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Facundito – 9º Entrega

Viejo querido…

¿Qué se cuenta por allá, cómo andan las cosas por el pueblo, me extrañan o ya se acostumbraron a vivir sin mí? Es un chiste, sé que un poco me extrañan, más les vale. Por acá las cosas andan muy bien, estoy conociendo mucho más de cerca Buenos Aires, me gusta recorrerla, caminarla, vaguearla. Cuando salgo de trabajar, a eso de las siete de la tarde, o los sábados que salgo más temprano, paso a buscar a los pibes que están en la pensión o en la plaza 1° de Mayo estudiando o jugando al fútbol en alguna canchita del Abasto y salimos a caminar. Ya conozco Puerto Madero y sus torres alienígenas del futuro, La Boca y sus conventillos colorinches, San Telmo y su careta vintage, Palermo cool y Once no tan cool. Ya conozco varios lugares pero no, no te la creas, no soy un porteñito, sabés que eso jamás, sabés que a la porteñada ni cabida, sobre todo a esos que son más falsos que billete de tres pesos. La cuestión es que este sábado caminamos por Avenida Corrientes porque el Gordo Camilo quería recorrer librerías para conseguir libros baratos que necesitaba para no sé qué materia. Se sumó el Juan -el barilochense que estudia medicina y dice cada cinco segundos “¿me entendés?”- que cargó el termo y mateamos de lo lindo mientras el Gordo ojeaba libros amarillentos y cada tanto decía “uh loco mirá qué reliquia esto” y nosotros asentíamos con la cabeza y seguíamos charlando de un grupo de chicas que siempre se junta a estudiar en el edificio de al lado de la pensión y que el Juan está enloquecido con una rubiecita que es de Maquinchao, un pueblito cerca de Bariloche, de donde es él, y por ese simple detalle cree que su destino amoroso es inevitable. Mientras hablábamos, el Gordo era un bulto raro, como un armadillo gigante que se movía por las mesas buscando su alimento, se estiraba para alcanzar algún libro en los estantes más altos y una vez que lo tenía en sus manos volvía a su posición inicial para no moverse por un buen rato, concentrado en analizar y devorar su alimento. El Gordo lee encorvado, como en secreto, como un bicho raro que desconfía de su hábitat. Por momentos fantaseaba con que alguien -el vendendor, ponele, o algún extranjero perdido- aparezca para interrumpir su concentración zen, su metamorfosis interna, entonces él se daba vuelta como un tigre sarnoso y le morfaba de un bocado la jeta. Pero no, el Gordo Camilo es un tipo tranquilo, pero peligroso. Es bueno tenerlo de nuestro lado. Seguimos caminando, seguimos recorriendo y en un momento nos metimos en un localcito medio hippie. Había muchas masetas y un olor a saumerio y lavandina. Ahí encontré un librito que me hizo acordar a vos, pa… a mamá y a vos. Se llama Susana y Monzón: el romance del siglo y salió en el 96, un años después de la muerte de Monzón. Me hizo acordar a vos, pero también a mamá porque es fanática de Susana. Yo me acuerdo que ella miraba siempre el programa, empezaba a las ocho de la noche y la escenografía tenía cosas doradas, brillantes, y vos le decías que era una boluda, pero un poco te gustaba, ¿o no? Yo vi fotos de mamá cuando era chica y debo reconocerte, viejo, que era un bombonazo, tenía un lomazo y una sonrisa única –como la de la Vico, se parecen muchísimo, todo el pueblo lo dice- y en esa foto que ustedes tienen en la pieza de cuando se fueron de luna de miel a Mar del Plata, esa que están abrazados con el mar de fondo, se parecen mucho a Monzón y a Susana. Es una cuestión épica, un cliché: el hombre bruto y masculino, la mujer tonta y femenina. Vos estabas medio negrito y el pelo lo tenías parecido al Negro y mamá tenía un pareo como los que usaba Susana en ese momento. Ella te abrazaba y se reía, cierro los ojos y me acuerdo de esa foto, vos y mamá, riéndose, con la misma edad que yo ahora, sin hijos, despreocupados de la vida, con el sol que les hacía achinar la vista, la arena blanca y las olas dándole textura al mar y volumen a la foto. Cuando vaya te llevo este libro, te va a gustar, no sólo a vos, también a mamá.

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