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No escribir: el país de los poetas II

Por Giovanny Jaramillo Rojas | Fotografías: Dahian Cifuentes

“Me dediqué a viajar… me dediqué a dormir”
Nicanor Parra

El 31 de diciembre nos agarró en Valpo. A las 00 horas, en punto, un espectáculo de juegos pirotécnicos sobre la inmensa bahía habría de excluirnos de la realidad inmediata durante los primeros 36 minutos del 2015. Cientos de miles de formidables explosiones abrillantaban nuestras enceradas pupilas. Las luces nadaban por el cielo invocando toda la atención sin pedir disculpas por el tiempo suspendido. Sus destellos braceaban entre nosotros como luciérnagas errantes en la oscuridad mientras, como saltarinas fumarolas, se confundían con los cerros y con el mar.

En la ciudad portuaria, vetusta y maloliente, una caja abierta. A simple vista parecía estar vacía. Reventaba sobre el suelo con alegres combustiones alcohólicas. La dichosa caja llamó mi atención. Fui hasta ella. Adentro, una botella de ordinario chardonnay cuyo preciado líquido podía confundirse fácilmente con cualquier tipo de óxido. Se traslucían unos pocos tragos. Los bebí con calma mientras la multitud inventaba su alegría. Un peso muerto entró en mi cabeza. Seguí la dirección contraria de los borrachos. Por sobre ellos acepté sus miradas animales y arrogantes. Devasté sus ojos rojos y eché a perder los míos. Observé cómo descendían algunos por las calles húmedas y también cómo otros se encaramaban tenazmente por la irritada espiral de sus letargos indefinibles e irreparables. Me pareció que a esas alturas de la primera mañana del año el espectro de la noche anterior –que era también el del año anterior u otro tiempo remoto- nadie tenía chance de militar en su propia vida, y que si había una opción de algo más digno que errar por el puerto, era trepar ese tímido sol de enero que se asomaba por el muelle civil y batallar con ese viento susurrante que me impedía dar buena categoría a mi juiciosa y agigantada soledad.

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La necesaria batalla conservaría la tradición humana de superar el remordimiento original, de aquel célebre silencio –huraño- de los dioses ante la maravillosa y pecaminosa beodez. Se trataba pues de hundir los fantasmas de la vida circunspecta y subsistir entre el nauseabundo y glorioso tufo de los más zarrapastrosos alcoholes. Avanzar o detenerse, era lo mismo. Daba lo mismo. Si avanzaba debía amplificar, en lo posible, los últimos andenes antes del mar para evitar terminar con todo –vida incluida-. Si me detenía, tenía que sortear la inmundicia, manchada y polvorienta y rasguñada, de una bahía puntiaguda atiborrada de enajenados. Seguí. Los barcos descansaban. Flotaban sobre la sal con las velas extendidas. Y la gente rara no dormía, sólo levitaba sobre el tiempo con los ojos bien abiertos. Todos los oleajes arrastran sin rumbo y todas las botellas también –pensé-. He ahí la turbulencia de una magia y la fuerza de la convicción que tiene el aire después de la tormenta. Mi tormenta siguió. Intenté imaginar un aire para después. Un aire para mi artificiosa pesadumbre. Fracasé. Arrastraba conmigo la venturosa botella de chardonnay. La rompí violentamente en la acera de lo que me servía como morada. La casera, desde la ventana, me puteó en un español chileno que no entendí. Le sonreí cáusticamente. Entré con dificultad  a esa oscuridad insoportable. En lo hondo de la sala y en el fondo del espejo advertí mi trocada figura y mis ojos desorbitados y no pude gritar. Y no era locura. No. Corrí al patio persiguiendo un extraño instinto de conservación y me sentí otro fútil trapo colgado en la ciudad de los trapos. Me creí garabateado como cualquier muro del cerro Alegre o del Concepción y engatusado por las enredaderas de los postes con sus zapatillas colgantes y vigilantes como satélites, que me seducían con su recortada y movediza sombra. Cerré mis ojos pensando en Don Nica -en lo cerca o lo lejos que podría estar de mí- y lo imaginé como una paloma fugitiva “que se burla de todo / más ridícula que una escopeta / o que una rosa llena de piojos”. Un día así tuviste que haber expectorado el antipoema Yo soy el individuo porque en Valparaíso nadie sabe qué tiene adentro y menos a esa altura del año, ¿cierto Don Nica?

Buscando locaciones para seguir con nuestro rodaje nos dirigimos a la ciudad de Viña del Mar, aquel enclave urbano que a principios del siglo XX -en la intersección de la calle Viana con Traslaviña- viera nacer a una de las poetizas más grandes de todos los tiempos, así como también una de las más olvidadas: Teresa Wilms Montt. Aquella femme fatal que encantó con su belleza a Vicente Huidobro durante varios años y a Ramón del Valle Inclán con su palabra durante algunos meses. Esta mujer infringió los códigos sociales de su tiempo haciéndose acreedora del nebuloso título de maldita, gracias a versos tan desgarradores como “Mi alma es una huérfana loca que anda de tumba en tumba, buscando el amor de los muertos” o “Mis manos pordioseras de caricias tratan de arrancar de tu ataúd una ternura”. Teresa se suicidó en París, íngrima sola un 24 de diciembre, y sus restos, como si se tratara de una apología o suerte de justicia, descansan a pocos metros y en diferentes direcciones de los de Oscar Wilde, Edith Piaf, Moliére y Balzac en el cementerio Père-Lachaise.

