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Historia de la muerte

Por Lucas Damián Cortiana.

“dice que no sabe del miedo de la muerte del amor
dice que tiene miedo de la muerte del amor
dice que el amor es muerte es miedo
dice que la muerte es miedo es amor
dice que no sabe”
Alejandra Pizarnik

 

Nada se descubre si se dice que la muerte puede ser entendida en diversos planos. Durante siglos el asunto ha sido tema de debates, de análisis, de controversias, de conspiraciones. La citaron todos, desde las jerarquías católicas hasta líderes militares; fue mercancía y ganancia desde las tragedias de Shakespeare hasta las letras inescrupulosas del rock y la cumbia villera; ha sido visto desde la lupa de la ciencia, comentado desde la pluma de la literatura y conceptualizado desde los saberes filosóficos. También la religión. También la comedia. Si se quiere hablar de la vida, la muerte inexorablemente merecerá un párrafo, al menos, el del final; si se pretende hablar del amor, la muerte es un sitio romántico y a veces cálido donde encontrarse (“hasta que la muerte los separe”, “y matarme contigo si te mueres”); si el foco está puesto en el arte, la muerte será un elemento de provocación.

Hablar de la “historia de la muerte” parece a primera impresión pretencioso y mentiroso, además, es suponer demasiado: es directamente imposible, sencillamente porque cada ser tiene su historia personal con la muerte. Hay tantas historias de la muerte, como seres humanos han pisado este planeta. Una vida es igual a una muerte en la inequívoca y siempre exacta matemática metafísica.

La muerte, su forma, su aroma, su poesía absoluta, no nos es posible dominarla. El más allá, el otro lado, la oscuridad impenetrable, el asunto que nos atañe con igual pasión que la vida pero cuyos atributos secretos nos son esquivos, la convierten en algo así de perverso como atrayente. Pensar la muerte es como pensar en la mujer que nunca nos perteneció y cuyas fantasías nos atormentarán durante toda nuestra existencia: ¿duerme con pijamas o desnuda?, ¿cuelga los corpiños en la ducha?, ¿mira la tele mientras almuerza?, ¿sabe de fútbol? Es mejor dejar en paz a esa mujer y por el bien de nuestra cordura, mandar a dormir los ratones. Con la muerte es igual, pero el morbo en ambos caso, le gana la pulseada al raciocinio. La única manera de paliar las formas lúgubres, de amortiguar la bravura del golpe, es con la palabra nítida de la literatura, que nos amiga hasta con los enemigos más fieros y es un tanque manso de aguas cristalinas en el tumulto de olas y una cobija tibia que nos ayuda a pasar la noche en la intemperie. Entonces, es menos vil la “historia de las palabras de muerte” y es menos dificultoso su rastreo; la “historia de las palabras de muerte” quizá sea un bosquejo de la “historia de la muerte”, incompleto, borroso, dominado por leves trazos de lo que es y a la vez aún no es del todo.

I

Los griegos y los romanos creían conocer algunos aspectos de las suertes más que de las muertes, pero tales conocimientos no hacían más que situarlos en meros y vagos idólatras del destino. Los griegos le consagraban a Átropos (Morta para los romanos), el poder de cortar con su tijera, el hilo de la vida que previamente habían hilado y medido sus hermanas. La inmediatez dejaba ver, como máximo galardón, en el horizonte, al Río Estigia y al barquero, remando hacia una vida eterna; la peor de las condenas, era ver de cerca al Cancerbero chorreando baba y rabia en la puerta de los infiernos.

Los antiguos eran fecundos en imaginación y crearon no un mundo, sino cientos de mundos (también el inframundo), concatenados con destreza, tejidos con pericia. Si el dialecto homérico dejó un modelo del cómo, con su Odisea y su Ilíada, el Prometeo encadenado de Esquilo sitúo a la conciencia de la propia muerte en el pedestal de las vedettes que se aman y se odian con igual intensidad. Y la herencia fue acogida por todos aquellos con cierta sensibilidad artística, porque la muerte es un tema universal y mirar al abismo siempre es una tentación (Nietzsche dixit: “Cuando miras largo tiempo al abismo, el abismo también mira dentro de ti”). El pasado siglo XX no fue la excepción, sino que los poetas bebieron de esos mitos y crearon sus propios íconos, algo deformes, sin la soberbia de conminar por idolatría.

II

Una que conocía a aquella Moira, la vieja Átropos de oxidadas tijeras, fue Silvina Ocampo, quien cuestionaba la existencia paradisíaca a la que se aferran casi todas las religiones. En su poema “La vida infinita” intenta demostrar su escepticismo, pero sin abandonar del todo la esperanza que la haría dormir tranquila por las noches cuando todos los fantasmas de amigos muertos (la  mismísima y miserable memoria, ni más  ni menos) intentaban atormentarla: “y en qué nos tornaremos cuando nada/nos distinga del aire y de la oleada/ […] cuando llegue Átropos, supersticiosa, / con su cara de negra mariposa”. La rima no sólo cumple su papel estético, Ocampo la utiliza como un puente hacia la ciencia. La muerte aparece desde insospechadas plataformas. El terror televisivo, sabe que un payaso con ojos desorbitados provoca mayor temor que una parca acechando con una hoz; sabe que una nena pálida vistiendo un largo camisón y con una muñeca en brazos mirándonos fijamente causa el pánico que ya no generan ni Drácula ni Frankenstein. Ocampo sabía que el terror de la muerte también se encontraba en la naturaleza, en aquello que a primera vista nos llena de ternura y simpatía. Así, la mariposa del poema, no es otra que la acherontia atropos, una mariposa negra como la boca de una tumba, con una mancha amarilla en el dorso, que en todos los casos representa una calavera. De esto se desprenden dos ideas que fácilmente podrían ser refutadas por cualquier idiota, aunque vale más proponerla como verdad absoluta: 1) si algo sabemos de la muerte, es que le gustan los acertijos y las escondidas y 2) la poesía tiene jurisprudencia por sobre todo aquello que la contenga, inclusive la  muerte (sobre todo la muerte) y propone caudales de misticismo más abundantes que la mitología misma.

