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Feria de las colectividades

Por Lucas Damián Cortiana

Es sábado por la noche y hay un llamado de sirenas que nos atrae por los sentidos: una orgía de sensaciones para el oído y el olfato. Dos motos pasan en rojo un semáforo, casi se llevan puesta una camioneta y los peatones corren por la senda como si se aproximara el fin del mundo y hubiera que buscar refugio en un búnker. Todos van al mismo lugar. Hay columnas de humo y olores fuera de catálogo. Bochinche de cumbianchas y bachatas. Se come con la boca bien abierta, se habla a los gritos. Los chicos con sus papis, los besitos de novios atrás de un árbol, el perro salchicha de departamento paseado por la señora del 3° B. Bocinazos, “loco, fíjate lo que haces”, “ta´todo bien”. La voracidad de los fines de semana. La desesperación de vivir la vida en dos días. Media ciudad va a ver de qué se trata, todo el mundo reunido por la curiosidad de lo que se podría considerar exótico, foráneo, raro. El saltimbanqui con un megáfono anuncia la atracción a la Fito Páez en Circo beat: ¡Welcome to Chivilcoy city! Pasen y vean, prueben y comprueben, las comidas y las especias llegadas  del otro lado del mundo, desde la selva amazónica hasta Shangri-La, deliciosos platos y carnes tiernas, placer de dioses; y atravesando los siete mares, para traérselas a ustedes, las bebidas más increíbles, más refrescantes, de Alemania, la cerveza de los nibelungos y de Odín. ¡Pasen y vean! Bienvenidos…  ¡Welcome to the Feria!

Mmm… la comida y la música funcionan como brújula (como GPS, seamos modernos), la carpa con la bandera pasan desapercibidos, la gente va con los ojos cerrados y la nariz apuntando hacia arriba; hay anillos, llaveros, mates y las típicas artesanías, pero en la feria de las colectividades, lo que manda es el aparato digestivo. El estómago da la orden y no parece demasiado imposible que, como en la película de Woody Allen Todo lo que siempre quiso saber acerca del sexo…, exista un grupo de inteligencia interna comandando nuestras acciones, secuestrándonos en nuestro propio cuerpo, y como títeres llevándonos a los platos con más salsa, con más picante, con más ingredientes, más grande, más sabroso, más salado, más todo. Somos el perro de Pavlov, ni bien vemos las fotos del tamal, el anticucho de corazón y los picarones empezamos a salivar. ¡Y el ceviche! ¡Y el rocoto a la vinagreta! Estamos en la carpa de Perú. Unos pibes pasan chupándose los dedos y pidiendo agua a los gritos. El picante se hace notar. ¿Agua? La solución está a la vuelta de la esquina, literalmente. No pasan ni cinco minutos que los pibes están en la carpa de Irlanda y no precisamente comentando el último disco de U2. No, una pinta de Stout; en cincuenta metros pasaron por Cuzco, cruzaron el Atlántico y sin rendirle pleitesía a la reina ni sacar visa, se mandaron una negra… tal vez en las islas británicas el lema sea the taste of the meeting. Los chicos se ríen, se llenan la boca de espuma y paran la oreja. “Escuchá, escuchá…”. Vamos a donde nos lleve la melodía: “Ya me han informado que tu novio es un insípido aburrido/ Tú que eres fogata y el tan frío…” Y sí, República Dominicana. Y sí, Romeo Santos. El que prepara el “tropicool” canta susurrando y le hace ojitos a las chicas. Le mete ron y vodka indiscriminadamente. Se toma el veneno de un saque. Queda un poquito en el fondo del trago largo e invita. “El primero es gratis” dice pícaro. La chica lo toma y pone carita. No le gustó nada. Tose. “¿Te gustó mami?” dice rápido de reflejos el dominicano. “Está bueno, prepárame uno” dice la chica. Mientras agarra una ananá y la licuadora, empieza otro karaoke de Santos: “Llévame contigo que no aguanto la aflicción/ Llévame contigo no seas malita.” Se ve que encontró la fórmula ganadora.

Fallar estrepitosamente está dentro de las posibilidades que ofrece un juego de feria como “tirar las latas”. El peluche es el “gran” premio. Tres tiros, cuatro metros de distancia y la chica que espera al héroe. Tiro uno: dos latas abajo. Bien. Concentrado. Ojitos chinos, chiquitos, como de quien calcula y analiza los elementos para un tiro certero: fuerza, dirección, velocidad, sentido del viento. La reencarnación de Guillermo Tell. La pose de un arquero medieval. Tiro dos: La mente y el objeto, la mente y el objeto, la mente y el objeto. Apunta, la chica tiene las manos en rezo, mueve los labios nerviosa, se encomienda a algún santo (¿a Romeo?). Tira… ¡Falla!, por poco. “Por poco” dice el auspiciante de la diversión. El novio lo mira con cara de nada. “¡Último tiro, último tiro!”. Se le pueden notar en la sien unas gordas, gruesas gotas de sudor corriéndole por la mejilla. ¡Es como la final del mundo y es como el último penal! La consagración, tres latas. La escena se repite, la chica mira los peluches, ya sabe cuál elegir: el de los Minions. “Es para mi hermanita” dice bajito a una amiga. El novio está a un paso de la coronación. Extiende el brazo y por un instante, el tiempo se detiene. Si esto no es “el momento” entonces ¿cuál es? ¿La graduación? ¿El primer auto? ¿La casa propia? No. Esto es pasión. “Dale loco que podés” dice un amigo mientras le palmea la espalda. “Ay que nervios” dice una señora que pasaba por ahí por casualidad buscando un baño químico. Tira. Golpea una lata y se escucha el “clink clink clink” en el suelo, si es la onomatopeya correcta; la pelota se va hacia el costado en extraordinaria carambola y sí, el milagro se concreta. El pibe aprieta el puño y la da un pico de novela a la chica. “El Minion” ordena a los gritos. Después viene la foto. La chica apretadita al peluche. El novio con cara de winner. Merecida. Mañana la suben al Face, seguro. Ya me imagino. “Agrega una ubicación a la publicación”: Chivilcoy. “Etiqueta personas en tu publicación”: Fulanito Winner, Novia Feliz. “Haz un comentario sobre esta foto”: nOchhe en la f3riiAa!!! k c repitaaaa!!!

 

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