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La mujer que se niega a recibir el disparo

Por Adolfo Francisco Oteiza

“He dejado atrás el soborno del cielo.
Cuando yo muera quiero que el deudor sea Dios y no yo.”
Bernard Shaw

Dicen que cuando Barreda ingresó a prisión fue ovacionado por algunos de los presos. Un tipo que había asesinado a las cuatro mujeres más allegadas a él, ovacionado. Los violines definitivamente cuentan con otra suerte. Esto casi refiere que la sociedad, bajo ciertas circunstancias, tolera el femicidio, pero jamás la violación. Bueno, “la humanidad progresa. Hoy solamente queman mis libros; siglos atrás me hubieran quemado a mí”, dijo un Freud desenfadado. A las claras esto demuestra que algo anda mal.

A la pregunta, recelosa y reaccionaria, por qué se conmemora el Día Internacional De La Mujer, y no el del hombre, la respuesta es bastante sencilla: no están en igualdad de derecho, o no se los contempla de acuerdo a las diferencias propias del caso. Por citar tres ejemplos, entre otros, los hombres no paren ni sufren violencia de género ni desigualdad salarial. Además, la mujer tuvo y tiene que luchar por sus derechos básicos, mientras que el hombre, de ordinario, no. El hecho de que se siga conmemorando un día como este nos lleva a conjeturar que hay derechos pisoteados. Por otro lado, no es solo conmemorar la valentía de un grupo nada escaso de mujeres, sino que el principal valor del día es el de concientizar acerca de los diferentes agravios que la mujer sufrió y sufre a lo largo de milenios a día de hoy. Hasta Juana Azurduy, Teniente Coronel, quien, curiosamente, nació un 8 de marzo, falleció en la indigencia, tras luchar y lograr la independencia, sin poder morir con la tranquilidad de dejarle algún bien a sus hijos, sino solo dos apellidos patriotas, el suyo y el de su marido.

Uno puede llegar a pensar que teniendo una Presidenta (como EEUU un Presidente negro) no quedan injusticias o derechos por sanear, pero es una observación demasiado apresurada cuando se piensa en que la principal causa de muerte materna se encuentra en la ilegalidad del aborto o que las estadísticas de violencia de género son bajas comparadas con las no denunciadas, por temor, vergüenza o confusión sufridas por las víctimas.

La mujer no caza, procrea. La afirmación anterior bien puede adaptarse a épocas pasadas, en las cuales el hombre era el encargado del sustento por una cuestión lógica: la fuerza bruta, además de qué las diferentes tribus necesitaban recursos humanos y las mujeres pasaban gran parte de sus vidas embarazadas, sin contar que no había medios anticonceptivos. Hoy, ya pasado ese estadio, y siendo no exactamente necesaria la fuerza bruta, quitando algunos casos, se puede llegar a afirmar que la mujer goza de los mismos privilegios laborales que el hombre; sin embargo, al ser premiada con el Oscar la actriz Patricia Arquette, reclamó por la igualdad de derechos actorales para la mujer, logrando que Meryl Streep, quizá la Maradona de la actuación (cuando digo la Maradona me refiero a la mejor de todos y todas), le diera su adhesión. Y si lo afirma la diecinueve veces candidateada a los Premios de la Academia algo de cierto habrá en la exigencia de Arquette. Si esto sucede en el mundo hollywoodense, es bastante fácil imaginar lo que sucede en otros ámbitos laborales donde no se manejan esos números siderales y obscenos.

Muchas veces se argumenta estúpidamente que hay muchísimos más hombre genios en la historia que mujeres, lo cual, cabe admitir, es cierto. Pero cada vez más reparamos en la causa. Por ejemplo, y perdón por la autorreferencia, una de mis abuelas, conservadora y antiperonista ella, a Evita la quiere. ¿Tengo que especificar el motivo? Si hay menos mujeres genios es por un simple hecho represivo del hombre hacia la mujer.

Párrafo aparte para el aborto. Hay gran cantidad de personas que se oponen, con argumentos sinceros y benévolos, sino sería legal. Desde  médicos que no desean ejercer la práctica hasta mismo algunas mujeres muestran oposición. En lo que pocos reparan es que quien más sufre al ejercerlo es la mujer que toma esa decisión, para nada fácil, sintiendo culpa en muchos casos, y se agrega otra culpa que parte de la condena social. No es exactamente un paseo por Disney. Hace bastante, cuando el debate estaba casi tan candente como ahora, leí un estado, ficticio y moralista, en Facebook, en el que dos abogados litigaban en cuanto si una mujer en particular debía abortar o no. El litigante a favor gana. La sentencia, no recuerdo textual, del abogado opositor es que el embrión que acaban de abortar era Beethoven. Dejando de lado que todas las vidas valen lo mismo, si queremos un nuevo Beethoven comencemos por escucharlo, pero no siendo madrastras o padrastros de un niño o niña que no deberemos criar. Spinoza afirmaba que: “Lo que no puede impedirse, debe permitirse”, y es obvio que el aborto no puede impedirse. El aborto será legal mañana o pasado mañana. Pero en cuanto más rápido lo sea mejor, para no sufrir más víctimas por una ilegalidad retrógrada.

SUFFRAGETTES

La anécdota siguiente me la refirió hace algún tiempo una amiga. Resulta que a William Burroughs le gustaban las armas. Tanto le gustaban que pintaba, literalmente, tirando tiros a tachos de pintura, siendo un pionero en el arte abstracto azaroso. Un día, él y su esposa, la poeta beat Joan Vollmer Adams, decidieron jugar al William Tell. Yo te pongo una manzana en la cabeza a vos y vos dejás que tu cuerpo funcione como práctica tiro. Un juego propio de psicóticos. El tiro no salió por la culata, sino que dio en la frente de Joan, causándole la muerte. Lo más curioso de este juego enfermo fue que Burroughs por fin se decidió a publicar, recibiendo, con el tiempo, el mote de genio y abarrotando, en el futuro, de malas traducciones las librerías del mundo, mientras que el hasta que la muerte los separe alimentaba gusanos.

Pero lo más significativo del hecho es donde estaba colocada la manzana. Yo, si fuera una mujer víctima de la injusticia, y me llamara Magdalena, el nombre que hubiesen escogido mis padres de haber nacido niña, me agradaría ser una de esas mujeres dignas del título, con valor y principios, de tal modo que pudiese levantarme ante ella, para vivir sujeta a la libertad.

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