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Lollapalooza para inocentes y románticos

Por Lucas Damián Cortiana

“No soy una corporación sino un tipo
que sabe cómo armar una buena fiesta”
Perry Farrell

Hay un animal encerrado en Lollapalooza. Tiene un rugido poderoso que se hace escuchar por kilómetros y kilómetros. Atraviesa el campo y llega hasta la jungla de cemento, hasta las autopistas, agrieta los edificios, hace estallar los parabrisas de los autos. El rugido: son jóvenes itinerantes alucinados; el rugido: es la sensación de libertad por unos días a una módica suma de $850 más estacionamiento o un VIP de $1950; el rugido: los miles de celulares interactuando en las redes con fotos/videos/selfies/tweets/likes/RT/favoritos; el animal: es música, ni más ni menos, a la vieja usanza (la plataforma de los festivales), pero adaptada a las modernidades imperantes.

Hoy Argentina disfruta de ser el centro del mundo musical a causa de un festival pergeñado en tierras norteñas por la mente de Perry Farrell, ex cantante de Jane’s Addiction: Lollapalooza, una especie de aberración, de adefesio, que desde su creación tuvo la siniestra y alegre meta de ser justamente eso, un fenómeno de circo, una excusa para reunir a los freaks, una mujer barbuda, un outsider. De allí el nombre, una palabra que rescató Farrell de un capítulo de Los Tres Chiflados que bien podría significar “algo inusual o extraordinario” o mi acepción favorita, “chupetín gigante”.

Al principio, allá por 1991, resultó toda una novedad. El festival combinaba lo más alternativo de la música (léase rap, neo punk, grunge) con actividades algo inusuales para este tipo de eventos como la danza o los actos cómicos. En este Lolla 2015, este festejo de la cultura norteamericana se mantuvo, pero en tierras de tango, fútbol y piquetes. El germen inicial es el mismo, sólo que varían los husos horarios y las idiosincrasias. Sin embargo, las diferencias más grandes no son consigo mismo sino con su padre ideológico, la bestia sesentosamente hippie que ha llegado hasta nuestros tiempos con la fuerza de un mito.

El que supo ser el festival más grande de todos los tiempos, de Woodstock hablamos, dejó una estela de distorsión e intentos fallidos de pacifismo, que perduran como un recuerdo romántico, casi como algo acontecido en el inicio de los tiempos, más emparentado con Zeus y el Promoteo Encadenado de Esquilo que con sucesos terrenales. Lo cierto es que hubo tierra y hubo barro. Hubo guerra (la de Vietnam) y hubo himnos (Hendrix arremetiendo a toda electricidad “The Star-Spangled Banner”); hubo organización (un line up que incluía a The Who, Janis Joplin, Santana, Jefferson Airplane, Creedence, etc) y hubo desorganización (los organizadores esperaban sesenta mil personas, la policía de New York esperaba seis mil y finalmente asistieron más de cuatrocientos mil). Woodstock fue la conciencia de una generación que apostaba al amor, a la vida comunitaria, a cuestionar los supuestos derechos básicos violentados como “¿sos mayor para ir a la guerra pero no para tomar una cerveza con tus amigos?”, pero en algún lugar entre el flower power y el tesoro al final del arco iris, esa generación se adormeció y dio lugar a la decadencia que significaron los setenta.

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Ya metidos en el siglo XXI como estamos, hay cuestiones que no son posibles imitar y ni siquiera intentar. Si bien –para ser justos- hay activistas, organizaciones y militantes con afán de recuperar la fraternidad, la igualdad y todos los valores postulados en la Revolución Francesa (parece tan lejano…), lo cierto es que el común de la gente (y no por común, corriente; pero sí por común, mundana), intenta como nunca antes satisfacer sus intereses privados, imponer su individualidad, regirse sin dios, ni patrón. He aquí una de las diferencias entre aquel festival y éste que hizo su parada en nuestras tierras. No existe un colectivo imaginario, hay un yugo desigual entre un toro y un asno.

Pero por otro lado, las megas corporaciones, el dinero siempre ágil, las marcas gaseosas que se hacen presente o aquella cerveza importada, no permiten un ápice de descontrol logístico ni de infraestructura. En Woodstock hubo mentes comerciales y empresarias que intentaron el orden, pero aquella época estuvo signada por la inocencia a costilla del profesionalismo. La seguridad, la responsabilidad y la seriedad emergen hoy día casi como una contradicción de la “ilógica” del rock ‘n roll: desbande, locura, desenfreno. Si ayer el lema era “sexo, droga y rock ‘n roll”, hoy a fuerza de enfermedades y muertes, cada segmento ha sido recubierto por un elemento de protección o reemplazo: llámese preservativo o comidas rápidas para paliar la ansiedad. Ni siquiera el rock ‘n roll prevalece en estado puro, somos espectadores activos de sus mutaciones. Lo cierto es que la música es así, un ente inquieto. Lo cierto es que alguien nos tiene que cuidar.

Aquellos que asistieron al festival poco o nada se pusieron a pensar en estos ítems, lo que importa, aun hoy (y quizás sea un soñador) es la música. ¿Y qué hay de nuevo bajo el sol, luego de sesenta años de rock? ¿Con qué asombrarnos cuando ya hemos oído absolutamente todo? Ya lo dijo Cobain: “Here we are now/ entertain us”, sí “aquí estamos… entreténgannos”. Como sea.

A pesar de que al rock ya se lo dio por muerto, se lo enterró y, paradójicamente se lo resucita cada año para seguir matándolo, está bien vivo. O es un zombie. O es un frankenstein. Vivo a fuerza de injertos, a fuerza de experimentos. De hecho, lo que inspiró este artículo fue la demostración que en el cierre de la primera noche, dio el rock mismo de que es difícil de matar. Para nosotros, que ya hemos pasado los treinta y podemos considerarnos veteranos de ciertas ciencias (de haber grabado en cassettes vírgenes directo de la radio, del ascenso y descenso del CD, de MTV, del MP3 y ahora del streaming) y de haber escuchado casi todo (nos ufanamos de ser conocedores de todas las etapas y de tener demasiadas referencias como para discutir a cualquier púber engreído: sabemos de Elvis, Rollings, Zeppelin y Beatles por nuestros padres, sabemos de Ramones y AC/DC por nuestros hermanos mayores, sabemos de todo lo que vino por nosotros mismos), observar, pero principalmente escuchar la alquimia entre Robert Plant ex cantante de Led Zeppelin, con Jack White, un joven con alma de viejo bluesero del Delta del Mississippi, que representó el rock crudo de guitarras en la década del ’90, es un milagro y un privilegio. ¿A quién debemos este arrebato de rock?  ¿A quién agradecer esta pausa del tiempo y del espacio? A los festivales, señores. Y a los empresarios de saco y corbata, a las marcas, a la burguesía que saben de música sólo cuando el dinero habla y que aun sin soñarlo nos regalan este bien a nosotros, los románticos de bohemia y pogo.

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