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El comienzo de algo

Por Camila Lozzia

Es Mayo. Y el otoño no llega nunca.

Escucho a mis vecinas jugar en la pileta de la casa de al lado, tendrán ocho o diez años, y me acuerdo de los veranos en lo de mi abuela paterna con mi prima (siempre más flaca y más histérica que yo). En frente está mi madre leyendo el diario, y el perro a su lado esperando migajas de algo.

Es un domingo demasiado domingo, uno de esos días en los que la tarde nos revuelve un poco el estomago con recuerdos viejos; días en los que pasadas las cinco evaluamos seriamente la posibilidad de meternos en la cama, cerrar las persianas, y hacer de cuenta que es de noche por lo que queda.

No está tan bueno vivir el domingo, supongo será por el decaimiento que genera con el correr de las horas. Es, en algún punto, una metáfora de la voluntad: si hay sol uno amanece contento, esperando respirar aire fresco y dedicarle tiempo a las cosas que no hace durante la semana –existe alguna clase de esperanza-. Por el contrario, si está nublado, agradecemos el poder meternos en la cama, solos o acompañados, y embebernos en silencio y almohadas.

En cualquiera de los dos casos el pronóstico es favorable en un principio, las ganas nacen y se dilatan, pero al cabo de unas horas él termina no siendo tan agradable, ni la cama tan cómoda, ni las cosas tan interesantes, ni la tarde tan amena.

La tarde siempre es el problema.

Hoy, en particular, las nenas de al lado gritan más fuerte y el clima agradable da lugar a los mosquitos que me pican sucesivamente. Quiero rascarme pero no quiero la marca. Supongo que esa también es una metáfora, pero del placer: no existe rascarse una vez y no querer rascarse más, aún sabiendo que la piel se daña y la marca no se va.

Soy una chica a la que le gustan las metáforas, quizás porque no soporto el sentido literal de las cosas. Prefiero que me convenzas.

Mi trabajo, justamente, se trata de eso: escribo sobre frivolidades y le hago creer a la gente que puede hablarse de carteras como se habla de libros, como si la moda fuera realmente algo importante. El desafío, claro está, es no persuadirme a mi misma.

Siempre pienso que tengo este trabajo porque mi profesión –la de escribir- es como la parábola del domingo; empiezo ávidamente textos que inevitablemente devienen en una pagina en blanco. Por paja, o por desidia, o por falta de amor al arte.

No sé por qué no encuentro la valentía para escribir sobre lo que quiero escribir; el amor.

¿O la falta de?

Ya sabemos: la dicha escribe en blanco, la desdicha en negro.

Lo cierto es que tuve un novio a quién le exprimía las naranjas para el jugo de la mañana, con quien me acostaba una tarde gris de sábado en un sillón, para mirar una película que no empezaba nunca. Pero después todo se terminó.

Tardé más de dos años en levantarme un día y que no fuera más que una pila de recuerdos en una de la tantas cajas que le hice (y me devolvió). Me llevó mails de despedida, horas de teléfono, lágrimas, vueltas en taxi deprimentes a las cuatro de la mañana, momentos de obsesión sobre las fotos que publicaba, tres hombres equivocados, y varios atados de Marlboro Lights, pero finalmente lo olvidé.

Un día me levanté y ya no estaba en mi cabeza ni en mi corazón, se había ido.

Fue una mañana de Mayo.

En mis casi dos décadas y media de vida lo quise a él, pero también tuve relaciones con otros. “Más que yo”, diría cariñosamente mi madre. Es cierto, y ninguna de las dos se espanta por eso. “Son otras épocas”, agregaría mi abuela.

Mi familia es así, ni las malas palabras ni el sexo son tabú.

Mi abuelo es esa clase de persona que te recibe el 24 de diciembre en su casa de Caballito, en cuero, con un repasador en una mano y un ananá fizz en la otra, cuando no un huevo duro relleno.

La cuestión es que así, en una noche como esa, lo conocí a Juan. Entre burbujas, fresita y pan dulce, me prendió un cigarrillo y me habló sobre discos. No entendí nada de lo que me dijo y pensé en hablarle sobre libros. En vez, le miré el lunar que tiene arriba de la boca y se lo besé. Terminamos caminando descalzos por la avenida más ancha del mundo, zapatos en una mano y champagne en la otra; nuestros dedos rozándose cada tanto.

Después se fue de viaje, cuatro meses. No llegaba nunca, como el otoño. Hasta hoy.

No sé qué será de nosotros, pero la tarde va cayendo y ahora cesó el calor. Las nenas se apaciguaron con la bajada del sol. Corre una brisa.

No se parece en nada a los otoños que supimos tener, pero es, sin dudas, el comienzo de algo.

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Comentarios

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