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Restos de amor en una habitación de Chivilcoy

Por Estanislao López | Fotografía: Julieta Barbieri

Duermen con sus espaldas rozándose. Un movimiento involuntario de ella hace que él se despierte. Manuel se sienta en la cama, prende un cigarrillo y piensa con su mirada perdida. Aunque él no lo sepa, Jimena también se despertó. Ella sigue de espaldas y clava sus ojos en una pared. Es la mañana de un domingo de febrero. La resaca que dejaron los excesos de la noche anterior -fusionada con el calor de verano- corta como un bisturí.

Horas antes, Jimena y Manuel se cruzan en un bar de Chivilcoy. Algún día iba a suceder. Son las cinco de la mañana. Se saludan intentando disimular la espantosa formalidad que el caso amerita. Se preguntan ceremonialmente cómo está cada uno. Se responden que muy bien. El amor propio corre el velo y el fingimiento discurre. Se están mintiendo mutuamente. Una gran puesta en escena repleta de vanidad. De orgullo.

Bardeando a un aparente destino intentan volver a cruzarse. Lo logran y se reencuentran. Jimena -alcohólicamente desinhibida- lo invita a tomar algo con el pretexto de querer saber de su nueva vida. Manuel -alcohólicamente inepto para racionalizar que puede ser un error aunque lo sospeche- acepta. Son las seis de la mañana. El intento de las amigas para convencerla de ir juntas a desayunar es en vano. El consejo de los amigos para que él se vaya a dormir solo también.

Entre cervezas, humo y mareos disimulados, Jimena afirma “merecemos una última noche juntos”. Ella -desafiante- oculta la pretensión de renacer algo de las cenizas. Manuel -que vislumbra las intenciones de Jimena- apuesta a ese encuentro implorando que de ahí resurja lo que él perdió. Son las siete de la mañana. Deciden ir a la casa de los viejos de Manuel, lugar donde él vivía anteriormente de mudarse a Capital.

Caminan juntos, tan borrachos como rifados. Acompañados en procesión por desesperadas ilusiones de que sólo sea cuestión de cambiar de ropa a este amor para que todo vuelva. Jimena suplica que lo oscuro se limpie, como la vereda que baldea una abuela mientras los mira pasar. Manuel ruega una reconstrucción, una redención.

En la habitación todo está intacto como la última vez que Jimena había entrado. Entre un póster de Lou Reed y libros de Ronsino, reposan fotos de ellos dos vacacionando en el sur. Años deliciosos. Tiempos de incrustarle los ojos a la ausencia de mortalidad. Épocas de sabores agridulces queriendo pedir perdón por ser felices aún cuando el mundo estaba por detonar. Jimena tan provocadora. Manuel tan rebelde.

Son las ocho de la mañana. Quedan desnudos frente a frente arrodillados en la cama. Manuel percibe que ya no se excita como antes al tocarla. Jimena lo nota y genera que nada la estimule. Prevalece el deseo de que el deseo aparezca. La desorientación se burla de la tensión sexual. Quienes supieron tener noches de estampidas desenfrenadas ahora eran dos extraños. El sexo por el sexo en sí con poca avidez. Pavorosamente protocolar. Estático.

Son las diez de la mañana. Duermen con sus espaldas rozándose. Un movimiento involuntario de ella hace que él se despierte. Manuel se sienta en la cama, prende un cigarrillo y piensa con la mirada perdida. Aunque él no lo sepa, Jimena también se despertó. Ella sigue de espaldas y clava sus ojos en una pared. La resignación como única protagonista. Acechan los fantasmas, la incertidumbre, las vísperas de lo irreversible.

Jimena y Manuel están en silencio, sin mirarse, pero los dos pensando en que acaban de aprender algo: hay que saber retirarse a tiempo. Irse antes para no juntar las sobras después. Elegantemente. Algunas despedidas deben ser a sangre fría. Si en la espuma del tiempo se descomponen los sueños que sea la dignidad quien los lleve al adiós. Recordar con una sonrisa y no olvidar que previo a lo definitivo supieron ser inmortales. Es la mañana de un domingo de febrero. La resaca que dejaron los excesos de la noche anterior -fusionada con el calor de verano- corta como un bisturí.

 

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