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Biografía de mi cara

Por Enrique Balbo

 

Lo primero que tengo para decir es que no creo ni en la Santísima Trinidad ni en la transmigración de las almas; lo segundo, menos relevante que lo primero, es que cuando nací no había nadie: mi madre no estaba (antes los niños nacíamos fuera de las madres) y mi padre tampoco (su aversión a los hospitales lo condujo al bar de la esquina). Sólo estaba la comadrona que le dijo a mi madre que no había tenido un niño, había tenido un señor mayor.

Esta rareza corpórea pronto se manifestó. De pequeño empecé a trepar a los árboles y a los techos y ya no bajé. Antes, hace muchos años, mi barrio se podía recorrer entero sin pisar el suelo. Yo saltaba como un mono, de árbol en árbol y de techo en techo, esquivando los piedrazos de los vecinos, algunos con olímpica puntería.

Pero mis aventuras aéreas se vieron interrumpidas ante una operación de amígdalas que salió mal. Me sentaron en una silla medieval y me durmieron con una especie de sopapa de goma (a los niños de la época nos anestesiaban con éter). Perdí el conocimiento, el tacto, el habla y mi mandíbula inferior quedó suspendida y oscilando como el péndulo de Foucault. En esos días empecé a leer: descubrí a Horacio Quiroga, a Emilio Salgari, a H. G. Wells y a Robert Arlt.

Cuando me dieron el alta me había convertido en un ausente y en un lector compulsivo. Volví al barrio y a los techos y los árboles pero esta vez con una bolsa llena de libros. Este peso me inclinó hacia la gravedad terrestre y caí de cabeza. Mi cara pasó de un hermoso color carne a un morado, del morado al verde y del verde a un naranja violáceo y del naranja violáceo al azul. Veinte días más en el hospital en observación a oscuras y sin poder leer una sola línea. Cuando dejé el hospital comprendí que los días de los árboles se habían terminado. Así es que decidí tener los pies más o menos pegados al suelo.

Al cumplir los dieciséis fui a visitar a mis abuelos al litoral correntino durante unas vacaciones y acabé con los guaraníes en la selva. Sólo recuerdo haberme despertado en una choza en medio de la nada y de estar allí casi dos meses. Mi madre vino a buscarme de las orejas y estuvo casi una semana sacándome los piojos de la cabeza y las pulgas de todo el cuerpo.

A los dieciocho y en el día de mi cumpleaños –fue un viernes- terminé el bachillerato, saqué el carnet de conducir, me acosté con un hombre y fumé un porro. Todo en el mismo día. Y por la noche, mientras celebrábamos mi cumpleaños, conocí mi destino: un extraño se presentó. Tenía una hermosa barba negra, la cara marcada por cicatrices de alguna enfermedad infantil, unos profundos ojos azules y vestía una antigua chaqueta militar. Me miró fijamente y dijo:

“… tenho em mim todos os sonhos do mundo…”

Me entregó una lapicera Parker y salió. Nunca ninguno de los presentes en aquella mesa, en aquella fiesta, supimos explicarnos quién era aquel hombre y de dónde había salido. A veces, cuando me siento solo, escribo con la Parker.

A partir de los dieciocho mis recuerdos se remiten, por algunos días, meses o años, a mi cabeza metida dentro de un retrete, vomitando. Y a la búsqueda de una forma, a la búsqueda de un espejo. Quise ser Ringo Bonavena, Linterna Verde, Horacio Quiroga, Italo Calvino y Césare Pavese (los dos juntos y de la mano), Columbo, Pepe Biondi, el gordo de Bonanza, Kim Novack, Fred Astaire, Stanley Kubrick, Trapito, Alfred Hitchcock, Profesor Neurus, Unamuno, Josep Pla, Tippi Hedren y la lista sigue… Todos están ya muertos.

A los veinticuatro me fui porque quería saber de dónde venía. En Europa me casé. Mi madre y mi suegra convinieron el enlace. Una boda gitana. Desde que me casé empecé a ser otro. Hoy recomiendo vivamente el matrimonio.

Deploro las tradiciones (menos las culinarias), el folklore, la música pop y los intelectuales que se pasan el día calentando con sus culos las sillas de los cafés. Me gustan los albañiles, los hortelanos, los agricultores, los pescadores, los panaderos. No en este orden. Me gusta el suave oscilar de las caderas de una mujer, enterrarme en la arena y todo ingenio mecánico que repita un patrón; me gusta el fuego, el aroma del café, las carreras de los niños y la noche de San Juan; me gustan las tostadas con miel, los péndulos de los relojes de pared, los gatos y la mirada del esclavo negro de Rembrandt; me gustan los libros de Andrea Camillieri, el vuelo rítmico de las golondrinas, el pirineo aragonés y todos los maños; me gustan las media de mujer y los tacones (cuánto más altos y más negros mejor); me gusta Europa, Montevideo, El Calafate y Curuzú Cuatiá (la tierra prometida); me gusta la llave inglesa y todo tipo de martillo; me gusta abrir los higos con los dedos y el arroz con leche con mucha canela.

Me gusta beber, fumar y reír con los amigos. Cuando bebo sé lo que he de escribir y cuando fumo encuentro, como el viejo Plá, los adjetivos. Si no fumo el adjetivo no lo pongo.

Mi padre nunca tuvo un Loden, nunca leyó y decidió no ir a la universidad porque no lo necesitaba. Mi madre tuvo un Loden (se lo regalé yo en el otoño del 91), leyó, habló varios idiomas y fue a la universidad porque lo necesitaba.

En mis alacenas siempre hay garbanzos, lentejas (la carne de los pobres), pan, café, patatas, huevos y algo de queso. De lo demás no falta porque no lo necesito.

No hago planes a largo plazo, no tengo sueños, proyectos ni ilusiones; vivo con alegría. Sólo conservo un deseo, el mismo desde hace años: comprar una hermosa peluca color caoba y recorrer con mi Vespa las carreteras de Bolivia y dejar que el viento me acaricie la cara y azote mi hermosa melena.

Todos estos hechos, todas estas anécdotas, me han configurado los rasgos de la cara, porque como decía Camus cada uno es responsable de la cara que tiene.

 

Y tú que lees esto, ¿vas a comprar dólares y ladrillos, vas a forjar tu futuro en algún partido político o vas a empezar a dejar que se asomen los rasgos de tu cara…?

 

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