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Sexo en San Valentín

Por Luciano Sáliche | Fotografía: Martín Rosenzveig

El 14 de febrero es mucho más que dos enamorados intercambiando regalos en el balcón de su departamento palermitano. Es mucho más que un batallón publicitario extraordinariamente meloso travestido en la edición especial de un producto corriente con corazones para convencer a los consumidores que gasten torrenciales montos de dinero en sus respectivas parejas. Es mucho más que una consultora estudiando el deseo y las expectativas de la gente para saber qué y cómo venderle los productos de las compañías que la contratan.  Es mucho más que un burdo marketing anglosajón que metió en los poros del mundo la necesidad de regalar algo conmovedor.

¿Acaso no somos conscientes de la cantidad de sexo que se produce en la noche del Día de los Enamorados? ¿Alguien ha intentado conseguir habitación con baño romano en un albergue transitorio medianamente lujoso en la Ciudad de Buenos Aires un 14 de febrero por la noche? Colas de autos en la veredas, parejas sentadas de a multitudes en los livings, personas que contienen su libido durante una hora hasta lograr entrar en ese ansiado cubo hermético con espejos, películas porno, juguetes, hidromasaje y pileta climatizada con tal de pasar una noche especial, de tener sexo no monótono.

¿Y qué implicancias concretas tiene esto? Es probable que un estudiante avanzado de contador diga dinero, tumultuoso y atractivo dinero: preservativos, platos sofisticados en restaurantes con cartas bilingües, cine, teatro, telos, sex toys, flores, chocolates. Pero no, la reducción economicista de las manifestaciones del mercado suele quedarse corta. ¿Y qué hay con la cantidad de deseos satisfechos en personas con una vida miserable, monótona y desgraciada? ¿Cuánta gente insoportable, inútil, malhumorada y bardera consigue su noche de placer, su éxtasis, su espacio sensible de tranquilidad? No hace falta tener una calculadora para decir que una gran porción de la sociedad vive su estar en el mundo de una manera poco saludable. Y cuando digo poco saludable no me refiero a un obeso, a un diabético o a un enfermo de patologías infernales, hablo de esa clase media individualista y moralista que sólo hace falta nombrarle la palabra “piquete” para que estalle en bronca e indignación contagiosa.

Es de una bajeza y machismo inusitados llamar a una mujer “mal cogida”. Es poco ético, un golpe bajo… pero funciona. Y no sólo funciona con mujeres, también con hombres, porque el malhumor –ese ceño fruncido permanente imposible de borrar, ni siquiera con un quitamanchas- está impregnado en la sociedad hipermediatizado que consume constantemente información de forma acrítica. Es cierto, la poética de Benedetti nunca falla: el amor es una bahía blanca y generosa. Porque claro, la necesidad es piadosa y universal. Pero la pregunta de Michel Houellebecq en uno de sus pasajes de Plataforma también: “Si no hubiera un poco de sexo de vez en cuando, ¿en qué consistiría la vida?”

¿Qué sucede cuando esa clase media -mortificada por los problemas con el dólar, el tránsito metropolitano, el destino vacacional, el colegio de los chicos, los arreglos del auto- no logra disfrutar del placer sexual con cierta frecuencia juvenil? ¿A dónde van a parar esas ganas de coger que tiene cualquier ser humano? No hace falta ser un cronista consuetudinario para observar que la sexualidad reprimida se concentra en el ceño fruncido de las personas. Ese ceño que a medida que aumenta la pena cotidiana se frunce, mucho, cada vez más se frunce hasta transformarse en una gigantesca y permanente bola situada en medio de las dos cejas. Está a la vista de todos. Y esa bola crece, mucho, hasta que en algún momento estalla.

El Día de los Enamorados funciona a ese nivel: como la liberación de todas las personas maltratadas por un estilo de vida consumista, moral, individualista y patético. Y la necesidad, como sugiere Juan Terranova en El pornógrafo, es un verso libre. Todos necesitamos un proceso digestivo: introducirnos amor y expulsar nuestras miserias. Pero cuando la gente más tóxica -Bernardo Stamateas ha comprado varias propiedades gracias a este concepto- coge, el mundo entra en recesión, en una pausa, un letargo que prolonga un año más la explosión del mundo. ¿Y qué mejor que un alto porcentaje de la humanidad cogiendo, todos el mismo día, para demostrar que la vida, por más que esté condenada a una miserable y olvidada muerte, puede tener momentos extraordinarios?

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