada vez más pajero.
Sin la tele no soy nada.
Y con ella tampoco.”

Carlos Godoy (Prendas, 2005)

I

Hasta junio del 2014, la cara de Fabián Doman era perfectamente redonda dado que la parte inferior presentaba una curvatura inmejorable. El secreto estaba en la abultada papada colgante debajo de su pera que ahora dejó de existir porque, días antes de estrenar su flamante programa televisivo, decidió someterla al bisturí. Doman sonríe mucho pero de forma breve, es decir, sin estirar completamente sus labios. Abre su boca poco pero lo suficiente como para que las cámaras tomen sus nuevos y blancos dientes; y su vello facial es una barba siempre mal afeitada con pelos aleatorios que brotan, por momentos blancos, por momentos negros.

Quizás lo más interesante en la cara de Fabián Doman sean sus ojos, siempre entreabiertos, cristalizando la mirada más solemne y altanera que pueda existir en el planeta Farándula. Porque este hombre que pasó de ser un periodista *serio y objetivo* a conducir el programa ómnibus del mediodía de El Trece llamado Nosotros al Mediodía donde una serie de panelistas, subpanelistas, periodistas de espectáculo y celebrities dialogan de “lo que le importa a la gente” forma parte activa del planeta Farándula. Esos resabios de periodista instruido e informado quedan aún en el inconsciente colectivo de la audiencia que hoy lo ve hablando con Lizy Tagliani, opinando sobre el nuevo romance de Amalia Granta y poniéndose en la piel de *la gente* diciendo que “con esta inseguridad ya no se puede vivir”.

Sin embargo su rostro es un reflejo fiel de los momentos televisivos que nos acechan y entremezclan sin pudor alguno para el regocijo o confusión del espectador la política y el espectáculo. Aunque se destaque su mirada -soberbia certera, penetrante y burlona- la novedad es que esa mirada, poderosa como pocas gracias a esa expresión de “tengo todo bajo control”, está inmersa dentro una cara torpe y sin gracia.

II

Doman merece un capítulo aparte en el itinerario de época donde se entrelazan el último y decadente bastión de objetividad que es el periodismo y el nuevo terreno de la masificación naif que es el chimento. El territorio que se forma a partir de estas dos realidades, tan dispares en apariencia, se llama planeta Farándula. Allí Fabián Doman supo encontrar un lugar donde poder hablar desde una Verdad en una televisión que ya no la necesita.

Media hora antes de que inicie su programa –Nosotros al mediodía va a las 11:30 de la mañana-, sube una foto a su cuenta de Twitter que anuncia que acaba de llegar al canal y que en breve arranca un “programón”. Y en la foto está Doman, sonriendo con expresión forzada, mostrando parte de sus dientes nuevos y abrazando, a su lado, a su nueva pareja: Carolina Nuin, una empresaria de 40 años, 10 menor que él, que cambió hace poco por su anterior pareja. (Suena fuerte “cambió”, ¿no? Digamos entonces que simplemente el amor se terminó y de forma casi simultánea brotó otro.) Carolina Nuin es una rubia de pelo corto con un cuerpo torneado por el tecnológico gimnasio de Los Pingûinos, un country de Ituzaingó donde viven empresarios y estrellas de buena billetera.

Hay un nudo extraño, ambiguo, confuso, en un momento de su vida, que él mismo se encargó de desatar como un estratega inglés. Su anterior pareja se llama Evelyn Von Brocke, panelista de Bendita, el programa que rema Beto Casella por Canal 9. La confusión del hilo narrativo se da a partir de este cambio. Hasta ese momento, Fabián Doman era un periodista serio de un canal informativo con todo lo que ello implica. Tenía su espacio en C5N y hablaba desde el lugar del saber que otorga un medio que sólo se dedica a informar.

