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El silencio de las inocentes

Por Martina Kaniuka

Entre los despojos de tu cuerpo
entre gusanos hambrientos y febriles
aún allí estará mi alma
como un antiguo habitante de la tierra devastada
Ya sin hogar y sin patria
como un huérfano que busca a los seres queridos
entre gritos anónimos
y escombros.
Ernesto Sábato – Abbadon, El Exterminador (parte 2)

 

¿Hay algo más triste que un cementerio?
Sí. Uno cuyas tumbas ostenten lápidas sin flores, yuyos que tapen sus nombres; donde el tiempo, la negación y el olvido condenen a sus habitantes al anonimato por toda la eternidad.

En Avellaneda, al lado del Cementerio Judío de la localidad de Villa Domínico, se encuentra el Cementerio de las Putas y los Rufianes: amurallado, vallado y cerrado herméticamente, en el intento de que los murmullos que resoplan sus espíritus vencidos no desafíen las leyes de la física.

A principios de siglo, el municipio fue escenario de una de las historias más cruentas y desgarradoras de la que se haya tenido memoria en nuestro país, y tal vez en el mundo. Una de esas que no están en las páginas de los libros de historia, que para muchos sigue siendo una novedad.

Con el caudillo conservador Alberto Barceló como intendente, que era dueño de numerosos burdeles en la Chicago de Argentina (como se conocía al municipio por ese entonces por la concentración de actividades ilegales que allí se desarrollaban), en 1906 se conforma la Sociedad Israelita de Socorros Mutuos Varsovia de Barracas al Sud y Buenos Aires o simplemente: Varsovia, que obtuvo gracias a los favores de aquel personaje siniestro, la personería jurídica para el edificio de la Sociedad emplazado en Avenida Mitre al 400.

Los benefactores de Varsovia, después devenida hacia la Primera Guerra Mundial en Zwi Migdal y conocida como la sociedad tenebrosa, sostenían la red mundial de trata que, conformada por delincuentes y proxenetas de origen judío, se especializaban en la prostitución forzada y la explotación sexual de mujeres judías.

Las mujeres víctimas de la organización, eran localizadas, seleccionadas y engañadas en Europa del Este, principalmente en Polonia. Un representante de la organización, concurría con propuestas de matrimonio y la promesa de un destino adinerado a pedir la mano de la afortunada que, presa de la miseria, decía adiós para siempre a su familia. En el viaje de regreso a hacerse la América, se le anoticiaba a la cautiva la macabra sorpresa. El ablande tenía lugar ya en Buenos Aires, cuando los cafishios, caftenes o proxenetas junto con las designadas madamas, le marcaban a fuerza de reveses, golpes e injurias; que inducían en el encierro de un hotel de mala muerte de los tantos que oficiaban de sedes de ablandamiento, el plan para el que verdaderamente habían sido desterradas.

Lejos de su tierra, de su familia, sin conocer el idioma, con el estigma del hambre, y a fuerza de olvido, muchas aceptaban resignadas el fatídico destino y terminaban engrosando las filas de los cientos de prostíbulos de la organización, que entre los 20´ y los 30´ ya contaba con más de 400 integrantes y 50 millones de dólares en dividendos, que le aseguraban la inmunidad y el favor de los más altos escaños de la sociedad política.

Barceló, que aspiraba a obtener la gobernación de la Provincia de Buenos Aires, obtuvo así la financiación de su propaganda, a partir de la explotación de miles de mujeres que en la clandestinidad eran forzadas a vender su cuerpo durante 12 horas diarias, trabajando a destajo en el cumplimiento del mandato que requería atendiesen un mínimo de 70 clientes diarios y de 600 por mes.

Arribando a la Primera Guerra Mundial, con Luis Migdal a la cabeza de la organización y Noé Trauman entre los cabecillas, Varsovia muta en Zwi Migdal, la organización judía que bajo la mascarada de sociedad benefactora, extendía sus burdeles en la calle Libertad entre Corrientes y Córdoba en Capital, en las calles del barrio de Once, y operaba desde un palacete en Córdoba y Agüero, provisto de hasta de una sinagoga propia, donde en el primer piso las mujeres eran rematadas como se rematan las vacas en el Mercado Central.

