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(Re)encuentro

Por Camila Lozzia

Bajé, cuando salí a la calle había olor a lluvia: a goma, tierra y basura mojada. Caminé, la suela de madera de mis botas marcaba los pasos contra el pavimento. A mitad de cuadra recordé haber dejado apoyado sobre el tocador del baño el labial color ciruela que había decidido ponerme. No tenerlo me hacía sentir desnuda, sabía que él me miraría la boca, y quería que estuviera violeta, intensa.

No volví, ya era tarde, habíamos quedado en encontrarnos en la esquina de Santa Fe y Callao a las ocho de la noche. Punto medio lógico: él vivía en Balvanera, yo, en el viejo Palermo. Punto también cobarde: ninguno quería abandonar lo propio para acercarse lo suficiente al otro.

Hubiera caminado, el aire estaba húmedo y dulce: el jazmín de noche de las casas aledañas a la mía irrumpía por momentos, inesperadamente, casi como cuando nos cruzamos con un extraño que deja a su paso una estela familiarmente trágica.

Tuve que optar por un taxi, no quería demorarme más de lo previsto.

Cuando llegué, lo divisé entre la multitud que iba y venía frenéticamente. Estaba parado, erguido, expectante, su polera color ladrillo -el frío había llegado, finalmente- hacía juego con la brasa del Marlboro que acababa de prender. Me quedé mirándolo del otro lado de la avenida, espiando su soledad, esperando sorprenderme por un gesto íntimo, por una de esas cosas que uno nunca haría frente al otro. Pero no sucedió, y crucé.

No supe hasta que vino el café, y vi el envoltorio plateado que recubría la miniatura dulce apoyada a un costado de la taza, que ese era el lugar en el que me había quemado la lengua discutiendo por primera vez con Silvestre, dos meses después de conocernos. Me sentí traicionada por la memoria, por ese recuerdo involuntario, por ya saber que dentro de ese paquetito habría un alfajor de maicena duro, difícil de roer.

A esa imagen le sucedieron otras, como eslabones de una cadena oxidada que al tacto nos lastima y nos impregna de ese olor metálico, usado, como de llave -una de esas que sólo cierra puertas, nunca abre-.

Primero, besos en la frente esperando un semáforo; la mano en la nuca y en la pierna; los pelos en la almohada; la espalda que respalda. Después, palabras pesadas; uno de los dos no pudiendo sostener la mirada; alcohol y rimmel corrido; un poco de sexo, mucho de nada. El broche final, un ramo de rosas blancas que dejé en la puerta del vecino, cuando sus brazos no eran los suficientemente fuertes para sostenernos.

Frente a mí estaba Juan, todavía inocente, ingenuo, ignorante de mis recuerdos. Pensé cuán peligroso, y afortunado, es nunca saber en qué piensa el otro.

Silvestre se desvaneció con la espuma del segundo cortado, y Juan me contó sobre sus cuatro meses de hamaca paraguaya, palta y agua salada. Todavía tenía rastros de sol en la cara. Aún no conocía sus muecas, ni qué lo hacía ser él, pero había algo que me gustaba. Hablaba gesticulando en exceso -teníamos eso en común- y sus ojos achinados miraban tímidos hacia un costado cuando descubrían los míos.

Me propuso dar una vuelta y acepté, así que caminamos cuesta abajo por Santa Fe -otra avenida lo suficientemente ancha como para albergarnos a ambos, y a nuestras expectativas-. Éramos mejores caminando que sentados, las torpezas del no conocerse se disipaban, las múltiples distracciones sugerían temas de conversación que no hablaban de él ni de mí, y siempre es bueno no hablar tanto de uno.

Doblamos en la calle Libertad para encontrarnos con una plaza, donde nos sentamos, otra vez torpes. Nos besamos, primero de frente, nuestras narices tocándose; después de costado, sentí la comisura de sus labios. Cuando descendió hasta mi cuello supe que todavía no quería que nos encontráramos ahí, en la cama. Así que intenté excusarme, pero no hizo falta, porque entendió, y me acompañó caminando de vuelta a casa.

Nos despedimos brevemente, y abrí la puerta que divide mi casa de la calle después de un “nos vemos” casi susurrado. Entré, recorrí el pasillo que conduce a mi porción del PH -en el camino me crucé con Cata, la novia de uno de los músicos que alquilan la parte de arriba-.

Dejé la campera en el sillón y entonces sonó el teléfono: “Mañana?”. Él, como yo, es parte de la generación que ya no usa el signo de pregunta que abre. Sonreí, “Dale”, y después entendí.

Qué era ese algo que me gustaba.

Otra vez me inundaba el recuerdo.

El mismo bar; el mismo café; el mismo perfume.

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El comienzo de algo

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