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Ámame fuerte: la proximidad moderna del amor

Por Federico Capobianco

 

¿Qué es lo primero que pensamos cuando pensamos en el amor actual? Sin caer en comparaciones con versiones anteriores ni búsquedas en la extensa historia del amor, ¿dimos nosotros el quiebre inicial en las formas o las formas nos quebraron? ¿Qué tan cerca o tan lejos nos ubica la vorágine cultural de nuestra querida modernidad?

Cualquier análisis que se pretenda hacer sobre el amor debe comenzar por el hombre, entendido como sujeto de la humanidad. Ese que, provisto de razón, es consciente de su individualidad, de su indefensión frente a la naturaleza y la sociedad. Sabe que no puede escapar y se encuentra aún más indefenso y solo. Vivir esa separación provoca angustia y toda búsqueda de relación es para superarla, porque hacerlo es trascender su propia vida individual.

En nuestro occidente moderno, el problema del amor consiste en ser amado, en ser legitimado. En nuestro mercantil occidente moderno, el problema está en cómo sumergirse en la parafernalia para ser la mercancía más solicitada, la más querida.

Si buscamos tres elementos que se repitan a lo largo de la historia de las relaciones nos encontraríamos con la “procreación”, “el amor” y “hacer el amor”. Hoy esos elementos -según Dominique Simonet en “La más bella historia del amor”-  se mezclan y se disocian: “se puede hacer el amor sin procrear, procrear sin hacer el amor, y está admitido hacer el amor sin amar.” Pero en nuestra paradójica modernidad, nunca tuvimos tantas ganas de volver a reunirlas, ese es el ideal actual. Sin embargo, nada es tan fácil, más teniendo en cuenta los elementos que acortan la duración de las parejas: la separación “permitida”, el descrédito de la religión, la menor tolerancia, la ausencia de tolerancia, el mercado laboral femenino y su independencia económica, el estrés, etc. Ahora bien, ¿está mal que las parejas duren menos o debemos aceptar que las cosas ya no son como antes?

 

La insoportable levedad del sexo

¿No se ha convertido -él- en un apéndice
de su papel económico-social?
(E. Fromm)

El amor es cultural y nuestra cultura está fundada en el mercado. Todo se compra, todo se intercambia buscando beneficio. La moderna felicidad es satisfacerse con cosas, contemplar las que se ofrecen e intentar obtener la que más nos guste. Esa misma lógica se traslada a las personas.

Mi generación –una más, una menos- aplicó en la adolescencia los preceptos neoliberales adquiridos en la infancia. La idea del acopio, de priorizar la cantidad sobre la calidad, propia del consumo desmedido, se trasladó a la conquista. Acompañado por la exageración estética, también propia de la época consumista, y bajo el manto patriarcal histórico y religioso, el macho pasa a ser “el macho” cuantas más mujeres conquista. La mujer, todo lo contrario.

Como los demás productos, la relación es para consumo inmediato, descartable. Si no satisface puede cambiarse por otra que se suponga más satisfactoria. Y así lo haga, nada es duradero. Cualquier cosa que obtengamos es a la larga un desecho, es descartado por su nueva versión. “¿Acaso hay una razón para que las relaciones de pareja sean una excepción a la regla?”, se pregunta Zygmunt Bauman en “Amor líquido”.

Estar amoldados a la oferta constante de productos nos permite obtener, utilizar, aburrirnos y tirar sin culpa. Tal procedimiento se traslada a las relaciones: elegimos el producto, intentamos obtenerlo, nos satisfacemos con él, luego ya no nos sirve y lo tiramos. Esa unión erótica, “el amor erótico”, aunque se crea lo contrario, es “quizás el más engañoso que existe. Y su carácter engañoso ayuda a mantener la ilusión de que el próximo será mejor”, asegura, en “El arte de amar”, Erich Fromm.

Si se analiza desde otra perspectiva, puede llegar hasta parecernos bien que el sexo se haya desprendido de propósitos y sólo esté buscado para el placer y el goce. Pero como con todo producto ofrecido bajo las leyes del consumo, se hace difícil mantenerlo firme ahí. Porque se puede tener sexo por placer pero después el mercado empieza a exigir eficiencia, que si no se logra por mérito propio algo en la góndola puede ayudar. Entonces, lo que era por placer se carga de compromisos inútiles, que borra el placer y lo atiborra de compromisos, exigencias y récords a batir. La sexualidad, tanto tiempo reprimida, se vuelve totalitaria.

Toda forma histórica de relación puede parecer feliz, pero en muchos casos, cuando se la ve de cerca, a través de la máscara cultural, pueden hallarse insatisfacciones, desengaños, miedos, heridas, soledades, egoísmo, hipocresía y, lo peor, la incapacidad de alejarse.

