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Indignados perdidos en Yulin

Por Federico Capobianco

”La indignación moral es la estrategia tipo
para dotar al idiota de dignidad”
Marshall MacLuhan

 I

Hay un estudio, inventado por alguna de esas universidades raras, que consiste en lo siguiente. El primer paso es contar dos historias:

  • Hace poco más de un año, distintas entidades de Derecho Laboral y Derechos Humanos, decidieron investigar las denuncias recibidas sobre la posibilidad de trabajo esclavo en campos de cosecha de hortalizas. La investigación descubrió que en distintas propiedades empresarias del rubro había familias enteras en condiciones de esclavitud. No contaban con luz, ni con agua corriente, ni siquiera con un lugar en condiciones normales para vivir. Vivían en colectivos viejos en desuso o en habitaciones asiladas sin aberturas. Dormían en el piso cubriéndose con bolsas arpilleras o plásticas. En la mayoría de los operativos se encontraron menores de edad que debían trabajar nueve horas y media cortando de raíz la papa. Las empresas se encontraban en Córdoba y Salta, principalmente. Y una de ellas era la principal comercializadoras de papas fritas congeladas.
  • El festival se llevó a cabo el pasado 22 de junio, pero la noticia se dio a conocer antes. En Yulin, una ciudad china, perteneciente a la provincia de Guangxi, se celebra la llegada del solsticio de verano con algo así como el “Festival de la Carne de Perro”. Los días previos se matan y venden alrededor de 10.000 perros para que las familias los consuman. El festival es una tradición del pueblo desde hace varios años y cada año se celebra de igual forma.

El segundo paso es analizar su indignación, su enojo, su malestar con alguna de las dos. En el estudio universitario siempre resultaba más indignante la que involucraba animales. Y podría arriesgarme que acá también, aunque no pueda ver sus caras ni escuchar sus comentarios. Además, no habría razones para pensar que el estudio es una farsa. Aunque acá sí mentimos en algo porque el estudio consiste en dar dos historias como las dadas pero inventar la que involucre animales. Y acá las dos historias son verdaderas.
Si me permito juzgar por nuestra actual manifestación virtual, donde nuestra opinión rebalsa todo rincón de conectividad al que accedamos, el estudio daría que ustedes se indignaron profundamente por la noticia del festival realizado en Yulin, y que les importó poco, o casi ni se enteraron, lo relacionado a la esclavitud. El resultado podrían observarlo ustedes mismos: basta escribir en su buscador ambas noticias y verán que en una hay al menos cinco páginas con resultados sobre las manifestaciones de activistas en las redes. Para encontrar un poco de información sobre el tema hay que irse más lejos, o buscarlo distinto. En cambio, en la noticia argentina, ni siquiera uno. También habría que evaluar los comentarios. Ambas noticias fueron publicadas en servicios informativos con apenas un año de diferencia. En la primera apenas uno o dos comentarios que insultan al gobierno de turno. En la segunda son incontables los repudios que van desde el asco que generan hasta volar toda China. Y es acá donde está la columna vertebral de todo esto: la indignación.

 

