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Ese tipo… el samurái

Por Adolfo Francisco Oteiza

I

Una noticia en boca de todos -. El hecho del justiciero de la katana (sable japonés) pareció, por unos días, estar en boca de todos. El mismo mondongo. Opiniones poco aseveradas, risas dispares; sociología panelista, sociología de café conformaron las divulgaciones científicas más filosas sobre el agredido agresor. El hecho aconteció en el barrio de Cerro Norte, Córdoba. Tres malvivientes ingresaron en la residencia en busca de efectivo pero poco sospechaban lo que iban a encontrar. En palabras del samurái, hasta ya habiendo recibido un culatazo, en ningún momento se resistió al asalto, pero las cosas cambiaron cuando vio que los asaltantes se precipitaron sobre su mujer e hijo. Y justamente aquí, en un descuido de los delincuentes, la noticia comienza a ser nacional. Una katana de adorno fue el elemento de repelo. Si bien uno de los chorros contaba con un arma de fuego, el impacto de un arma blanca, una de las más filosas del mundo oriental (si no la más), en un espacio cerrado produjo el estupor de los malvivientes obligándolos a huir en un Peugeot 206 donde los esperaba un cómplice. Perseguidos por la policía cordobesa, el 206 gris ahora escarlata colisionó contra un árbol a la altura de Tipayante al 7000. En declaraciones a Cadena 3 el samurái afirmó que desconoce el arte, porque sino “… los terminaba matando”. El hecho no concluye ahí, sino que recién comienza. Pericias psiquiátricas para el samurái, atención médica para los chorros, convengamos en que semejante destreza con el sable no puede pasar desapercibida a nuestra siempre placentera actualidad. Para muchos el loco de la katana es un insensible por no brindarle sus bienes a quiénes los reclamaban justamente por la simple razón de ser unos vándalos, para otros es un héroe cual Chuck Norris, para la mayoría el hecho parece tomado de una película de acción cuasi cómica de TNT nitro. El nombre del loco de la katana es desconocido o por lo menos no nos interesa. Para nosotros, la gente, es el samurái.

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II

El concepto de la gente, como masa que lee diarios, opina, vota, etc., utilizado por los medios y la política desde épocas en que la esclavitud explícita ya no era demasiada cómoda se ha instalado en occidente como un libertinaje en la opinión. No tener opinión o mejor dicho no estar informado es visto como un crimen. Si uno no sabe cuál es la noticia efímera y candente que mueve los hilos comunicacionales de un país o del mundo es automáticamente tildado con el mote de insensible o desinteresado. Chesterton lo derriba con ingenio abruptamente: “El periodismo consiste en buena medida en decir “Ha muerto el señor Jones” a gente que no sabía que existiera un tal señor Jones”. Esto dista mucho de creer inútil al periodismo, sino que denuncia una forma de hacer periodismo. La forma de la primicia.

III

Ahora bien. Maquiavelo sostenía dos tipos de gobierno, el republicano y el monárquico, al modus operandi del imperio romano, que deberían irse interpelando según la situación del país. Al mismo tiempo mantenía divergencias entre el pueblo y los grandes. Para Maquiavelo el soberano era el gobernante como, creo yo, a día de hoy sucede realmente aunque vivamos en democracia. Lo que hoy llamamos lucha de clases en el florentino no parece estar del todo ausente. Para el politólogo y asesor hay diferencias sustanciales entre el pueblo y los grandes. Estamos hablando del Renacimiento y uno de los momentos culmines de la época feudal. En este aspecto Maquiavelo es un moderno de lo que el marxismo en el futuro llamaría la “sociedad civil”. No está preocupado por la lucha de clases ni mucho menos –tampoco le interesa, en el aspecto que le damos hoy día-, sino por una estabilidad social que sustente el orden. Digámoslo claro, Maquiavelo quería un gobierno fuerte que lograra la unificación de Italia. Sin embargo sienta bases. Si bien para Maquiavelo había que sostener la paz dentro de una nación, creía que en caso de conflicto convenía mantenerse del lado del pueblo y crear, llegado al caso, a nuevos grandes. Creía que una ignominia fuerte en el pueblo podía provocar la anarquía y le daba la oportunidad a los grandes de provocar un derrocamiento. Recordemos, para Maquiavelo, el soberano es el príncipe.

“Estos diferentes efectos no son el puro producto de interpretaciones elaboradas desde un punto de vista exterior al texto, sino la reflexión, en interpretaciones exteriores, del doble punto de vista interior al texto, que funciona no como la exposición de una solución, sino como el planteamiento de un problema político…”, reflexiona Althusser acerca de Maquiavelo, como lo demostrará más tarde la burguesía y tiempo después el proletariado.        

IV

Como análisis final queda Nietzsche. Él confiaba en que le debemos más a quién discute nuestra forma de ver que a quién la avala, ya que el segundo no hace nada por nosotros, y en cambio el primero nos deja en incógnita aunque moleste. Lo que refiere correctamente el teutón es claramente aplicable a las divergencias típicas de la democracia, con las que nos guste o no debemos lidiar. Asimismo cuando los medios o la política tienden a congraciarse con nosotros en sus discursos o hasta en sus medidas siempre conviene un poco de fruncimiento en el ceño como sospecha, si se quiere escéptica, para intentar comprender bien qué nos están vendiendo al darnos la razón a nosotros, la gente.

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El hecho del samurái cordobés despertó nuevamente, como en cada semana, hasta a veces como en cada día, una histeria de opiniones. Así y todo la noticia parece vieja. Ya un vendaval de cenizas pasó por Buenos Aires, hubo un terremoto en Nepal, la madre de Nisman está al borde de la prisión domiciliaria, la ex o no novia de Boudou va al Bailando y este aparato que llamamos libertad de expresión es una bola de nieve con poder de desintegración que, esperemos, en algún momento se detenga sin hacer coalición.

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