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Apología del odio

Por Luciano Sáliche

“…que no es un pecado
estar enojado
si aviva la llama encendida
si cura como medicina”
(El Perrodiablo, 2014)

I

El slogan presidencial El amor vence al odio es una frase que podría funcionar de forma efectiva en los sobrecitos de azúcar, en el papelito que acompaña a los chocolates Dos Corazones o en el título del nuevo libro de algún líder espiritual. El amor vence al odio tiene un problema conceptual que Andrés Calamaro supo ridiculizar en esa canción de 1994 que si la ponen hoy en la radio nadie duda en subir el volumen. El amor no tiene la misma potencia transformadora que el odio, no produce una fuerza incontrolable de cambio, de acción, de incomodidad frente a lo establecido. El amor es un sentimiento demasiado potente e incomprensible como para intentar pensar, moverse, salir a la calle o hacer cualquier cosa que signifique racionalizar ese sentir. Cuando uno ama sólo puede limitarse a palpar ese regocijo; no hay cuándo ni dónde ni porqué; lo que hay es un sentimiento inexplicable para con un individuo diminuto que se transforma en único. En cambio el odio… el odio es algo que puede racionalizarse, pueden buscarse sus razones, los porqués. Hay algo que no gusta, algo que provoca rechazo, aversión y repugnancia. El mundo no es un lugar hermoso y divertido; o lo es, pero no en su totalidad. Hay una enorme cantidad de porquerías, pestilencias e injusticias que provocan náuseas entonces ahí aparece la virtud de odiar.

Stendhal solía decir que el odio proviene de la diferencia. En un mundo donde existen gordos inmundos que se bañan en champagne en un crucero de plata lleno de putas que navega por las aguas de un Caribe que les pertenece pero, a la vez, hay unos cuantos ñatos que trabajan para ese gordo por unas mugrientas monedas… bueno, sí, la diferencia provoca odio. ¿Y qué mejor que el odio para indignarse activamente, para moverse hacia algún lugar de la organización colectiva o de la superación individual? Porque el amor tiene la comodidad de quedarse atado a una postura torpemente segura e inocente de que el mundo es un lugar amable y que la vida es una secuencia alegre. No, señores; “la vida es una herida absurda”, escribió un maduro y existencialista Cátulo Castillo.

Pero aún más importante es establecer una distinción entre el odio y la maldad, cosa que muchos escritores y filósofos de siglos pasados no supieron hacer. Hoy, que recibimos a diario por internet y la televisión un torrente de autoayuda que se ha encargado de empalagar y estupidizar al amor, el odio obtiene otro valor. Vayamos al punto: la maldad es el acto de dañar, de provocar un mal, y quien lo realiza carece de bondad y amor, carece de la capacidad de amar; en cambio el odio no es la oposición al amor. En El recurso humano (Milena Caserola, 2014) Nicolás Mavrakis asegura como una suerte de profecía clarividente que “el reverso del amor no es el odio, sino la soledad”.

De hecho pueden complementarse porque odiar implica un sentir específico. El odio es ese disgusto que aparece en el pecho, ese asco, esa repugnancia hacia algo o alguien que daña y lastima. El odio, el buen odio –como decía Mario Benedetti: “los buenos odios esos que ennoblecen”-, el odio argumentado y racionalizado es la enemistad violenta con el mal.

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II

En abril de 1967 el Che Guevara estaba en Bolivia. Faltaban unos pocos meses para su triste final. El combate se tornaba hostil y el fervor revolucionario aún soñaba con extenderse por toda América Latina. Fue para ese entonces que escribió un mensaje maduro y sincero en la revista Tricontinental, con la claridad de un hombre apesadumbrado pero entusiasta con el movimiento socialista que  crecía: “El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal.”