La cuenta puede no resultar sencilla: el consumo moderno trasladado a la elección humana no sólo genera deseo de conquistar y obtener, sino también de ser conquistado, buscado; además, la facilidad de desecho también genera un sentimiento de arrogancia que debe ser alimentado, el usar-tirar se hace vicio; también, el capitalismo moderno necesita hombres enajenados, autómatas enajenados. Todo esto sumado genera individuos que se mantienen cerca pero que permanecen profundamente solos. Esa soledad genera angustia que, cuando no se puede soportar, lleva a la persona a querer superarla.

Fromm compara el amor erótico con el consumo de alcohol o de drogas: por un momento se obtiene un estado ilusorio de felicidad pero que no hace otra cosa que agravar ese estado de soledad. A mayor velocidad el choque es más fuerte. Cuando el efecto desaparece la vuelta al estado anterior es aún más angustiante. “La atracción sexual crea, por un momento, la ilusión de la unión, pero, sin amor, tal unión deja a los desconocidos tan separados como antes.”

Si vivimos en una cultura que prioriza la lógica de mercado y en la que el éxito material constituye el valor predominante, no sorprende que las relaciones amorosas humanas sigan el mismo esquema.

 

La “proximidad virtual”

– Tienes muchos contactos
– Soy muy popular
– ¿En serio? ¿Eso significa que tienes amigos?
(Her – Spike Jonze – 2013)

Quién no escuchó decir, o dijo, que las relaciones de antes eran mejores. O a quién no le resulta llamativo ver parejas con más de 50 años de casados. Más allá de que el ideal de conformidad y otras cuestiones productivas hayan cambiado, hay que resaltar los elementos que hoy hacen la diferencia.

Mi generación, también, en el mismo momento que llegó a la edad de manifestar su atracción por el otro y lograr un acercamiento, se vio inmersa en el mundo virtual. Y se encontró con un conjunto de dispositivos que permitían un “acercamiento” totalmente distinto a los que se acostumbraba.

Mensajes de pareja a cientos de kilómetros de distancia, almuerzos compartidos a través de una pantalla, “besos por celular” -cantaría Mollo-; todo es unión y separación al mismo tiempo, los mismos sentimientos de pertenencia se alteran.

Bauman analiza esa “unión-separación” de la siguiente manera: “El ideal de ‘conexión’ se debate por aprehender la difícil y desconcertante dialéctica entre dos impulsos irreconciliables. Promete una navegación segura (al menos no fatal) entre los arrecifes de la soledad y del compromiso, entre el flagelo de la exclusión y la férrea garra de los lazos asfixiantes, entre el irreparable aislamiento y la atadura irrevocable.”

La virtualidad permite mayor facilidad en el acceso y la salida, pero genera mayor angustia a la hora de paliar el sentimiento de soledad. Claramente, con cada cambio, algo se gana y algo se pierde. Pero a la vez, ese fácil acceso hace que el lugar donde uno esté, lo que esté haciendo y la gente que lo rodee sea a veces irrelevante. La “conexión” borra por completo la diferencia entre una charla con amigos en un bar y una charla con otros amigos ubicados en puntos diferentes. Lo único estable en el universo movible, lo único que permanece ileso, es la conexión.

Las relaciones, y entre ellas las de pareja, se desarrollan unidas y separadas, cerca y lejos, juntos en la distancia pero juntos a distancia. La proximidad virtual inclina por completo la balanza hacia la separación, la lejanía y la distancia, transformándolas en superficiales, intensas y breves. Va -a medida que se presta más atención a la proximidad virtual- comiendo lugar a la no virtual.

El diálogo que inicia este apartado corresponde a la película “Her”, que muestra a su protagonista –Joaquín Phoenix-, un tipo demasiado solo, involucrado sentimentalmente con un sistema operativo de inteligencia artificial, pero que sufre varias crisis o reflexiones cuyo disparador es el recuerdo de su ex pareja, completamente humana como él.

La cuestión está, entonces, en preguntarse hasta qué punto la proximidad virtual le quita lugar a la no virtual, o si es posible que llegue a quitárselo por completo.

Tal como señaló Ralph Waldo Emerson, citado por Bauman, “cuando uno patina sobre hielo fino, la salvación es la velocidad. Cuando la calidad no nos da sostén, tendemos a buscar remedio en la cantidad. Si el compromiso no tiene sentido y las relaciones ya no son confiables y difícilmente duren, nos inclinamos a cambiar la pareja por las redes. Sin embargo, una vez que alguien lo ha hecho, sentar cabeza se vuelva aún más difícil (y desalentador) que antes. Seguir en movimiento, antes un privilegio y un logro, se convierte ahora en obligación.”

¿Entonces qué? ¿Qué es lo primero que pensamos cuando pensamos en el amor actual? Quizás deberíamos transformar en interrogante, para no ser tan lapidarios, lo que Eterna Inocencia afirma en una de sus canciones: “¿Estamos más solos que ayer?”

 

 

 

 

 

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