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No escribir: el país de los poetas

Por Giovanny Jaramillo Rojas | Fotografías: Dahian Cifuentes

“El viaje no termina jamás. Solo los viajeros terminan.
Y también ellos pueden subsistir en memoria, en recuerdo, en narración…
El objetivo de un viaje es solo el inicio de otro viaje”

José Saramago

Ya entrados a Chile y cuestionados, afrentados y hasta monitoreados –creo yo- por los pacos –policías chilenos- empezamos el recorrido por el asombroso y alargado país de los poetas, que puede empezar, o terminar, en uno de los desiertos más secos del mundo donde, según el poeta Guillermo Quiñonez, el tiempo está convertido en arena, hasta la Patagonia, que, como colofón  o génesis de esta dichosa tierra, no es otra cosa que una vocación de reserva de vida. Al oriente del país se desentierra el cercado natural de la cordillera de los Andes que corteja austeramente, y de frente, el escarceo perenne del espejo más grande del cielo que tiene la tierra: el Océano Pacífico.

La primera impresión de los nativos, sin ser un secreto para nadie en el mundo hispano, es un célebre acento muy gracioso y a veces ininteligible que contrasta en rapidez y articulación y que incluso, como afirmara el gran Bolaño, pareciese que fuera la carta de navegación de la complejidad identitaria chilena. En Osorno, una bonita ciudad de viga y tablón custodiada por un imponente volcán, se desmembró el grupo por primera vez desde que salimos. Nuestro sonido directo tuvo que salir volando, literalmente, para Colombia. Al cabo de un par de horas llegamos a Puerto Montt, una ciudad que huele a ciprés, para estar allí menos de una hora presenciando la llegada de un gigantesco navío salmonero mientras salía el primer micro para Ancud, una exigua urbe en la isla-provincia de Chiloé donde la lluvia, siendo el pan de cada día, es también una lira de mil cuerdas.

Buscábamos un lugar tranquilo para rodar y después de hacernos de un baratísimo departamento en Ancud para dejar  nuestras cosas, decidimos ir a Quemchi, la inusitada ciudad ubicada en la costa nororiental de la isla que vio nacer al reconocido cuentista y novelista chileno Francisco Coloane quien se refirió a su tierra, inequívocamente, como “la comuna de los mil paisajes”. El panorama natural de Quemchi es variopinto y su calma armoniza con zonas de montaña, bosques, un escrupuloso y grato puerto pesquero que pone puntos suspensivos a la tierra y hasta partes medio selváticas que se asoman a flirtear con las nieblas de un archipiélago sosegado y embebido de vernácula naturaleza marina. Nuestro cámara, impaciente por tanta quietud, no tuvo más remedio que reconocer la belleza del lugar y, confundiéndose con el paisaje, prácticamente esculpió algunos de los planos más sensitivos del proyecto. Así mismo, la directora tuvo que adecuar el argumento de la ficción en función del mismo: ya no estábamos rodando, sino revelando una película que siempre había estado ahí, como esperándonos.

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De la región de los lagos fuimos a parar a la región de los ríos. La encantadora y antigua ciudad de Valdivia fue nuestra siguiente parada. Durante muchos años en la época de la colonia, Valdivia fue un enclave trascendental para la afluencia de flotas navales de todo el mundo y era considerada “la llave del mar del sur”, razón por la cual erigieron baluartes de defensa para proteger la ciudad de piratas e invasores. Actualmente se conoce como “La perla del sur” y se destaca por una amplia y muy distinguida producción de cerveza artesanal. Valdivia está ubicada entre los ríos Calle-Calle, Valdivia, Cau-Cau y Cruces, posee una gran cantidad de humedales y se encuentra a 15 km del mar en la amurallada bahía de Corral. Uno de los principales referentes históricos es el terremoto de 1960, acaso el más fuerte que ha sacudido al mundo desde que son evaluados (9,5 en la escala de Richter). Alquilamos una cabaña cerca del centro y justo al lado de la emblemática costanera Arturo Prat que bordea el río Valdivia y sirve como pista deportiva para centenares de valdivianos que concurren al atardecer a ejercitar cuerpo y vista. Es una ciudad fascinada por la tenacidad de su historia y espléndidamente obsesiva con la conservación de su arquitectura de estirpe alemana, además de una esquizofrénica manía por las esquivas y perfectas simplezas de los paisajes que parecen acuarelas. Un paseo por el río, un paseo a isla teja, un paseo a la costa, caminar por Valdivia y por sus alrededores es, básicamente, un ejercicio de meditación, en el sentido noble y quimérico de la palabra.

