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Contra el sentido común

Por Estanislao López

Tan interesante como llamativo sería examinar -a modo de ejercicio del pensamiento- cuántas de las ideas, concepciones, opiniones y teorías que esbozamos son hijas de un exhaustivo, crítico, íntegro y vasto análisis previo concebido por uno mismo, y cuantas nacen de la comodidad que ofrece conceder como verdadero lo preestablecido.

Arrojarse a la aventura de tomar una idea o teoría ajena y conducirla a nuestro propio laboratorio intelectual puede significar escoger el camino más sinuoso. Implicará tener que rastrear e intentar detectar un probable desatino, lidiar con contradicciones hasta que -en el mejor de los casos- podamos pulirlas, establecer relaciones de causas-efectos, superar refutaciones de uno mismo y aspirar a alivianar el dificultoso peso que genera la duda.

Existe otro trayecto, tal vez el más transitado en tiempos actuales, y tiene como característica principal entregarle al otro la tarea de pensar. Nuestro rol se basa en limitarnos a ser meros espectadores de unos conceptos que no nos pertenecen, de unas conclusiones a las que otros han llegado por nosotros. Suele suceder que esa pasiva disposición que uno toma contagia -en forma de epidemia- a miles y es ahí cuando dichas conclusiones impropias adquieren el carácter de verdades absolutas. Prevalecerá lo cuantitativo desechando cualquier posibilidad de un pensamiento agudo, crítico, por momentos incómodo. Lo atroz de escoger este trayecto radica en que, generalmente, el núcleo generador de esas ideas son el resultado de la sumatoria de historias deshilachadas, lugares comunes, mitos, charlas de pizzerías y situaciones imposibles de demostrar fácticamente.

Todo lo que sucede, ¿realmente conviene?

Probablemente catapultada a la popularidad por ser una suerte de frase de cabecera que reproduce el conductor televisivo Marcelo Tinelli, se ha instalado en varios foros la creencia que reza Si sucede conviene. Se supo adjudicarle dicha frase al líder espiritual Ravi Shankar, quien cuenta con Tinelli como uno de sus más famosos seguidores. En cierta emisión radial de su programa La Venganza Será Terrible, Alejandro Dolina hizo referencia a esta creencia recordando que tal pensamiento tiene como autor al filósofo alemán Gottfried Leibniz, que en su libro Ensayo de Teodicea escrito en el siglo XVIII, más precisamente en el año 1.710, expresaba que todo sucede para bien y que vive en el mejor de los mundos posibles. La explicación que daba del mal, incluyendo a las calamidades que acontecen, se la adjudicaba a que ocurren por algo, que esto es lo mejor que puede pasar y si así transcurren es porque Dios ya lo ha pensado. Una vez narrado esto, Dolina cita a Voltaire y hace alusión al cuento llamado El Cándido, publicado en 1.759 por el escritor francés, en el cual inventa la palabra optimismo para referirse a la idea de Leibniz, donde para refutar y burlarse de la misma crea un personaje llamado Doctor Pangloss, quién sostenía estas mismas creencias. Este médico al encontrarse frente a la situación de un hombre ahogándose en la bahía de Lisboa exclama que al mismo no correspondía rescatarlo aduciendo que dicha bahía había sido realizada expresamente por Dios para que se ahogara en ella. Dando a entender que no había que ir contra los preceptos de Dios ni contra la perfección del mundo que él había construido.

