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Chichén Itzá, crónica de un viaje

Por Lucas Damián Cortiana

Según el dato frío, el camino desde Cancún hasta Tinum en el estado de Yucatán, es bien pavimentado desde la Carretera Costera del Golfo y el Paseo López Portillo, hasta la México 180D pasando por Valladolid y tomando la Yucatán 79. Pero el trayecto, en realidad, el que comienza con la curiosidad, la inquietud y las incomodidades es otro, es el trayecto que nos lleva al encuentro de culturas milenarias, sus ciencias, sus artes y sus legados y teniendo como punto de partida, ni más ni menos que toda aquella parafernalia armada para el confort. El turista, es sabido, siempre tiene la razón. Las pirámides son la meta cultural del viaje, el aditivo que hace que el viaje se convierta en una experiencia existencial, más allá de los destinos placenteros y extremadamente narcisistas de los que hay (y en abundancia) y de los que nadie se queja ni quejará jamás.

Estamos hablando de Cancún y sus playas y su ocio y estamos hablando de Chichén Itzá y sus matemáticas y su astronomía.

Aquí hay mucho para ver. Hay mucho para oler, mucho para saborear. Hay sensaciones. Hay postales que se imprimen a fuego en los ojos. Por ejemplo, los picantes y los tacos. Por ejemplo, el bochinche de las calles, que no es ruido sino música. Por ejemplo, los mariachis que desfilan con sus sombreros gigantes y sus guitarras y sus bigotes porque eso es lo que quieren ver los gringos, no importa que los mariachis sean de Guadalajara, en las calles entretienen más y molestan menos que unos mayitas vendiendo artesanías. Por ejemplo, la ventana abierta de la primera mañana y tras la arena color talco, y tras el agua color turmeralda (no es una palabra que se pueda hallar en el diccionario, es mi propia definición de esa acuarela que es el Mar Caribe, turquesa y esmeralda) el sol saliendo de su baño nocturno y remontándose, alto, inmortal; y el pensamiento de que todos los amaneceres en México son como debe haber sido el primero de todos los amaneceres, Edénico, paradisíaco. Salvo que en este México (o para no generalizar, en el estado de Quinta Roo), de siglo XXI, de all inclusives y noches de tequila 2 x 1, el sol hierve a veces tanto, a veces tan poco, pero siempre en pieles con protector, bronceador, sobre almas curtidas de dulzura marihuanera o cerebros fritados por el jet lag. Los europeos juegan de local, acaparan las piscinas, las reposeras y los centros comerciales; en cualquier lobby de cualquier hotel es posible encontrar un acento anglo, un grupo de moscovitas o pseudo-hooligans gritones, intimidantes pero para nada violentos. En cualquier caso, aunque a simple vista nadie parezca una iguana adorando al sol, de alguna manera (y esa manera no es en los free shops aeroportuarios ni en las frivolidades cinco estrellas), en especial, cuando panza arriba se despojan de toda iniciativa y se entregan a los rayos ultravioletas y a la salitre marina, parecen en estado de trance, participando de una conexión astrológica que los supera y los trasciende, más allá de banalidades, obvias y bien comprendidas, en esta lógica moderna de bronceados y selfies tomadas de la mano para desfilar en las pasarelas de Internet.

La noche antes de partir hacia las pirámides tuve un sueño que si recuerdo, es porque tuve la prudencia de escribirlo en una libreta que guardo en las mesas de luz: “Equinoccios y solsticios serán las medidas de tiempo. Sombras de serpiente zigzagueando por los escalones de la pirámide serán las distancias a perseguir. No sé de donde proviene la voz. Hay un cenote de aguas frías y una danza que despierta al viento. La muerte y una vez más, la muerte”.  Miré el reloj. Seis de la mañana. Salí a la calle. Me estaban esperando.

