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Pequeña anécdota de viaje a zona oeste

Por Adolfo Francisco Oteiza | Fotografía: Daniel Enrique Infante Liranzo

“La aparición de estos rostros en la multitud;
Pétalos en una rama oscura y húmeda.”
Ezra Pound

 

“¿Por qué no?, después de todo, si el libro está leído y no me interesa releerlo”, pensé, al concederlo a un pibe militante de no recuerdo que sector de la CTA, por la bondad del acto tribal de una tuca del segundo peor faso que hasta ese entonces había fumado. Sentí, menester decirlo, que ambos habíamos ganado algo, y, al mismo tiempo, sentí, vanidosamente, debatiendo a mi conciencia, por creerme realizador de una providencia divina. No del todo claro, percibí en mí accionar un estímulo idiota, tan compasivo como casi reaccionario, y de tan poca delicadeza humana como no poder admitir sentirme en deuda. Quizás solo tribulaba, pero pienso que me estaba vengando, porque, obedeciendo a mis sentimientos, en ese subconsciente superyoico narcisista, quién debía recibir era él, no yo.

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Cuando uno no llama se come esta clase de garrones. Por ejemplo: Llegar a Once a las 11 y 15 de la noche de un miércoles para que te informen que el tren viene con retraso y abordarás cerca de las tres y tantos de la mañana de un jueves. No podía ser de otra manera. Algo para beber, pucho, libro y piso, alternando con siesta utilizando la mochila de respaldo, mientras, acto reflejo mediante, se observa, con el mismo descontento que uno, la complicidad del resto de los futuros pasajeros.

Estaba leyendo La muerte de Ivan Ilich, de Tolstoi, más precisamente sus últimas páginas, cuando todavía faltaba la suficiente espera como para leer el cuentito que se adjuntaba a esa edición, el cual, no me equivoco, se titula ¿Cuánta tierra necesita un hombre? (moraleja sobre la tentación y avaricia del hombre).

Llegó el tren con sus no demasiados pasajeros, que, aún así, superaba en número a sus transeúntes posteriores.

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No había pasado media hora de viaje, cuando, estando en un vagón, temporalmente, de mi propiedad, aparece un muchacho de, hasta donde recuerdo, aproximadamente mi edad, tez oscura, un jean barato, con estampa que reza CJS, y campera militar (a las cuales la moda no parece asustar). Me preguntó sí tenía fuego y sí fumaba. Afirmé a ambas y nos dirigimos hacia el acople más cercano, deteniéndonos en el tocador del baño, ya que no recuerdo si era invierno, pero hacía mucho frío. Nos habremos fumados dos fasos, dada su calidad, para volver empastados al vagón. Conversamos gran parte del viaje, por momentos, y por un mal vicio mío, de forma sana pero competitiva, hasta que él fue atrapado por el sueño. Tras despertarse nos despedimos, imaginemos, llegando a Suipacha, muy amablemente y dejando en claro que no nos volveríamos a ver, o, probablemente, no nos reconoceríamos, aunque ambos fuésemos de Chivilcoy.

Efectivamente, nunca nos volvimos a cruzar, y, si nos cruzamos, ambos lo ignoramos.

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Antes de llegar a destino me fumé la tuca. Estaba amaneciendo. Ya con un pie en el andén, no recordaba su nombre, solo lo que me comentó de su militancia, sus estudios de Trabajo Social y algunas cuestiones de nuestra charla. También, al notar cierta ingenuidad en mi compañero, recordé haber hecho un comentario, poco gentil y estúpido, quizás desacertado, que, creo, sin embargo, no llegó a ser del todo sincero, o, mejor dicho, me cuidé de no utilizar las palabras correctas…. “En general,  la gente de mi aspecto, a la gente como vos la mira con desconfianza”. No se sorprendió, solo sonrió y preguntó “¿Por qué?”.

 

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