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Las sirenas

Por Ignacio Bosero | Fotografía: Víctor Bosero Barbieri

No sólo fue una convulsión del cuerpo sino de la isla entera. La desintegración del cuerpo común convertido en cuatro humanos pocos minutos después dejó a todos boquiabiertos. No es que las transformaciones fueran una rareza; había rituales de copulación y banquetes donde se bebía y comía para ser animal o convertir un animal en humano. Sin embargo, este tipo de desmembramiento y unificación en un cuerpo común, como lo habíamos practicado con Kamil, este efecto, no lo habían visto nunca ni estaba registrado. Todo el campamento retrocedió espantado cuando emergieron nuestros cuerpos individuales. El más horrorizado de todos era Lisandro, quien, en una turbulencia inesperada de la materia había perdido a su ser amado. Cayó de rodillas al piso, con las manos extendidas sobre su cara y lloró. Los prisioneros estaban tan desconcertados que se amontonaron en un rincón de la carpa que servía de prisión apretándose las manos, esperando su peor final, ¿rezando? ¿Pensarían quizá que había llegado una divinidad o el Fin…? Lo cierto es que María se había extinguido, ¿y no había nada de ese amor? Era cruel pero solo el cuerpo común lo amaba, por separado, nada quedaba, ni una esquirla del amor más que la sensación de admiración física: ese placer erótico que linda con la satisfacción sexual. Pero, si individualmente no había más amor, tampoco había amor sino pérdida en Lisandro, el canoero, ya que no podía amar más que a la unidad, a María, quien había dejado de existir. Había estallado, reventado en mil pedazos de materia en el medio de la selva y de la aldea envenenada.

De modo que la confusión reinaba en el campamento. Sólo quedaba el lenguaje para no generar una guerra. Para que Lisandro confiara nuevamente en la expedición. Guru, atontada por su reciente renacimiento, le dijo a Lisandro: “¡Te lo dijimos!”. “¿Qué cosa? ¿Qué cosa sos?”. “Te dijimos que esto tarde o temprano iba a pasar, pero vos…insististe con dejarse llevar, y amar”. “Quería…el amor no se divide”, dijo Lisandro. “No, y tampoco amaste un artificio: quiere decir que estás preparado para el verdadero amor”. “¡¿Y quién sos vos para decírmelo, eh?!”. “Tenés razón”. “Podés marcharte si querés, si lo necesitás; la expedición…”. “¡En absoluto! Esta isla tiene que ser destruida”, dijo Lisandro levantándose. “No, Lisandro”. “¡¿No?! ¿Y María? ¿No está destruida?”. “Es distinto”. “Parcialmente quemada, entonces”. “No, tampoco”. “¿Qué lección le piensan dar a esta tribu maldita?”. “Tenemos que esperar que regresen los guerreros y parte de la tribu en buen estado”, le dijo Carlos. “¿Qué querés decir con en buen estado?”. “Sin muertos, en lo posible”. “Esperen, tienen que escucharme; uno o dos guardias vigilen en la prisión; el resto vayamos a otra carpa. Acompañenme”, ordenó el navegante, súbitamente preocupado.

Seguimos a una carpa vacía a Lisandro. Estaba inquieto; misterioso. Nos sentamos y oímos, atentos. El navegante quemó un cigarrillo y se lo puso en su brazo “para calmarse”, dijo. Luego confesó que no había que permanecer en la aldea ya que era una tierra infectada de poderes mágicos, inciertos, y todos corríamos peligro: si sobrevuela el pájaro que despierta a las serpientes y escuerzos, como en ciertas noches, seremos devorados. Para evitar al pájaro y ahuyentarlo, debíamos prender fuego con gruesas cañas que crecen a la vera del río y extraer unas piedras negras de las montañas que sirven para mantener el fuego toda la noche, hasta el siguiente día. “Posiblemente la tribu tenga acopio”, agregó. Las cañas crepitan estruendosamente, son látigos lúgubres, explosiones que alcanzan kilómetros de eco en la selva. Y causan tanto temor a las fieras, que al escuchar ese sonido terrible huyen al agua y a sus madrigueras. Conviene irnos. Utilizar las canoas de la tribu, su armamento y abandonar la isla. Es muy probable que esta tribu esté maldita porque el lugar está maldito. Los llevaremos como prisioneros, y serán útiles a nosotros.