Enrique y Ramón, conductor y acompañante respectivamente del camión que me conduciría hacia Chichen Itzá, decidieron que no había lugar para mí en la cabina y muy amablemente me concedieron un asiento en la parte posterior del vehículo junto a “Doña”, una cerda de lo más mugrosa. Me acomodo como puedo, agradezco la gentileza del aventón y me pongo a leer. El bolso estaba cargado con varias botellas de agua, algunos dólares y El libro de libros de Chilam Balam. Lectura dolorosa: está lleno de nombres mayas, que resultan a veces, impronunciables a primera vista: Itzamnaaj, K’inich Ajaw, Yum Kimil… También llevaba conmigo el libro Bebidas mexicanas de Martha Chapa, donde es posible descubrir algunos nombres, de pronunciación no tan dificultosa, pero igual de misteriosos: bingarrote, acachul, huikimo, bupu, mistela…

Dos días atrás, en Isla Mujeres, había encontrado un caracol de brillante esmalte y ornamentado por figuras ovaladas. Isla Mujeres también es un paraíso, desde Cancún, viajando en catamarán velero, la travesía es un poco menor que hacia la isla más famosa, Cozumel. Y el tiempo se mata fácil haciendo snorkel en arrecifes coralinos y regando la cubierta con tragos frutales. El tiempo es difícil de matar en este camión, de allí que el caracol brillante y esmaltado y una gruesísima tanza me sirvan de entretenimiento pasatista a la hora de hacerme un collar.

Ramón dice que debería bajar para visitar el Cenote Suytún. Ramón dice que allí los mayas hacían sacrificios humanos rituales. Dice que los arqueólogos han encontrado cadáveres de niños de once años con cortes para desarticular o descarnar, huesos quemados y marcas de desollamiento.  Asiento con la cabeza y me dirijo a la cueva subterránea. El agua es fría y vital. Las paredes transpiran. La gruta no está desierta. Alguien más relata que bañarse en esas aguas es una experiencia sanadora. La muerte y las curas. Viejos rituales y nuevas ceremonias.

Ramón dice que si bajo en Valladolid podré comprar algunos recuerdos. Siempre es difícil hacer regalos a la familia y a los amigos. Algo que represente el viaje, pero a la vez que no sea un producto en serie y que los destaque individualmente. Veo artesanos bordando, otros trabajando la madera, otros trabajando pieles, haciendo sandalias, carteras, cinturones. Unos objetos llaman mi atención. “¿Cuánto por estas calaveras pintadas?”. “Cincuenta dólares cada una”. Regateo. “¿Para quién es?”, pregunta. “Es para mí”. Como todos los años llevaré imanes y llaveros para los amigos.

Ramón dice, llegamos a Chichén Itzá. Los despido y les agradezco. Se ve que ellos esperan alguna propina por el viaje porque se quedan mirándome como a un deudor, un estafador. Me digo que así no funciona el “hacer dedo”, el “hitch-hiking”, el “auto-stop” o como quieran llamarlo. Los saludo nuevamente, doy media vuelta y me pierdo entre las multitudes.

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El gran divo, una vez dentro, es sin duda el Templo de Kukulkan. En comparación con las pirámides de Egipto se podría decir que es bastante enana, pero lo que la hace atractiva son sus simbolismos calendáricos y astronómicos, los fenómenos de luz y sombra que se producen en su propio cuerpo durante los equinoccios y solsticios cada año, cuando la serpiente que la decora parece descender por los escalones y situarse a los pies de sus admiradores. No son para nada desechables el Templo Mayor de los Itzaes, el Observatorio y el Templo de las Mil Columnas. Tampoco la Cancha de Pelota, otro encuentro con la muerte y un acercamiento al culto del Sol.

Algunos salen de allí con el placer de una travesía fotográfica magnífica. Otros dicen haber hallado una poderosa fuerza energética que los revitaliza. Otros, más escépticos e inclinados a los cánones, a observar las maravillas del mundo, tachan de sus listas este recoveco de América y comienzan a planear su siguiente viaje. La sensación final y no por final acabada, ni por final, objetiva, es que la muerte y la vida se abrazan en hermandad en esta región, casi casi como programada a propósito por las agencias de turismo. Un pasaje de vida a muerte y viceversa por el mismo sendero.

Al día siguiente fui a la playa. Una semana después volví a Chivilcoy. Finalmente alguien recibió de regalo un collar de caracol, a alguien también le obsequié una calavera. Lo mejor de ambos mundos, dirían por allí.

 

 

 

 

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