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Tauromaquia y veganismo

Por Adolfo Francisco Oteiza

La crítica a la tauromaquia proveniente por parte de un cavernícola consumidor de carne siempre va a tener una prestación contradictoria, porque, por ejemplo, ¿qué opinión desfavorable puede presentar una persona que, con todas sus facultades mentales activas, tilda a la práctica de retrograda o insensible, mientras, en su casa, cómoda y calefaccionada, se alimenta una tarta de jamón y queso? ¿Qué ostensible pretensión moral más que el desagrado puede demostrar una persona en un país como Argentina? Y, por otro lado, ¿qué valor articular puede alcanzar el simple desagrado cuando uno mantiene prácticas similares (y solapadas), casi idénticas, para con el mundo animal? Se me podría objetar que no matamos por gusto, sino por alimentación. Les diría a los que objetan que siempre matamos por gusto. En tal caso afirmo que los únicos con derecho a réplica contra los toros son los veganos, o más prudentemente a los únicos que se las admito cuerda.

El veganismo se basa en la no alimentación de animales ni de sus derivados, así como también en la no manipulación –sobre todo mercantil- de los mismos. El sensocentrismo dice que cualquier ser con la capacidad de sentir debe merecer en el humano una preocupación moral. Al mismo tiempo cree que colocar a las plantas o bacterias en el mismo espectro que los animales es incoherente ya que no son seres capaces de emociones subjetivas. En todo caso debe haber un cuidado del hábitat para un desarrollo libre de los animales humanos y no humanos. Cabe aclarar que, al igual que el antropocentrismo, es bastante falta de argumentos por lo que se la puede referir con total libertad como una ética, pero dudosamente como una filosofía, ya que estas son totalizantes (aún el posmodernismo es totalizante; es más, se puede entender al sensocentrismo como una ética del mismo o una concientización necesaria del sufrimiento animal, pero carece de desarrollo científico o  análisis del cosmos).

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Menos ambiciosa, la tauromaquia se solicita como fiesta popular, solo exigiendo, por parte de sus aficionados y actores activos, la no abolición de la tradición. Ortega y Gasset refería que quién no conoce la historia de las corridas de toros desconocía la evolución histórica de España. Por otro lado la generación del 98 entendía –Unamuno más que ningún otro- que estas fiestas eran desfavorables para la cultura española, no ya por creerlas brutales, sino porque creían que eran sedantes contra la buena cultura del pueblo (como bien podría entenderse al fútbol hoy día en Argentina). Muy distinto fue el caso de la generación del 27. García Lorca diría: “El toreo es probablemente la riqueza poética y vital de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar. Creo que los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo”. Sin dudas a un sensocentrista la última oración de Lorca le puede parecer, desde todo punto de vista, y lógicamente, un disparate. Por ignorancia me abstengo de emitir opinión. Los tauromaquitas, en todo caso, se suelen defender bajo el objeto de que si no fuera por las corridas los toros de lidia desaparecían. Lo cual, cabe aclarar, está muy lejos de ser falso.

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Antes de escribir este artículo me dispuse a ver en Youtube un tercio de banderillas. Debo admitir que el mismo, admitiendo su elegancia, me provocó bastante estupor, por lo que no continué observándolo. Ahí caí en cuenta en mi incapacidad para colocarme en una grada de una plaza de toros. También, cabe aclarar, que se necesita un estimable valor para proponerse bajar al ruedo, además de un estricto entrenamiento, de años.

Nadie debe verse en la obligación ética o moral de objetar el comportamiento de seres humanos siempre y cuando los mismos no causen daño a terceros, por lo tanto la tauromaquia me es un tanto indiferente aunque la respeto como hecho cultural y porque muchas personas mucho más ilustradas la sostienen como fiesta sacra (lo cual creo correcto ya que es una fiesta y práctica ancestral), no inhabilitando de igual manera una crítica sincera y consciente, nacida de la madurez y no de un impulso pueril, como lo es, por ejemplo, la no participación de las mismas. Asimismo el hecho de ser carnívoro –o más correctamente omnívoros- es todavía igual de perdonable (y loable). Y aún más el veganismo por consciencia, ya que requiere un entrenamiento y una vida más asceta. En todo caso, este artículo, intentó o intenta el estímulo de la tolerancia. De lo demás se encargará el camino evolutivo del hombre. Solo agregaré que la vitalidad artística, no solo en España y Latinoamérica, que logró –y todavía logra- la tauromaquia es sorprendentemente vasta. Llegado a este punto no puedo hacer más que no participar, mas no por eso no dejar de festejarla, y es justamente aquí donde pierdo la imparcialidad.

 

 

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