Nadie nace siendo uno mismo

El español Aurelio Arteta Aísa, doctor en filosofía, licenciado en sociología y catedrático, decidió sumergirse en este tema y como resultado escribió dos libros al respecto, en 2012 publicó el primero llamado Tantos tontos tópicos y tiempo después Si todos lo dicen… Arteta Aísa define como tópicos a los comodines verbales, frases, expresiones reiteradas y comunes que nos sirven fundamentalmente para dos cosas: ahorrarnos el pensar por cuenta propia y para acomodarnos al grupo, al se dice o se comenta. Considera que la atribución que se les otorga de verdades absolutas es a causa de muchos mecanismos psicológicos y sociales, y a la voluntad de huir del dogma. El filósofo español decidió ir más allá y reunió varios de estos tópicos con el fin de escudriñar sus débiles cimientos y el daño que provocan en nuestras conductas. Algunos ejemplos determinados: Se tu mismo. “Cuando los ideales declinan, se diría que nada mejor podemos procurar sino que cada cual trate de «ser él mismo». ¿Acaso no es lo que nos proponen los consejos de autoayuda? Parece entonces que no hay valor más alto que el de la autenticidad, porque cualquier otro debe estar ya contenido en éste (…) Debemos ser algo que aún no somos, a fuerza de dejar de ser lo que estamos siendo; no se nace siendo uno mismo, sino que éste se gesta y alumbra progresivamente (…) Para quien su arquetipo es uno mismo, la reverencia de lo ajeno siempre será una deserción de lo propio. La obsesión por sostener ante todo esta identidad única corre el peligro de renegar de las exigencias de nuestra común humanidad (…) Quien crea ser auténtico por ser original se embarca en la afectada empresa de inventarse una moral desde cero y para uso exclusivo”. Respeto tus ideas, pero no las comparto. “¿Hará falta añadir que me refiero en especial a las ideas prácticas y no a las teóricas? Aclaremos que las ideas teóricas tratan de lo que necesariamente es, lo que por ello se expresa en una ley y se mide en fórmulas exactas; mientras que las prácticas tratan de lo que puede ser de acuerdo con los criterios de valor y elecciones que hacemos los seres libres (…) No nos confundamos, pues. A quien hay que respetar es al individuo (…) El otro merece desde luego respeto precisamente como un ser capaz de engendrar y emitir ideas, pero no por la majadería que acaba de soltar. Y el mejor modo de respetarle -de hacerle el caso debido como ser razonable- es combatiendo sus ideas cuando nos parecen erróneas”. No es ni mejor ni peor, sino simplemente distinto. “Muchos deducen a toda prisa como ideal moral la diversidad misma. Se viene a consagrar que todo lo diverso es valioso, e incluso igual de valioso, tan sólo por ser diverso. Lo otro merece aplaudirse por su pura otredad, lo mismo da que se trate de algo celestial o criminal. (…) Es más que probable que por ese camino lleguemos a la justificación de lo monstruoso, pero lo seguro es que nos deja en la impotencia acrítica ante cualquier conducta o proyecto que nos parezcan indeseables”.

Injustificables excusas para no argumentar

Fernando Savater, filósofo y escritor, no solo comparte la misma nacionalidad con Arteta Aísa, sino también algunos conceptos. Savater supo narrar en cierta ocasión que siempre se había preguntado por qué la excepción confirma la regla según sentencia la popular frase. Consideraba más inexpugnable una regla sin excepciones en comparación a otra que conservara alguna. Razonaba que no por cantidad de excepciones una regla mejor confirmada estaba, de ser así, la que solo contase con casos opuestos sería la más reforzada. Lo creía un axioma ridículo. Al leer Diccionario del diablo del estadounidense Ambrose Bierce encontró el error de dicha frase, la explicación del mismo se centraba en que si bien existe un dicho latino donde se asienta la excepción pone a prueba -o compromete- la regla, hace siglos se tradujo equivocadamente el término pone a prueba utilizando en su lugar confirma. Al no remendarse el error, con el transcurrir del tiempo se transformó en una sabiduría popular, la cual se sigue repitiendo por estos días.

Savater manifiesta la existencia de muchos casos como este, tal vez por eso es rotundo al referirse al tema: “Las frases hechas con las que todos aliviamos frecuentemente el esfuerzo y hasta el compromiso de pensar son prótesis verbales -ni siquiera intelectuales- de nuestra indolencia conformista. A veces expresan vulgaridades, otros errores y en bastantes ocasiones horrores. Lo que decimos con ellas pretendemos que sea inatacable, porque la costumbre las ha hecho venerables, cuando en realidad suelen ser injustificables excusas para no argumentar”.

Liberar el pensamiento

En sociedades postmodernas como la nuestra, con ciertas características como la petición de principios, en una sociedad donde tiene preponderancia un discurso que es contrario a cualquier esfuerzo que no reporte el beneficio inmediato, en la cual el sentido común posee como canon ser funcional al establishment, siempre estarán las personas caritativas que se ofrezcan a realizar por nosotros el trabajo sucio de razonar, deseando que, en el mientras tanto, focalicemos la atención en promesas de supuestos placeres instantáneos libres de cualquier esmero del intelecto. Esas aparentes almas bondadosas tienen por objeto que uno siga distraído, ruegan por nuestra eterna displicencia, la cual nos aleja de cualquier posibilidad de dilucidar sus reales intereses, casi tan bien encubiertos como oscuros.

Alcanzar una genuina opinión propia que logre sobresalir por la solidez de sus argumentos, que uno pueda exponer, desplegar y defender sin la necesidad de tener que leerle los labios a otro es ciertamente reconfortante, aún cuando el precio de ese goce haya sido la previa convivencia con ciertos temores.

El placer que puede acarrear la libertad de pensamiento no es caución de eliminación de incertidumbres, dudas, ni de momentos de desorientación, pero en épocas donde predomina el intento de supresión de la moral heroica y se busca reemplazarla por una moral basada en el hombre próspero, pensar por sí mismo tendrá, más aún, el peculiar sabor que tienen las elaboraciones que se forjan con nuestras propias manos, o como en este caso, con nuestra propia mente.

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