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Benditas (y no tanto) soberbias necesarias

Por Adolfo Francisco Oteiza

“-¿Y por qué te dicen Galtieri?”
-El sargento le puso -dijo Viterbo-  porque este pelotudo también creía que íbamos a ganar…”
Los pichiciegos, 
Fogwill

 

Fogwill, en el prólogo de Vivir afuera (El Ateneo 2da. Edición), nos deja una frase típica de su carácter en apariencia cabrón, pero que encierra salpicones de verdad: “Fuera de la política y la milicia no hay imbéciles más soberbios que los escritores”.

Con una vaga intro sobre la soberbia, nos preguntaremos por qué, para Fogwill, sin caer en anécdotas personales del autor, estas tres disciplinas son la torre de marfil de la inmodestia.

 

Vagas características de la soberbia -. Primero cabe aclarar que la soberbia puede nacer, en algunos casos, de un complejo de superioridad o inferioridad. Es harto cierto que, en muchos casos, a lo que más teme el soberbio, como el tímido, es a la vergüenza. Sin embargo, esto no lo imposibilita en conseguir lo que desea, sino que muchas veces todo lo contrario. También es cierto que esta característica no implica, de ordinario, inconvenientes para realizar tareas de manera óptima. Son abrumadores los casos de personas que con toda falta de humildad han logrado cosas impresionantes, para bien o mal, en este mundo.

No hay interés en este artículo por erradicar la soberbia, ni mucho menos llevarla al nivel de patología, dado que no interesa un mundo de iguales, o por lo menos no en estos rasgos.

La soberbia es considerada el peor y hasta el fundacional de los pecados capitales, llevando, según el cristianismo, a la persona a una falsa igualdad a Dios. Una exacerbación del Yo, que tiende a vanagloriase a sí mismo, aún en aspectos que son más bien faltos en la persona.

L’État, c’est moi -. La política, en teoría, es una función de carácter altruista: está al servicio de la sociedad en favor de mejorar y proteger la calidad de vida de los ciudadanos. El político, mejor dicho, el político con tendencia al ejecutivo, considera, si somos benevolentes, que son la respuesta a lo que la patria demanda, siempre creen ser la mejor opción, siempre creen tener razón, o si no creen aparentan tenerla. Los que pueden gritan y los que no balbucean. Todos tienen la lengua floja aunque cuidadosa. Pero, más allá de la diatriba anterior, son, según juzgue cada cual, un bien o mal necesario. Un político sin voluntad de poder es completamente inútil.

Mamá hoy hundió un barco -. La historia militar de nuestro país es sumamente conocida. Desde la década del 30 (o antes) hasta 1983 los militares se encargaron de la política nacional. Más o menos proteccionistas o más o menos liberales, todos conservadores y represores, y, algunos, no pocos, con vicios políticos corruptos, sobre todo en la última dictadura manejando el Banco Central a gusto y conveniencia. Los militares responden al Ejecutivo Nacional, pero en Argentina respondieron a lo que ellos creían correcto, como, por ejemplo, desaparecer ideologías.

En un mundo convulsionado contar con Fuerzas Armadas dispuestas y con recursos es fundamental, pero no para hacer inteligencia interna, sino para que en caso de conflicto, que de momento no enfrentamos, y esperemos que así continúe, tengamos una defensa de temer.

Los militares, por soberbios, ocupando un rol que no les pertenece, y la sociedad, por ignorante, se equivocaron y a día de hoy lo pagamos al tener unas Fuerzas Armadas obsoletas y desmanteladas.

El escritor -. El escritor funciona de forma similar a la del político. Más todavía si pensamos en Piglia cuando nos refiere que el tema central de la literatura Argentina está atravesado, fundamentalmente, por la política. Sí, Borges, en demasiados pasajes, también. No necesariamente es soberbio en su vida cotidiana, sino que su tarea es soberbia. El escritor cree que tiene algo fundamental para decir y debe ser leído o escuchado. Se expresen con humildad o altanería el fin es el mismo: tengo algo revelador jamás dicho. El furioso Nietzsche declaró en uno de sus comunes ataques de megalomanía que prácticamente muy pocas lecturas le brindaron algo, aunque, aparentemente, los estoicos le brindaron demasiado, como, por ejemplo, su pensamiento abismal, el eterno retorno, y Schopenhauer otro tanto. Por otro lado, Unamuno, se preguntaba qué llevaba a un hombre a ser tan egoísta como para no brindar su conocimiento; el siempre ingenioso Oscar Wilde afirmaba que la única excusa de haber hecho algo inútil es admirarlo profundamente; para Borges la filosofía era el mejor de los géneros fantásticos.

Es cierto que la relación entre escritores buenos y malos es escandalosa, siendo la balanza, ampliamente, más pesada en los segundos. Pero si consideramos a la escritura como un deporte necesitamos a los últimos para que levanten la corona los primeros, a sabiendas, también, de que muchos escritores geniales disfrutaron y aprendieron de otros que no lo eran tanto. Y, también, destaquemos los versos de Borges, quien supo tener afecto por los poetas menores: La meta es el olvido/ yo llegué primero.

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Fogwill: “Las novelas se escriben, algunas se publican, algunos llegan a leerlas y con el tiempo se las olvida. En ellas todo puede estar en juego salvo la vida humana”. Siendo una cita, y, por lo tanto, descontextualizada, aclarar la verdad bíblica no solo de pan vive el hombre es una bagatela. Es cierto, la literatura, en este caso la novela, en la praxis, no salva vidas humanas, pero, como las diferentes artes, alimenta el espíritu. La política, siempre preferible a la violencia, sea en la conversación o la discusión, en el pragmatismo o la teoría, con todos sus vicios y defectos, es el ente fundamental para ordenar, a más no sea un poco, las desigualdades o injusticias que nos habitan. Y la milicia (guste o no) es necesaria, aunque debe ser obediente y no altanera. Habrá países más o menos armados, pero ninguno tira la primera piedra del desarme, sin contar que muchos conflictos bélicos no llegan a puerto por el hecho de la cantidad de armamento que se desarrolla (el cómo afecta el qué se produce a la economía es para otro artículo, probablemente, de mayor complejidad). Por eso, y esperemos por no demasiado más, benditas sean las soberbias necesarias.      

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