La Chacarera, El prostíbulo de las Polacas, El Farolito rojo, Las Esclavas, Gato Negro, Marita, Las Perras; eran algunos de los senderos que conducían a la antesala del infierno. Allí sus ángeles trabajaban sin descanso y sin la noción del tiempo que transcurría en los segundos que el horror se demoraba en materializárseles en el cuerpo.

Para alcanzar una noción de la magnitud de los alcances de la red, basta con chequear algunos números: el Censo Nacional de 1869 registra 361 personas en el rubro rufianes y prostitutas, 306 de ellas mujeres. Los registros de Capital Federal de 1889 sumaban 2.007 trabajadoras sexuales. Entre 1899 y 1915 los registros contabilizan 16.500 prostitutas, el 80% de las cuales era inmigrante. De ellas, 3.687 están registradas como rusas, es decir, oriundas de Europa oriental, y 2.484 como francesas. En 1920 había 292 lupanares y en 1925, 957.

Desde la Comunidad Judía en Argentina, y con el filo amenazante de la ola antisemita que asolaba Europa, agudizada hacia 1930 en nuestro país con el gobierno de facto de José Félix Uriburu, se luchó intensamente para erradicar toda vinculación con la organización, razón por la cual, se le prohibió enterrar a cualquiera de sus miembros (incluidas aquellas mujeres que habían sido forzadas a prostituirse) en ninguno de los cementerios de la colectividad judía. Adquirieron entonces, el lote que hoy persiste abandonado frente al cementerio de Avellaneda, y enterraron así, según el ritual judío, a los que la religión consideró impuros.

Impuros eran de igual modo, quienes en asimétricas condiciones se beneficiaban o eran sometidos por el perverso sistema de explotación. Entre lápidas viejas de mármol y monumentos de piedra derruidos, conviven en el silencio, víctimas y victimarios por igual. Nadie en el devenir de la historia, quiso hacerlos hablar. Algunos por la conveniencia del tiempo: pueden distinguirse cincelados en mármol, los nombres de las familias que, hoy acaudaladas, se han beneficiado con la trata, y que por supuesto, no tienen ningún interés en desempolvar viejas culpas. Otros, le cambian el rostro a la miseria, y le ven la cara a la vergüenza y a la deshonra, y prefieren olvidarse de quienes nunca tuvieron justicia.

El telón de la tragedia montada por la organización de Zwi Migdal, caería hacia 1930 con la denuncia de una de las víctimas de la red. Raquel Liberman, apodada la polaca, la pondría en jaque cuando Julio Alsogaray (uno de los pocos comisarios de la época que no hacía uso de los servicios de los burdeles) llevara a cabo, a partir de su denuncia, una investigación que detendría a más de 450 delincuentes de Buenos Aires y del interior del país que, pertenecientes a la organización, sometían, golpeaban, violaban y comercializaban mujeres. El proceso, a cargo del juez Carlos Rodríguez Ocampo, terminó con el procesamiento de 108 de los proxenetas y la detención de otros cientos.

El silencio de las inocentes 2

A partir del testimonio de Raquel, que había sido vendida dos veces a la organización (la primera por su cuñada, y la segunda, habiéndose escapado de la red, se casó sin saberlo con un miembro de la organización que volvió a obligarla a prostituirse) fue posible conocer el accionar de Zwi Migdal, y hoy se sabe que operaba libre e impunemente en Europa, Argentina, Uruguay y Brasil.
Mientras la organización fue desmantelada, cientos de sus miembros conformaron otras asociaciones más afines a los gobiernos de turno.

Raquel Liberman, fue una de las víctimas entre las miles de mujeres que aún hoy día son obligadas a prostituirse por las redes de trata; y es uno de los pocos testimonios que conocemos, que nos acercan a la realidad de un sistema en el que como mercancías, las mujeres se venden a la vuelta de cada esquina. El cementerio permanece cerrado y la historia de la Zwi Migdal, de sus rufianes nefastos y de sus putas tristes, fue sepultada con ellos.

Sus rostros, sus nombres, seguirán siendo una incógnita, un paréntesis abierto, los puntos suspensivos que ni aún la muerte pudo completar.

¿Hay algo más triste que un cementerio?
Sí. Uno cuyas tumbas ostentan lápidas sin flores, yuyos que tapan sus nombres; donde el tiempo, la negación y el olvido condenan a sus habitantes al anonimato por toda la eternidad.

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