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Facundito – 8º Entrega

Viejo…

Adivinanza: ¿de qué aparato te estoy mandando este mail? Claro, no es del televisor ni del lavarropas. Esas respuestas las daría el abuelo o alguien que no tiene ni puta idea de tecnología pero te pregunto a vos: ¿de dónde te estoy mandando este mail? No, no es del cyber, fallaste en tu único intento, y tampoco es de una computadora. Te lo estoy mandando desde un súper celular que me acabo de comprar. Te vas a morir cuando lo veas, es un Samsung que me vendió acá un peruano que vive en la pensión. El aparato está nuevo, un poco rayado en el lomo pero anda re bien y por lo que me dicen los chicos lo saqué re barato porque este celular nuevo sale casi el doble. Cobré buena guita del laburo en la construcción y me quería dar este lujo. Sí, ya sé, es gastar en giladas, pero ahora te puedo escribir más seguido y además acá en la pensión pusieron wifi que es para poder conectar mi teléfono a internet sin pagar nada. Esta compra me dio mucha alegría, es raro cómo a veces las cosas materiales pueden generarte felicidad, bueno quizás el nombre correcto no sea felicidad pero es algo parecido ligado al placer, al placer infantil de poseer. Te extraño, pa, por eso hablo con palabras difíciles, porque extraño esas definiciones complejas y rebuscadas que vos siempre me dabas, como cuando decías que la felicidad no existe. El otro día Juan, el pibe que estudia medicina, me dijo que cada vez que jugaba un picadito con los amigos de su facultad era feliz, que la sola idea de estar adentro de la canchita con los botines de papi fútbol tocando la pelota lo ponía feliz. Yo me quedé pensando en esa vez que vos me dijiste que no me preocupara, que no me haga tanto la cabeza porque la felicidad no existe. Entonces llegó Camilo y contó una historia: un amigo suyo de Bragado jugaba muy bien al fútbol de chiquito, tanto que lo llevaron a probarse a Boca. Allá en Bragado son todos de Boca, me dice el gordo Camilo. Cuestión que el pibe quedó, y no sólo eso, le ofrecieron una fortuna de guita a los padres para que se quede ahí en la pensión de Boca con cuidados especiales porque parecía que el pibe realmente pintaba para crack. Tenía 12 años en ese momento, y el fin de semana antes de instalarse en la Boca estaba jugando a la pelota en la calle con amigos allá en Bragado y un perro empezó a ladrarle. Lo raro era que sólo le ladraba a este pibe, al que estaba por irse a jugar a Boca, al resto no. Dicen que nadie conocía al perro, que no tenía dueño, que era callejero pero que nunca lo habían visto. Era un galgo marrón aunque hay quienes dicen que era más parecido a una hiena que a un perro, incluso versiones que no era un perro, era una cruza entre un galgo y una hiena que vive en algunos lugares de la llanura pampeana. Camilo dice que en los pueblos las historias siempre se cambian. Cuestión que este pibe va a buscar la pelota que se le había ido cerca de un montecito y de repente le salta el perro. Él lo intenta sacar pero el animal le clava los dientes en la pierna derecha y no lo suelta. La madre del gordo Camilo dice que esa tarde estaba lavando los platos y escuchó el grito de sufrimiento. El final es bastante feo: lo internan y le dicen que no va a poder volver a jugar al fútbol nunca más porque los dientes del perro habían llegado a tocar el hueso y que debían evaluar si podían salvarle el miembro porque se había infectado bastante. Finalmente el contrato se cancela, chau guita, chau fama, chau felicidad eterna de vivir del fútbol. Escuchá bien pa: a la semana el pibe va al garage, saca de la caja la escopeta que usaba el padre para cazar, la carga y se la gatilla en la boca. ¿Cuántos mambos tenés que tener en el marote para suicidarte a los 13 años? Yo hubiera esperado hasta desvirgarme, me dijo Camilo. Juan estaba pálido, me acuerdo que se miraba y se tocaba las piernas el pelotudo. El pibito habrá creído que la felicidad aparecía cuando entraba en la cancha y al darse cuenta que jamás podría jugar al fútbol no tenía sentido seguir viviendo. Por eso, este celular que me compré no es felicidad pero es algo parecido. Todos los sentimientos alegres se parecen. Algunos tienen más intensidad que otros pero creo que ninguno tiene el suficiente poder como para considerar que sin eso lo único que queda es quitarse la vida. Capaz que cuando te vea y te de un abrazo cambio de opinión, pa.

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