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Ahora bien, Viña del Mar es una ciudad plástica y odiosa. La condenada es bonita a su manera pero terriblemente vanidosa. Sus fachadas de hoteles, casinos, restaurantes, departamentos y bulevares, lujosos hasta el hastío, complementan su geografía humana corrientemente moldeada por la exuberancia. Excepto por sus larguísimas y admirables playas, además de la ubicación de privilegio que tiene con respecto a Valpo a la hora del atardecer, Viña parece una ciudad cruelmente desesperada por parecerse a Miami o San Tropez. Como si fuera un barrio más de Viña, surge independiente la ciudad de Concón, que es, sin más, una perla gastronómica, rodeada de indescriptibles santuarios naturales como las fastuosas dunas que, en pocos kilómetros cuadrados, te confinan en un desierto, apenas escoltado por el mar. También coexiste allí, como disperso en su abundante biodiversidad, el humedal del río Aconcagua, y la parte más bella de la costa del gran Valparaíso. Nuestro largometraje alcanza allí un punto de insuperable cuantía estética, puesto que la sincronía entre la narrativa presupuestada y el paisaje descubierto, entretejió las imágenes en un lienzo cuya composición intensifica la itinerancia y la soledad del film. Una vez más, si cobraran por filmar, muy seguramente todo el equipo se habría quedado empeñado allí, esta vida y la otra, multiplicando por mil cada segundo rodado.

Después de 20 días deambulando por Valaparaíso y sus alrededores y dejando en su ciudad a la amistad que desde Buenos Aires nos llevara a conocer el puerto loco, agarramos un colectivo que nos llevaría en un cortísimo y sigiloso viaje a Santiago. Al llegar, el primer contacto, como por variar, es con un colombiano brusco y negado de los pies a la cabeza. Después, el síntoma ciudad: la turbada anarquía del metro, la gente ensimismada, la publicidad del aislamiento, el desplazamiento de la vida muerta en hora pico y el placer disminuido de un calor ultra seco. Aún no éramos conscientes de estar en donde estábamos, hasta que el más radical de nuestro equipo gritó: ¡Por fin Chile! Y bueno, si bien llevábamos poco más de un mes recorriendo y deleitándonos con medio país, y el comentario resultaba salido de todos los tonos, reflejaba la insensibilidad indudable de un paisaje auxiliado por un rapidísimo ascenso económico, que dejó al descubierto el imponente y desigual despliegue del centralismo –en todas sus ramificaciones- de este país. Santiago de Chile, una urbe que por todos lados balbucea la energía brutal y burbujeante de su primer mundo contrastado con lo refractario del segundo y desembocado en el inacabable charco que es el tercero.

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Esta ciudad en todo maravilla y en todo decepciona. Nos hospedamos en el barrio San Miguel (el barrio de Los Prisioneros) en la casa de unos grandes y ahora inolvidables amigos que habíamos hecho en Valparaíso tutelados por afinidades electivas. Santiago empieza y termina en cada esquina. Pero es perpetua. Está buena para derrocharse, mintiendo, fallando, aceptando, cayendo, volviendo a empezar. El pisco en Santiago es risa y su tufo hiede a caos y a soberanía. Santiago es una ciudad retórica que sepulta y escribe todo el tiempo con cariño e ironía. Es alejada, sufrida y solitaria. Inteligible. Santiago es un monumento al no fracaso, a la no pérdida y al inicio constante. Es un estadio repleto de encrucijadas donde las palabras se hacen polvo y la existencia es un simple, pero orgulloso, cascajo de patrimonios. Santiago es una dosis residual de límites relativos al vacío que siempre se está abandonando mientras alborota los ojos de sus habitantes hacia el mar plateado de la cordillera. Santiago es un rastro de sombra en el suelo y una luz en los ojos del que la mira. Es una ciudad para olvidarse de uno mismo y prohibirse más vidas que la propia. La noche allí tiene un solo nombre que no permite la palabra Yo. Es moderna, con sus ruidos molestos y sus ruidos amados. Santiago te da el placer de ser una mancha distante y hermosa. Te deja vivir haciéndote olvidar lo que has vivido. Su humo, su smog, no mata, acompaña. Santiago es propia de quien la habita, es una habitación remota, en un hotel vistoso, donde todos quieren dormir a media luz. Yo prefiero las ciudades que dicen que no, o incluso, a veces, prefiero las que no saben lo que dicen. Yo distinguí a Santiago por su nombre y su rudeza masculina y su esencia y su maniobra femenina. Santiago nos tomó por asalto y no se dejó filmar. Si vuelvo, como dice el último ke zierre, me quiero perder…

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