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El cielo

Por Ignacio Bosero | Fotografía: Víctor Bosero Barbieri

Pero darnos acceso en la espesura de la selva empezó a ser traumático cuando una intensa lluvia se apoderó del territorio donde nos desplazábamos. Habíamos avanzado algunas horas en la dirección deseada pero nos estaba costando movernos en el barro que la tierra formaba; de modo que nos enterrábamos y perdíamos fuerzas enormes en desenterrarnos. Había que agregar a estas condiciones la alta temperatura y la humedad para un cuerpo pesado y grande.

Corría un río. De pacífico pasó a caudaloso por las intensas precipitaciones que lo cargaban. Verlo antes y después era ver dos ríos distintos. Uno manso, otro violento y audaz; sin dejar nada a su paso. Movía hasta las piedras más grandes, las trasladaba con plantas y arena que arrancaba de su fondo. Plenamente cubierto de piedras, bordes sinuosos y vegetación exótica, era un río ¿o varios ríos? precioso, con delicadas formaciones de arena que aparecían cada tanto en sus extensas orillas. Desde el aire se veía una enorme familia de serpientes de colores. El verde inacabable lo cubría todo. Un verde sólo de selva, el verde que da la humedad de estos sitios recónditos de la tierra donde el agua abunda. Al detenernos, en una caminata profunda junto al sonido de la naturaleza, podía verse la vida más allá de la mano del hombre; la siesta de un animal en la rama de un árbol, el paseo lento de escarabajos, cascadas… Y si nos fundíamos abriendo otros sentidos, podíamos oler el perfume de la canela o del ananá creciendo, oír monos y pájaros. Pero era sumamente peligroso ser arrastrado por la corriente del río, el solo choque contra las rocas producía la muerte instantánea si la corriente embravecía. Aun así, el río era otro camino utilizable para esquivar el interior de la selva y llegar a buen puerto. La tribu enemiga, cazadora, pescadora, debió usar el recurso de la navegación. Canoa o balsa artesanal, era el vehículo sagrado en estas zonas. Pero no se podía confiar sólo en el instinto de la aventura sin conocer el río y navegar por coraje, ignorando las zonas de caída violenta, desparejas, las ollas y remolinos que se formaban y chupaban para dentro, expulsaban, las piedras puntas-invisibles que por el choque imprevisto hunden la embarcación. Destrezas que sólo un experto del río, un lugareño, conoce. Fue cuando se nos vino a la mente Beto. Este ermitaño, pescador, podía ayudarnos a tomar un atajo por el río. Carlos había tratado con él, una vez que quiso trasladarse hasta una isla para recabar datos que figuraban en el cuaderno de su padre; no tuvo éxito en esa empresa pero intimó con Beto al ser un viaje de un día entero, y le pagó bien, por lo que el lugareño se había retirado más que contento a su choza. A su vez, se sabía que sobrevivía del comercio con exploradores europeos en busca de minerales preciosos, y traslado de salvajes no feroces.

El trayecto a su choza, en proporción a lo que restaba del total del camino, era corto y estaba de paso. No dudamos en ir a buscarlo, ¿pero qué impresión se llevaría el ermitaño al ver un multicuerpo…? Una impresión que podía impresionarlo… No era una opción separarnos; el destino de la tribu de Frenelio peligraba y sólo mancomunadamente –con terror y fuerzas multiplicadas– podíamos librar batalla, o lo que fuera que nos esperaba. ¿Pero cómo no apabullarlo? Lo tentaríamos con promesas, aunque, como hombre de oficio que desconfía de las intenciones, le adelantaríamos algunos dólares. Billetes que cotizan bien en el globo, y, por supuesto, también en la selva.

La lluvia no cedió, y cuando ya estábamos cerca de la choza de Beto, el ermitaño, el río parecía una catarata enfurecida. No pudimos evitar que la noche nos agarrara a la intemperie; encendimos linternas y cruzamos el predio de ingreso a la casa. Debíamos hacer noche en la choza del lugareño, ahí se irían algunos dólares más en cama y sopa, pero estaría bien después de todo; sin haberlo pensado era mejor que armar el toldo, buscar lugar, prender el fuego…: estábamos cansados.