“¿Pero quién da las órdenes acá? ¿El empleado de Beto?”, dijo Carlos, visiblemente irritado por la verborragia esotérica y teórica de Lisandro. “Pueden confiar o seguir solos”, respondió el navegante. “Es extraño: pareciera que querés conducirnos vos”, dijo Carlos. “Puede ser”, dijo él. “Y antes no habías dicho nada de todo esto…”. “Estaba enamorado; vi todo como una aventura pero…”. “¿Ya se te pasó, tan rápido?”. “No, pero es como el shock de…”. “¿Qué es ese ruido?”. “¡El pájaro!”. “¡Rápido, leña!”. “¡Vamos! ¡A quemar leña y caña!”. “¡Nagobí! ¡Frenelio!”. “Están con los prisioneros”. “Carlos, extorsioná a los prisioneros: tenemos que saber dónde acopian las piedras negras”. “¿Y la caña? ¿No hay serpientes?”. “¡No! Río abajo. Andá. Traé. Buscá”. El pájaro rondaba por el cielo ya oscuro. Ni mirarlo podíamos. Cada cual librado a la tarea de armar la pira. Los prisioneros entraron en pánico al oír el pájaro así como el grupo de la tribu de Frenelio, que en ese momento ayudaba a Guru con la recolección de leña pero preparaba a su vez un brebaje. Bebíamos de ese licor lechoso que recomendaban como calmante a medida que organizábamos la junta y quema. Aunque emborracha si nos zampábamos el cuenco lleno y lo bajábamos de una vez.

Cuando la fogata quedó armada y el fuego ardía produciendo unos sonidos aterradores y unos colores preciosos, quedamos frente al fuego bebiendo ese brebaje espeso.  En ese momento, desde el río, se oyeron unas canciones suaves y hermosas. Nadie pudo resistirse, aflojados por el licor, a bajar a la orilla a escucharlas. El trance crecía con su voz, y parecíamos tan afectados como para introducirnos y nadar en el río. Fue así que llegamos a la orilla, nos desnudamos y nadamos en el río, bajo los dulces cantos. De pronto el cielo cambió de color negro a turquesa y el agua creció, agitándose. De su interior, poco después, se elevaron unas sirenas: ellas cantaban. Y pedían por Lisandro. Carlos recordó el cuaderno de su padre; el pasaje que…Corrió y extrajo de su morral un pan de cera que ablandó y maceró con sus manos; ligeramente bajó al río y metió un trocito en los oídos de Lisandro, a modo de tapón. Luego vio las canoas en la orilla, amarradas con sogas-lianas a los árboles y piedras y tironeó hasta llegar a los brazos y piernas de Lisandro. Le hizo varios nudos y arrastrándolo, lo ató a la embarcación. El resto salía del trance, y del río, y veía cómo el espejismo de las sirenas se esfumaba removiéndose en el curso del agua. Sobrevino después cierta calma, que se cortó con algunas explosiones del fuego que seguía encendido. Lisandro, al componerse, se dio cuenta que estaba atado por haberse olvidado de las sirenas del río.

“Mañana surcaremos la isla por sus bordes, iremos en cuatro canoas y recogeremos al resto de los guerreros e integrantes de la tribu; ya no hay más peligro”, dijo Lisandro. “¿Y luego? ¿Qué haremos?”, dijo Guru. “Ustedes tendrán que elegir su nuevo rumbo, ¿no?”, le respondió Lisandro. “Eso, si la selva no lo elige por nosotros”, dijo Guru.

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La batalla

 

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