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“La belleza y la muerte son dos cosas profundas,
con tal parte de sombra y de azul que diríanse
dos hermanas terribles a la par que fecundas,
con el mismo secreto, con idéntico enigma.”
Víctor Hugo

III

La muerte no tiene color. O exagero: tiene todos los colores teñidos de azul. Si el azul es belleza, es cielo, es océano, no hay nada abiertamente expuesto sino que todo está oculto. Víctor Hugo estaba en lo correcto sólo que confundió la ecuación: no hay parte de sombra en la muerte sino todos azules de matices múltiples. La sombra literal está ahí, lisa y llana, torpe, enclenque, desabrida. En una palabra, escuálida. En otra, floja. Una figura dependiente de un cuerpo. Pero el azul, el azul océano es la profundidad de la muerte misma. El universo de arriba espejado en el universo de abajo.

Existe la posibilidad de que esa confusión haya hecho meya en “Cuando éramos niños”, el poema de Mario Benedetti y en su resolución final. Ilógico parece obviar los versos “el océano es por fin el océano/ pero la muerte empieza a ser/ la nuestra” sin detenernos en aquel de Víctor Hugo. El uruguayo, vaya a saber si por inspiración divina, por revelación mística o por intuición poética, descifró a la muerte tal como el francés lo había hecho. Océano y muerte, misma cosa; azules profundos, esencia tácita; océano-muerte, belleza inusitada.

La casi anáfora de Benedetti –el poema al completo- contempla todos los estadios y reconoce las inquietudes. El clímax no “llega” al final, sino que se “desliza” naturalmente en toda su extensión. La muerte nunca es muerte mientras el partenaire es un espejo de agua menor (un charco, un estanque, un lago); sólo es muerte cuando es océano.

IV

¿Por qué morir y por qué matar? “Por amor y celos” diría Shakespeare en Romeo y Julieta y en Otelo; “por nada” dirían los nihilistas, “pero si la muerte tiene que venir, que venga”. Por Dios, por la patria, por la verdad, por el orgullo. Por las pasiones, por la familia, por intrépidos, por estúpidos. Porque la vida puede ser derrochada. Por antipatía al mundo. Porque cualquiera puede morir y cualquiera puede matar. Porque hay una belleza celestial en la partida y una rara excitación tras una pérdida. Como la gota de rocío matinal intentando resucitar un pétalo desteñido. Es hermoso mientras se muere y es un llanto cuando se cae al suelo de polvo, lombriz y humus.

¿Por qué nos dejamos morir? Porque no podemos más que desviarnos hacia ese acantilado y dejarnos caer, frágiles y livianos. Porque no creemos que exista, aunque existe. Porque siempre es un lugar lejano. Porque siempre es un tiempo más volátil que el infinito.

“Otra costumbre de la tribu son los poetas” narra Borges en “El informe de Brodie”; “si las palabras del poeta los sobrecogen, todos se apartan de él. […] Ya no es hombre sino un dios y cualquiera puede matarlo”. Los Yahoos, esa tribu ficticia a la que nuestro Premio Cervantes les obsequia el protagonismo del último cuento homónimo, no presentan las características propias de una civilización, sino que los atributos son los clásicos que utilizamos para referirnos a la barbarie, o quizá a la irracionalidad: “sólo unos pocos tienen nombre. Para llamarse, lo hacen arrojándose fango”; “devoran los cadáveres crudos de los hechiceros”; “cuentan con los dedos uno, dos, tres, cuatro, muchos”; “veneran asimismo a un dios, cuyo nombre es Estiércol” y así las costumbres cuasi inhumanas que describe regiamente. Quizás lo que acontece con los poetas sea el acto más sensible de esta raza imaginaria. Borges (David Brodie) sitúa tal hecho al final de la enumeración, justo antes de escribirle a Su Majestad que tiene el deber de salvarlos. Porque un grupo, una tribu, una nación que mata a sus poetas es poco menos que un enigma sutil y romántico. La oda final a la caricia de la palabra. Porque matar a un poeta, es como matar una canción o como cabalgar los lomos de una alegoría o como dejarse besar por las lenguas de las musas. Matar a un poeta es reconocerse apasionado y cuerdo. Es vaciarse el cuerpo de tripas y llenarlo del mismísimo universo. Matar a un poeta es dominar la muerte y pertenecer al ámbito de lo divino, donde los círculos finalmente se cierran y nadie muere y nada se pierde y todo es una misma naturaleza eterna, donde explotan las estrellas y se convierten en polvo, el polvo es el hombre, el hombre es el poeta, el poeta es el amor, el amor es la poesía y la poesía es la muerte.

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