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No escribir: impresiones de un viaje

Por Giovanny Jaramillo Rojas | Fotografías: Dahian Cifuentes

“Viajando uno está expuesto
a hablar idiomas que no sabe”
Macedonio Fernández

Los viajes siempre son una excusa. Para explorar por fuera o por dentro. Sirven como accesorio emocional o dispositivo racional. De cualquier manera, las idas y venidas que cualquier largo viaje implica, se presentan ante nuestra consciencia como espejismo de lo real, en invariable relación con lo estrictamente imaginario; porque resulta imposible, siempre, y de antemano, no idealizar –o poetizar- los lugares por conocer.

Todo viaje es un regreso. Y un refugio. Los viajes tienen la dualidad camaleónica de aclarar, así como también la porfiada potestad de obnubilar. Luz y sombra. El viaje es tan liberador como peligroso: es muy fácil entrar en él, pero muy embarazoso dejarlo. Su camino es un límite fronterizo entre las dos hojas de una cuchilla que bien puede proteger y amparar tanto como escindir o escarmentar sin miramiento alguno.

Salimos un caluroso día de diciembre, con el tiempo encima chapoteándonos con sus guarismos de polvo. No era hora. Era deshora. Y las compañías ferroviarias conservan esa pulcritud horaria en sus llegadas y salidas. El tren ahí, estático, esperaba a los tradicionales pasajeros que siempre llegan tarde. Salíamos de Constitución con destino a Mar del Plata. Un viaje que duraría 7 horas. Íbamos, sin más, de ningún sitio a ninguna parte. El objetivo del viaje: rodar una película titulada Mi voz con vos. Mochilas arriba, equipos de filmación, un guión que sólo decía, en letra fea y corrediza y en varios centenares de hojas, DESCUBRIR.  ¿Había una historia? Sí. Nada más. Una apuesta argumental y documental, tan efectiva como ficticia, que, sin pies ni cabeza, y mientras era escrito supo mostrarnos sus incontables alas. Caos. Atractiva palabra y verdadero impulso del éxodo.

Nada de improvisar: observación, intuición y ejecución. Vamos a dar vida a ese tiempo muerto que son los desplazamientos, sugiere la directora con su ceño fruncido, mientras saca su cámara, irgue su trípode e invita al primer plano. ¿Actor? listo ¿cámara? graba ¿sonido? graba… Acción!

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La primera impresión de Mar del Plata –la mítica ciudad vacacional y veraniega de la mitad del país- es que la gente habla por todos lados, tanto que al cabo de unas pocas horas, ya preferíamos no preguntar nada, simplemente para evitar aquellos socavones dialógicos en los que al parecer se sumergen los marplatenses. Esa noche River Plate se coronaba campeón de la copa sudamericana superando al equipo colombiano que menos simpatía me despierta. El centro de la ciudad estaba lleno de banderas blancas y rojas y la bulla parecía más un orfeón. Hicieron su impecable aparición la ebriedad y la violencia entre una multitud poseída y decidimos seguir la ruta hasta el mar. Era media noche. La salinidad nos topó con un viento directo y rutilante, las dichosas playas se entreabrieron a nuestra observación, inmensas, como metáforas de despoblación: galpones de metro por metro que funcionan en verano como alojamiento de las pululantes masas humanas que hacen del asqueroso hacinamiento sus olvidables vacaciones. Encontramos un pizzería, después de conversar con el mozo, el cajero, el cocinero y un par de comensales, comimos y salimos a caminar por esa bella ciudad, en silencio y acompañados por la grata soledad de una madrugada rojiza que sólo era interrumpida paulatinamente cada cinco o diez minutos por una ráfaga de brisa fresca que nos facturaba el silencio profundo de altamar y nos hacía convertir, caminando, en sombras movedizas. Al día siguiente fuimos a La Sierra de los Padres, a rodar “algo” ya con nuestro personaje en tierra y terminamos forjando una suerte de homenaje audiovisual a los atardeceres de insondable fosforescencia aceitunada.

Necochea nos recibe con el típico sol que, sin querer, y muy naturalmente, patrocina a las compañías cerveceras. Esta es una ciudad particular que me recordó mucho a Riohacha, la capital de la Guajira colombiana. Debo aceptar que sólo fue una evocación, porque en sí, y al comentarlo con mis colegas y ser tildado de grosero, resultó ser cierto que la ciudad no se parece en nada, pero aún insisto, que tiene ciertos “aires”. En Necochea reside la comunidad de daneses más grande de la Argentina y su fisionomía urbana –adornada melancólicamente con algunas pocas pero muy visibles banderas de Dinamarca- es sumamente homogénea y la ciudad entera, como el Río Quequén Grande, desemboca en su diáfana costanera que parece haber sido pintada con tiza. Sus playas son hermosas, amplias y solitarias. El mar es multicromático y con el paso de las horas del día, y muy lentamente, va confiriendo matices infinitos de azules y verdes. El paisaje se metamorfosea tanto que resulta muy difícil saber en qué momento se encuentra o en qué momento se esconde en inflexiones caribeñas, mediterráneas o incluso septentrionales.

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Acampamos. Acampamos y rodamos en el parque Miguel Lillo; lugar que de una forma ecléctica logró aunar un bosque -plantado a mediados del siglo XIX- repleto de pinos y eucaliptos no originarios de la región, con la agraciada playa, propiciando así un estentóreo sentimiento de resguardo en un clima seco y sumamente ventoso. A pocos kilómetros de allí quedan las famosas grutas y a modo de creencia y para no cometer ningún tipo de improperio para con la belleza del lugar, es mejor sólo referir que la arena solidificada que las traza constituye una suerte de grafía natural que se talla y se detalla a sí misma y que perfectamente pudo haber enamorado a Monet o a Renoir.  Las grutas me clavaron en la memoria aquel verso de Ezra Pound: “No quisiera quedarme/ni salir”, como una declaración a la noche necochense que no llega, pero que trae, sobre el final de la tarde, esa luz fría que llama a la humana inactividad de la contemplación.

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