II

Hace un montón de años que Aristóteles habló de la indignación, pero como todo en aquella época estaba ligado a lo divino, por lo tanto excediendo todo límite humano. La persona empezaba indignándose esperando reacomodar un orden supuestamente desordenado. Así, con lo divino de por medio, se esperaba el castigo o la justicia para con el perturbador, aunque sea una justicia no tan justa. La indignación está ligada a la moral y, como intentó explicarse en notas anteriores (Moralidad…), la misma surge de la propia experiencia y nuestro propio juicio de valor que expone lo nuestro como lo correcto y lo otro como lo contrario. Los indignados tendrían entonces, en palabras del filósofo Rodríguez Genovés, ganas, o el anhelo, de impartir justicia –la propia-, haciéndose partes de la causa del bien y comprometidos con la misma.
El mismo Aristóteles vinculaba estos sentimientos morales con la superioridad, es decir, que era debido a su superioridad que las personas se indignaban o enfurecían; y por lo tanto debían ser y hacer justicia. Spinoza tiró todo eso al carajo y, aunque lo vinculaba a la ley, decía que la indignación exponía a la persona como injusta. Porque era injusto creerse legítimamente apto y superior para “castigar” a otro.
Como todo, la moral y su indignación tienen evolución histórica, por lo tanto cultura y política. Hoy en día el mundo político está plagado de indignados más que de políticos. Cada partido pone en práctica sus convicciones creyéndose los únicos que merecen ejercer y de indignarse cuando no lo hacen.
Volviendo a Rodríguez Genovés, la indignación es una emoción que sobra, una pasión inútil, “que incluso funciona como fuente de violencia moral y política” para beneficiarnos y pintar nuestros impulsos de justicia.

 

III

Las noticias dadas antes muestran también que la indignación surge del prejuicio y aparece aunque no sepamos bien de qué se trata eso que nos indigna. Habría entonces que marcar una diferencia. La noticia de los campos argentinos está dada así, dato más dato menos, en forma completa. En cambio, la noticia sobre Yulin llega de forma directa a despertar nuestra indignación. En la noticia no se cuenta que no se come perros en toda China -al contrario, la mayor parte del país está en desacuerdo-, sino que sólo sucede en ciudades del sur –como Yulin- o en las del noreste, con más influencia coreana, ya que es un tradición centenaria de este país el ingerir carne de perro debido a condiciones naturales que hacen que el perro sea el animal más barato y fácil de criar en esas tierras. Sin embargo en los comentarios de los sitios periodísticos se pide volar toda China. No es fácil encontrar información sobre el tema, pero hay un corto periodístico (si el morbo los mueve lo pueden ver acá) dónde la notera le pregunta a una de las mujeres que está esperando a comprar carne de perro en el mercado, si no es cruel comer perros. “Más cruel es comer ternera, la ternera ayuda a arar el campo”, responde la entrevistada. Las preguntas siguen con un señor que llega en moto con cinco perros muertos para vender en el mercado: ¿De dónde salen estos perros? “Los criamos para venderlos acá, estos perros no son mascotas. Si fueran mascotas no los mataríamos”, contesta. La nota continúa en el Yulin periférico, alejado de la urbe, y la cosa es un poco más pacífica. Se juntan todas las familias a comer. La notera comenta: muchos extranjeros piensan que los perros son amigos de las personas y las vacas no lo son. “¡Es que lo son!” responde un muchacho, “hay perros que son amigos y otros que son comida. En India las vacas son sagradas y si comieras vaca en Inglaterra toda India se te echaría encima, ¿qué sentido tiene eso? Tiene la misma lógica.” Otro de los entrevistados agrega: “esto no se hace en toda China, es nuestra costumbre local, es nuestro derecho”. ¿Y acaso no lo es? ¿O acaso nosotros no diríamos lo mismo si toda India se nos echaría encima mientras disfrutamos de nuestro Festival del Asado en febrero? Nos gusten o no, todos los entrevistados exponen argumentos válidos, principalmente porque son de ellos y principalmente porque no tenemos ninguno para contraponer salvo los nacidos de nuestra propia indignación.
La nota tiene otra parte, que es dónde se entrevista a la “heroína” –así se conoció en las redes- que vendió su casa para comprar 300 perros y así salvarlos del festival. Algo totalmente admirable lo de jugarse todo lo que se tenga por algo en lo que se cree. Y algo totalmente sensato porque demuestra que los patrones culturales se cambian y evolucionan desde adentro, nunca por la queja externa de algún grupo de personas con molestia virtual. Porque marcar lo que nuestra indignación dice que está mal en el otro, lo único que hace es romper el espejo que refleja nuestra propia idiotez. Y eso casi nunca sirve.

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