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III

Pausa. Interrogante clave: ¿Los noticieros sólo se dedican a brindar información? Cualquier lector avispado o estudiante promedio de una cerrera y una universidad confiables sabe que la información es una mercancía como cualquier otra y para venderla hay que agregarle cierto condimento. A esto se le llama ideología y su base teórica se sustenta -como afirma el argelino Louis Althusser- en su supresión, es decir, en su ocultamiento. Por eso, Fabián Doman, indignado por la inseguridad, dice que detrás de ese tema no hay ideología, que tiene que solucionarse como sea porque es el tema que más le preocupa a la gente. ¿Realmente no hay ideología detrás del pedido de una celebridad por llenar las calles de policías, aumentar la pena a los delincuentes, cerrar las fronteras del país, eliminar la droga de la faz de la humanidad y legitimar un corte de ruta sólo si lo realiza la burguesía por reclamos de inseguridad?

Ya lo decía Armand Mattelart hace 40 años en La comunicación masiva en el proceso de liberación: “La prioridad nítida de los temas llamados políticos actúa como vivificador de la representación colectiva que ha creado la burguesía sobre lo que es y qué debe ser la política y su territorio reservado”. Y en otro pasaje del mismo libro: “Por su condición o por su saber tienden a monopolizar y congelar los hechos y les confieren su propia imagen y apreciación de clase, inhabilitando al público para que tenga una visión que escape a los marcos interpretativos estrechos de las seudodiscusiones de la democracia formal”. En palabras más coloquiales: los medios hablan como sus dueños y las celebridades que en ellos salen. ¿Qué tan real es la identificación que tiene un espectador promedio con un sujeto que sólo mira la cola del 151 en Once desde su confortable Audi si es que por allí pasa?

Fabián Doman, exponente de la burguesía mediática, y massista de primera línea que ha dicho públicamente y en su programa *para toda la familia* que cualquier cosa que diga Sergio Massa -actual gran candidato de la oposición pero ex kirchnerista tras ocupar los cargos de titular del Anses y Jefe de Gabinete en la década K- le cree.

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IV

Volvamos. El momento en que el periodista despega –este verbo es muy usado para definir los altares de la fama- y se introduce en el planeta Farándula es cuando aparece con la empresaria Carolina Nuin, y se replican en los medios las fotos de sus sucesivas vacaciones en playas paradisíacas. En las imágenes, Doman abraza a su nueva pareja, ambos sonríen, se besan, se toquetean, se tapan los ojos y se vuelven a besar. Todo a metros de los paparazzi que, se sobreentiende, no es “in fraganti”, y ellos saben que están ahí fingiendo naturalidad y formando parte de una gigantesca ficción.

Pero, ¿qué mejor que ser parte del mundo trash del chimento que con una esposa panelista como Evelyn Von Brocke? Quizás la dupla no es un negocio, no es un boom periodístico, no es noticia como lo fue Mónica Cahen D’Anvers y César Mascetti, hace algunos años. Porque si hay algo que Doman aprendió muy bien fue a vender en esto del sensacionalismo periodístico. Basta con clickear acá y descubrir una inmejorable tapa de la revista La Primera, la cual él dirigió.

V

El planeta Farándula es un gigantesco reality, una enorme y elaborada ficción, y Doman lo sabe. Entonces actúa, sonríe, baila, tira rostro, muestra sus nuevos y blancos dientes, abraza a su nueva pareja de la cintura y pone su culo lo más cercano de la cámara posible para que todos sepan que la fama es generosa para los famosos y alucinógena para los espectadores. Por eso su reluciente rostro se vuelve inmaculado cuando alguien grita ¡aire!, cuando le avisan que ya está en vivo, que empezó el programa, que tienen que generar rating o mantenerlo.

Sacando las personas deformes o víctimas de una enfermedad atroz, nadie puede querer tener la cara de Fabián Doman porque carece de gracia, de estima, de belleza. Pero es su mirada la que rompe con la esquemática expresión de bobo. Su mirada certera, penetrante, burlona y altanera es la mirada del hombre que se introdujo en el planeta Farándula y que salió del periodismo porque entendió que ese bastión de Verdad y objetividad ya está destruido hace rato y que en cuestión de horas la eclosión matará a todos. Entonces salió, se escapó despacio, tranquilo, silbando bajo y entró con bambalinas, serpentinas y papel picado al popular mundo del espectáculo y el chimento. Es esa mirada la que nos recuerda que todos somos espectadores y que él, Fabián Doman, con su inolvidable cara de bobo, es la gran celebridad que brilla en la televisión argentina de hoy.

 

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