Y pensar que aún hoy existen irrespetuosos que cuestionan el uso de las armas en los movimientos foquistas de la insurrección popular cubana de la segunda mitad de la década del 50.  Irrespetuosos porque colocan su moral globalizada en un lugar lejano, grisáceo, muy diferente a las sofisticadas formas de explotación actuales. Irrespetuosos por no usar nunca ese concepto tan básico en cualquier estudiante medio pelo de CBC: contexto.

En cualquier movimiento revolucionario o rebelión hay una motivación romántica que está en sus convicciones, en el humanismo, en el socialismo o en la libertad. Sí, hay amor, hay hermandad, hay una pulsión de vida. Pero el motor que hace posible la manifestación y la lucha es la oposición frente a lo impuesto, a lo que oprime, a lo que domina. El motor que ruge y aclama transformación es el odio. Al fin de cuentas, “el pesimista es un optimista bien informado”, escribió Benedetti.

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III

Para los escépticos que creen que la farándula es un tarro rebalsado de frivolidad, déjenme decirles que pueden encontrar un poco de ternura. Las estrellas de TV viven en la zona VIP de la vida donde todos quieren estar y cuando salen a la calle siempre hay uno, dos o tres tipos que le piden un autógrafo, una selfie o le dicen “sos un capo”. Muchos creyeron que ingresar en las redes sociales significaba una simple moda de contacto virtual, como si lo que solían vivir en la calle se trasladaba al mundo de la web. Pero cuando una nueva tecnología se introduce en la sociedad de una forma tan masificadora suele transformar las costumbres.

Fueron muchas celebridades las que se sintieron heridas al darse cuenta que al abrirse una cuenta de Twitter recibían torrenciales chorros de odio y desprecio de  parte de quienes supuestamente eran sus seguidores, esos que afuera de un canal de televisión o en el ingreso a un restaurante de Palermo les dicen “no cambiés nunca”. Para estas celebrities el camino más fácil fue rumbear los mambos del binomio político llamado apocalípticamente la grieta y culpar al Gobierno o a los medios o a algo que sea externo a su vida tan privilegiada. Claro que sí: esa sorpresa cargada de una ingenuidad que fue creciendo durante tantos años de vivir dentro de la burbuja da ternura; mucha ternura. Pero aclaremos algo: la idea del club de fans responde a la institucionalización del fanatismo, al momento en que la idolatría transita por un camino que conduce irremediablemente a la carencia de crítica, algo muy habitual en la burbuja social, en el lado VIP de la vida.

Quienes no están en ese confortable VIP de la vida bailan pegoteados y sedientos en un pogo asesino. Bailan y se mueven pero lloran y sufren. Frente al sufrimiento hay dos formas de posicionarse. La victimización es una; quizás la más fácil aunque también la más compasiva. ¿Cuál es el valor de la piedad en un mundo donde el sentido común construido indica que todo ser vivo merece ser amado y por el simple hecho de existir merece morder un pedazo del amor puro? El valor de la piedad es el de la pasividad, el de ponerle un “me gusta” a la publicación de una chica que asegura ser una víctima de la sociedad por el simple hecho de ser gorda. No podemos decirle a ese individuo: “tranquila, todo pronto se va a resolver, vos no tenés la culpa”. Lo que hay que explicarle es que el mundo es un lugar horrendo no sólo para las gordas, también para los negros, los feos, los estúpidos, los pobres.

Quizás todos deberíamos taparnos ese horrible tatuaje con letras manuscritas y coloridas que dice “Si sucede, conviene” con otro algo más realista y energético: “El mundo es un lugar de mierda. Supérenlo o mueran”. La victimización es una pose demasiado tolerante y silenciosa como para creer que a partir de apoyar los pies en la vereda de los buenos, los malos van a prenderse fuego y desaparecer para siempre. No, la maldad siempre está ahí, y siempre estará. Entonces aparece la opción B, el camino alternativo a la victimización. Sí, requiere otra complejidad, otra postura y consiste básicamente en odiar. El odio como un motor rugiente y racional de entendimiento y conciencia crítica. El odio como un estado de alerta permanente. El odio como el camino hacia lo que realmente importa.

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