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Leve estrella selectiva (una alegoría)

Por Adolfo Francisco Oteiza | Fotografía: Belén Oteiza

“Acaso el mar en calma
hacia lo oscuro nos lleve”

Spinetta

 

“El mar, mitología de poetas, beso de amantes. El estanque, olvidado, del universo. Civilización antigua, con su hábitat y hábitat con oxígeno y el oxígeno mismo que da vida a lo vivo. Cordilleras boca abajo que el tiempo ha visto evolucionar y geólogos intentan descifrar como arqueólogos sin suerte escrituras rupestres.

Sus límites, conformados de arena y rocas minerales, de ciudades, de humanidad, su caudal golpea, atacando, absorbiendo, impiadoso, lo que cree propio, rápidamente, lentamente, según la pobre percepción del impiadoso hombre…”

 

Con vista en tarea perecedera, en casa de playa, vacacionando, menos por hobby que por inspiración, alguien piensa y duda. La soledad, la a veces dichosa, y, en ocasiones, perturbadora, pero, tratándose de un escritor, necesaria soledad, no lo ayuda demasiado. Sin embargo, aunque, no logra su cometido, tras días de borradores, todavía, el hombre, no desiste. Se acercan los últimos días de trabajo. Recuerda un cuentito de Chejov. La absorbente presión de escribir por encargo y la estúpida ansiedad, perturbadora, inquietante.

Entra el rumor rompiente, donde se encuentra la arena rozada por los infinitos átomos del mar. Adentro el misterio. “Tic – tac”. Un hombre trabaja. Borra su trabajo. “Tic – tac”. Dos de la madrugada (por la mañana entrega la llave). Tarde para estar despierto, pero, desesperado, el whisky, en el vaso, besa sus labios. No hay futuro en la noche. Punto crucial del relato que desarrolla. No encuentra la tensión deseada. Borra varias cosas en su PC. Quitando borradores sueltos la página de Word aparece en blanco. Teme no poder lograrlo. Otro sorbo de whisky. La botella por la mitad. Demasiado ebrio para escribir.

Busca algo en la penumbra de la noche. Una mujer joven de lacios cabellos rubios, con la misma tez blanca de su vestido de playa le hace señas desde la costa. La ve desde la ventana, se pone en pie, abandonando su quehacer, y ve como con suavidad la joven deja caer su vestido y se dirige al mar. Tímido, sale a su encuentro. La mujer nada mar adentro. Aún la ve y marcha a su encuentro. Una vez en la costa, se quita los zapatos, luego la camisa y el pantalón y sumerge sus pies en el mar. La mujer se detiene a una distancia considerable, y flota. Allí va él. Nada en un éxtasis contemplativo. Los lacios cabellos rubios se alejan, adentrándose. Nada y ya no hace pie. Solo se abandona al oleaje y observa. No divisa a la joven y la costa se encuentra lejos. Continúa nadando. Se detiene. Mira a la playa. Ahora la percibe. La tez blanca está en la playa. Vistiéndose se dirige a la casa. El hombre nada en su dirección, extenuado. El agua parece pesada. Cansado, llega a la costa. Se seca con la camisa, termina de colocarse el pantalón y zapatos en mano vuelve a la casa. La ve parada, observándolo, bajo el toldo del portal que esconde las estrellas del oeste, y entra, con sus pies delicados, arenosos; húmedos.

Con tribulación y deseo, paso cansino y movimientos risueños, viaja a la extrañeza. Entra por la puerta principal. Recorre los ambientes de la casa. Regresa a su lugar de trabajo, donde, por la ventana, vio caer el vestido. No la encuentra. No está. Observa su escritorio y lee con asombro el hecho ocurrido. Le agrada.

Por la ventana entra una brisa leve y agradable. En paz, con el codo apoyado en la mesa y la mano sosteniendo su cabeza, contempla la noche. Una mujer joven de lacios cabellos rubios, con la misma tez blanca de su vestido de playa le hace señas desde la costa. El sueño lo abate. Ahora reposa tranquilo. Por la mañana se marcha.

 

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