La feria fluvial de Valdivia es un adorno de fina coquetería, cuyo principal aderezo no sólo se abrevia en los pelícanos, gaviotas y lobos marinos que pululan entre el río y los canalillos del mercado (que ofrece toda clase de frutas, verduras, legumbres, pescados y frutos del mar) sino el lance tradicional que conserva con las usanzas gastronómicas y las artesanías regionales de marcada influencia mapuche. El ambiente festivo del comercio habla por sí mismo y no permite la sumersión de la romería en compras veloces, sino que por el contrario genera la sensación de que estando allí se puede recuperar todo ese tiempo que nunca se tuvo para la espontaneidad. Escribiendo en y sobre Valdivia me vino a la cabeza la idea de que en las ciudades el aburrimiento es la principal corriente literaria y que en otros lugares escribir es, simplemente, un deleite natural que lo lleva a uno a correr el velo de sus propias ofuscaciones. Así me hallé, inmerso en el tejido autóctono e histórico de la cultura valdiviana que a su vez me exhortaba a ir en busca de una página en blanco para poder plagiar las delicadas miradas de sus habitantes.

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Nos habían ofrecido la posibilidad de hospedarnos algunos días en Lican Ray, un minúsculo pueblo a orillas del lago Calafquén ubicado en la región de la Araucanía. Pues bien, aceptamos la invitación, y al llegar tuvimos la primera experiencia con santiaguinos: simpáticos y respetuosos. La casa toda de madera donde nos hospedaríamos dejaba la duda de estar internados en un lugar remoto de Alaska o en el parque Jellystone donde habita el oso Yogi con sus amigos BuBu, Cindi y el guardabosques Smith.

Las playas del lago, con su agua fría y cristalina, los circuitos de trekking o senderismo por penínsulas y colinas conforman un cuadro de goce natural de insostenible cuantía, en el cual es imposible no extraviarse a punta de impresiones y recogimientos largos y suspensivos. Sin embargo, hay que decir que estas bellas tierras sobre las que se levantó Lican Ray, fueron expropiadas a mapuches a mediados del siglo pasado en un proceso corto y radical de colonización para la explotación maderera.

Siguiente destino: Valparaíso. Sin palabras. Creer que uno tiene algo que decir de Valpo es, por supuesto, un acto de vanidad extrema. Sólo me gustaría exponer una verdad, de una vez por todas: Gustav Klimt y Amadeo Modigliani nacieron, pintaron y vivieron secretamente en esta ciudad. La madre si no. Ahora bien, a continuación comparto apartes de la que es acaso la mejor pintura lírica de esta ciudad, compuesta por uno de los hijos más ilustres del planeta tierra y de Chile, también: Pablo Neruda:

“Qué disparate eres, qué loco, puerto loco, qué cabeza con cerros, desgreñada, no acabas de peinarte, nunca tuviste tiempo de vestirte, siempre te sorprendió la vida, te despertó la muerte, (…) todo lo transformas en nave, eres la remendada proa de un pequeño, valeroso navío. La tempestad corona con espuma tus cordeles que cantan y la luz del océano hace temblar camisas y banderas en tu vacilación indestructible. Estrella oscura eres de lejos, en la altura de la costa resplandeces y pronto entregas tu escondido fuego, el vaivén de tus sordos callejones, el desenfado de tu movimiento, la claridad de tu marinería”.

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Temo que sin saberlo y de una manera íntegra, nos adherimos a esta oda para robar todas las imágenes y resonancias que arrancamos, con nuestros timoratos equipos, a Valparaíso. Al grupo de trabajo llegaron 4 personas más provenientes de Colombia y 1 de Argentina, todas a vacacionar y a tomar vino en cantidades navegables, sí, pero también a hacer lo propio en la película: actuación, foto fija, asistencia de cámara y sonido, producción, etc., en un vaivén de roles y amistad que no tuvo, ni tendrá, mote alguno.

Entrega anterior:
No escribir: Las fronteras somos todos

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