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Ni bronce ni inmortalidad

Por Lucas Damián Cortiana

“¿Quién es el hombre más feliz?
¿El que ha enfrentado la tormenta de la vida y la vivió,
o el que se ha mantenido firmemente en tierra y sólo existió?

Hunter S. Thompson

 

I

No soy nadie y como nadie que soy, lo que digo no le importa a nadie. Lo que pienso es totalmente irrelevante en el curso de la humanidad. Lo que piense, por más genial, innovador, precursor y fecundo que sea será descartado por los cerebros dotados y olvidado para siempre. No importa si es beligerante, pacífico o anarquista; seductor, inmoral, pretencioso, mis pensamientos son una migaja en el universo. Nunca voy a publicar una novela (y si la escribo, sólo la leerán mi familia y amigos), no seré traducido a doscientas setenta lenguas, no aspiraré al nobel ni al Pullitzer, no haré guiones cinematográficos.

Rodolfo Fogwill, personalidad/personaje de la literatura argentina post dictadura (su primera novela -a riesgo de verdad, su más exitosa novela-, fue Los Pichiciegos en 1983) tenía una teoría desmedida que aplicaba a rajatabla, pero lejana a la arrogancia: cuando tenía algo interesante que decir, se lo atribuía a alguien más afamado o respetado. Es imposible quitarle el mérito. Fogwill conocía de la importancia de generar impacto (había sido directivo de empresas de publicidad y de marketing antes de ser escritor), por lo tanto estaba convencido que la insistencia en la mentira, la repetición de una frase –la suya- pero respaldada sin autorización por un pensador, escritor o filósofo celebre (más allá de que él lo era y lo es en ciertos círculos) lo pondrían en el plano de las citas célebres. El ego, en estos casos, debe asumir vivir y morir en el anonimato.

¿Quién lo diría? Seguramente él, la mente detrás de “el sabor del encuentro” y los horóscopos de Bazooka. ¿Se estudiará en las escuelas de publicidad? ¿Sabrán de esto los creativos? Habría que agregar un principio más a los once establecidos por Goebbels. Podría ser algo así como Principio de Atribución: divulgación de una verdad propia no consagrada utilizando como conducto a un sujeto de fama y renombre. Mediante la no apropiación del dicho y la subsiguiente asignación al individuo será considerada verdad irrevocable. Se asignará a la cita a la categoría de falacia, sólo al momento de ser descubierta. La farsa de Fogwill continuó en otras bocas, en otras plumas, pero a la inversa: “donde roza la bambula” fue vendido como un verso pop, chicloso, masticable, cantado en recitales de Babasónicos por jovencitas de escuela secundaria que desconocen al viejo tramposo escondido tras el método.

II

El golpe de suerte ocurre sólo luego de escribir toneladas de basura que nadie lee durante años. Es condición sine qua non. La obra en esta etapa se caracteriza por la escritura de fanzines iracundos, notas a bandas de rock desconocidas, cuentos y poemas queriendo emular a los clásicos, cartas de lectores donde se despilfarra toda la prosa y el vocabulario elitista y académico del que se pueda hacer uso con el afán de impresionar a la editorial. Parece una  especie de Ley de Murphy, pero es así. El golpe de suerte permite escribir y vivir decentemente, quizás alcanzar una reputación y credibilidad por esto de “haber salido de abajo” y, paradoja del destino,  tras el affair con la fama y la fortuna (una cita de Fogwill –ésta sí pertenece a él- echa por tierra esto: “Ser escritor es fracasar en la vida. Casi todos terminan mendigando la beca, el pequeño premio”; así que a la fortuna la descartamos), se vuelve al hoyo a escribir la misma basura que al principio pero bajo la entrada de “escritos malditos de un erudito”, o algo así. Hunter S. Thompson, ícono del Nuevo Periodismo norteamericano, es un ejemplo de esto, a la vez que una excepción a la regla. A lo largo de todo su currículum vitae se mantuvo en la frontera de la cordura y la demencia. Supo mandarse con barbaridades irracionales, blasfemas y odios políticos antes de ser conocido por el gran público, en su época de escritor para la columna deportiva semanal del diario de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, donde como era de esperar, publicaba todo tipo de conspiraciones, noticias falsas, reportajes inventados y de facto, fue conocido por Pánico y locura en Las Vegas, una aberración drogona, un trip jodón a la vez que metafísico, para luego terminar su carrera y su vida a lo gonzo, género que él mismo difundió: se metió un tiro en la boca y sus cenizas fueron expulsadas por un cañón gigante costeado por un amigo millonario (Johnny Depp) al ritmo de “Mr. Tambourine man” de Bob Dylan.

III

“¿Sabés cuál es la tragedia? Que nadie tiene razón. Por eso todo resulta tan confuso. Hay partes de verdad por ahí dando vueltas, pero ni se te ocurra decirlas o te van a matar a garrotazos como si fueses un enano. Sabelas vos y listo. En todo caso transmitilas de boca en boca. Pero no las escribas.” Eso no es una reflexión ni un consejo de sabiondo ni un intento de domesticar lo que se haya inquieto y turbado, es un epitafio. La contratapa de Sí, soy mala poeta pero…  de Alberto Laiseca, termina con la demonización de la pluma: “no las escribas” dice. Pero ya es tarde. El flirteo con la locura ya no es tabú. Se teje y se desteje en los abismos nebulosos, sinápticos del escritor. El escritor escribirá su verdad de la manera que conoce, como la recibió, como se le presentó en visiones. La verdad se dice pero de modos solapados. A veces con la simpleza de un poema tirado en un catre, con el colchón relleno de versos naif; a veces con intrincadas aliteraciones y pleonasmos. La cosa es que se escribe. El escritor no sabe otra que no escribirla. Aunque haya mentira en esa verdad. Aunque sea una recopilación de tonterías. Aunque la verdad sea una “nada”. Aunque el todo sea lo mismo que la parte.  Richard Peck lo decía de una manera tal que seguramente debe haberse ganado la enemistad de varios de su época: “El primer párrafo es el último disfrazado.” Y puede ser… o no. Cada uno hace lo que tiene que hacer y es lo que tiene que ser con tal de terminar en el pedestal.

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