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Facundito – 6° Entrega

¿Qué hacés, pa? ¿Todo bien?

Vengo a contarte que ahora ya estoy curado de espanto, que esta ciudad me bendijo con sus caricias de cemento en mi cuero provinciano porque me pegué unos revolcones violentos  con unos pibes en los bosques de Palermo pero no te preocupes, nada grave, una pelea callejera al fin y al cabo, como las que tenía con los Gutiérrez cuando alguno hacía trampa en los fulbitos del potrero de la esquina, allá en el pueblo, solo que esta vez fue distinto porque había algo en esos porteños que me separaba para siempre, que no teníamos nada que ver. Pero te voy a contar detalladamente para que entiendas cómo fueron las cosas: resulta que fuimos a tomarnos unos mates a los bosques con Juan, el barilochense que estudia medicina y dice cada cinco segundos ¿me entendés? y Camilo, el gordo barbudo de Bragado que va a ser filósofo, los dos chicos que viven conmigo en la pensión del Once. Resulta que fuimos y nos sentamos a la orilla de un lago artificial que hay ahí, muy lindo, medio estático pero muy bello para la vista y poder meterle un cambiazo a tanto edificio que hay por nuestro barrio. Los bosques de Palermo son como un extraño oasis de oxígeno celeste en medio de una ciudad deforme y mugrienta porque el cielo aumenta de tamaño, predomina el verde selvático, hay muchas parejitas de la mano, las chicas son muy lindas, casi modelos, y los pibes son una bola de conchetaje travestido en tribu urbana. Ese fue el problema: estábamos sentaditos en el pasto mateando con unas pepas sabor fruto del bosque (sí, en esta ciudad hay ciertos inventos que te alegran la vida) cuando el Juan se colgó mirando a una rubiecita que estaba cerca de un grupo de pibes que usaban remeras que parecían vestidos, zapatillas grandes y gorras enormes; andaban en patineta, que acá se le dice skate porque para los porteños es importante volver cool las prácticas habituales. Pibes muy raros, vamos a decir la verdad, pero bueno, mientras no nos molestaran, nosotros podríamos garantizar la convivencia pacífica. Lo que sí: las chicas que estaban con ellos y se vestían igual (salvo que usaban remeritas tipo top) eran preciosas. Entonces empezamos a ver cómo esos porteños nos miraban fijo y se rían; el gordo Camilo ya tenía ganas de pelear. Vamos a boxearlos, decía, pero yo lo calmaba y el Juan temblaba del cagazo porque ellos eran seis y nosotros apenas tres. Entonces un chico con una remera con la bandera inglesa que le llegaba hasta las rodillas arrancó un poco de pasto del suelo, nos miró mostrándonos el césped en su mano y dijo, yo lo pude escuchar clarito: coman un poco, provincianos brutos, y vuelvan al campo. Bue… pará qué contarte cómo se puso el gordo Camilo que hasta el Juan masticaba bronca y se le pusieron blancos los ojos; y yo que no me pensaba comer los mocos con semejantes mameros que usan pilcha yanqui gatillada con el sueldo de papi. Saltamos los tres de toque y los encaramos. ¿Qué carajo te pasa, pelotudo?, le dije a uno pero no llegué a terminar de pronunciar la frase que el Juan, el más cagón de los tres, ya le estaba propinado una tremenda ñapì en la jeta al que había dicho lo del pasto, y cuando miro a la derecha el gordo Camilo estaba revoleándole manotazos a dos skaters flaquitos que no sabían para dónde disparar. Yo me sumé a los golpes; había un gordo grandote que me sacaba dos cabezas y tenía el brazo todo tutuado que me dio unas cuantas piñas pero cuando tuve la oportunidad le reventé los huevos de una patada que no se pudo levantar más. Pero como te dije antes, nuestros adversarios eran seis y ligamos a lo pavote pero estoy seguro que no pechofriamos porque uno alto que tenía una musculosa de la NBA se estaba agarrando la boca toda llena de sangre no paraba de llorar. La cuestión es que dimos unos cuantos golpes justicieros porque lo peor que nos pueden decir a nosotros es que somos brutos, pese a que lo somos, lo sabemos, pero si nos lo dicen unos porteñitos raros con patinetas y remeras extranjeras lo primero que tienen que saber es que no se la van a llevar de arriba. El Juan terminó con el ojo morado tirándole besitos a la rubiecita que se iba con los porteños, porque creo que era la novia de alguno. Le gritaba el Juan haciendo el gesto con la mano del teléfono: llamame cuando te canses de estos porteñitos amanerados y mameros, llamame que yo te voy a querer como te merecés. No había mucha gente por lo que cuando los skaters se fueron nosotros seguimos tomando mate cagándonos de risa con las caras raspadas. Nos matábamos de risa porque Camilo agarró al que hizo el chiste del pasto, lo cazó del cogote y le puso la cara en el suelo. Dale, comé pasto, vas a ver qué rico que es, le decía y el pibe estaba al borde del llanto. EL Juan imitaba la cara del susto del porteñito y nos meábamos de la risa. Ya sé pa, que no da cagarse a piñas, yo ya lo sé, me lo decías cuando me veías peleando con los Gutiérrez en la canchita del pueblo, pero ¿no te acordás cuando vos le rompiste la nariz a Sánchez de un piñón ese día en el club que te enteraste que el que te había rayado la chata era él? Esa vez que le ganaste un partido de truco por plata y el tipo tenía tanta calentura que fue y te marcó todo el capot. Yo me acuerdo perfecto; Pochola, la vecina te dijo que lo vio y fuiste directamente al club, lo agarraste de la camisa y cuando él te lo confesó lo catisgaste. Bueno, hay veces que la violencia es necesaria porque el territorio está en juego, las cosas que uno quiere, el respeto, el contrato social de la paz. Las maestras de esa escuela horrible a la que iba en el pueblo decían que la violencia no conducía a nada pero a veces es necesaria por el simple hecho de aplicar el respeto, de restablecerlo, un sistema seguro de confrontación masculino asegurando la justicia primitiva. Demostrar que nadie tiene la potestad de imponer su fuerza sobre el otro y, por sobre todo, que a los pelotudos hay que enseñarles que no pueden continuar llenando el mundo con su estupidez, entonces hay que ponerles un freno. Yo no sé si esos skaters no se seguirán haciendo los piolas por la vida pero estoy seguro de que antes de agitársela a alguno van a medir, van mirar bien cuánta locura hay en los ojos de sus nuevas víctimas, porque de repente, puede pasar que se conviertan ellos mismos en las víctimas de unos locos que no quieren que les falten el respeto.

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