Empezamos por llamar a la puerta de la choza; una leve luz de farol en la cocina iluminaba trastos oxidados: eso veíamos desde afuera. El hombre tardó en abrir, entornó la puerta despacio y apuntó con una escopeta. “¿Qué quieren? ¿Quién es?”, preguntó; se notaba que no veía bien, y miraba para los costados. “Baje el arma, soy Carlos, Beto”. “¿Qué Carlos?”. “El que lo contrató hace poco por un viaje, le pagué bien, ¿se acuerda de mí?”. El ermitaño bajó el arma, los ojitos se le encendieron: la vista la tenía deteriorada, perdida. “Sí, me acuerdo. Pasá; ¿pero qué querés a esta hora? ¿Estás con alguien más?”. “No, no”. “Me quedé ciego, no sé en qué puedo ayudarte: ya no puedo ayudar a nadie más”. “¡Qué desgracia, Beto!”. “¡Bah!, conseguí un ayudante”. “¿Y sabe navegar?”. “No como yo, pero sí”, dijo riéndose. “Necesito pasar la noche acá y mañana un viaje… ¡le pago bien, igual que la otra vez!”. “Bieeen, quedate. Mañana te lleva Lisandro”. “¡Voy lejos! ¡No es fácil el camino!”. “¡Dónde sea! Pero pago adelantado”. Arrugamos unos billetes y se los pusimos en una mano, pero el ermitaño los devolvió. “Mañana le pagás a Lisandro; yo no veo”.

Guardamos el dinero y nos acomodamos para dormir. No eran las noticias esperadas que este lugareño se hubiera quedado de repente ciego, pero en parte podía ser favorable si su empleado no pedía explicaciones y se limitaba a navegar y llevarnos a destino, río abajo. Si teníamos desconfianza sólo era por el hecho de que la ruta por el río, en estas condiciones, si el navegante no era experto como él, podía ser mortal.

Poco después, cuando el ermitaño se quedó dormido en una silla de mimbre, le robamos un poco de vino de una damajuana que sobresalía en un rincón y nos servimos una copa para celebrar que, aún con incertidumbre, el plan estaba en marcha.

Al día siguiente, bien temprano, Beto nos despertó tocando un instrumento de viento. Armó una mesa, cortó pan y preparó una tetera. Oímos el ladrido de unos perros y pasos cerca de la entrada a la choza. Por el vidrio vimos a un hombre; entendimos que era Lisandro. Un espeso bigote y espesas cejas le cubrían gran parte de la cara. No era corpulento, sí fibroso. Beto le abrió la puerta y nos presentó. El empleado tomó nuestro aspecto como natural, aunque levantó las cejas-pelos, y se dispuso a desayunar con nosotros, mientras decía algo sobre el río, la comida y los perros. Al terminar el té, Beto le ordenó el trabajo, (“bien pagado”) le aclaró, ¿mirándonos? “¿Pero así?”, dijo Lisandro. “¡¿Así cómo?!”, le gritó su jefe (se alteró). Abrimos los ojos, atentos. “¡El río está loco!”. Lo apartó al costado de la mesa, agarrándolo de un brazo: “¡dólares!”, le explicó. Lisandro pidió el destino del viaje. Al oírlo, la cara se le angustió: “Vuelvo mañana”, dijo. “Llevate esta carne”, le ordenó Beto dándole una bolsa.

Salimos en una canoa fuerte, pero en medio de una lluvia más intensa que la del día anterior. El río estaba de un color gris; veíamos unos gases y lluvia, como una niebla, en medio de palmeras gigantes agitándose en la tempestad.

Lisandro no habló y solo condujo la canoa, meditaba cada tramo que hacía moviendo sus cejas o tocándose el bigote. Con un palo que tenía todo el tiempo agarrado, iba abriéndose paso entre la vegetación y las piedras que el río trasladaba. Durante horas estuvimos avanzando con cautela sin hablar una sola palabra. Por la tarde, una especie de gotita de suerte, bendijo el destino: la lluvia paró completamente y el sol se asomó. Se despejaba el cielo ligeramente. Podíamos oír el griterío de los animales que había sido tapado por el diluvio. De la furia a la calma, y después a una suave lámina de agua por donde ahora navegábamos mansamente. Lisandro se dio vuelta y sonrió, palo en alto. Lo aplaudimos. ¡Sí! ¡Era un triunfo! Y había que seguir; estábamos, por nuestros cálculos, a pocas horas de llegar. Pero antes debíamos hacer noche y comer la carne. Acampamos en una orilla e hicimos fuego. ¿Habíamos visto un cielo así alguna vez?

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El cuerpo común

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