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Los rituales

Por Ignacio Bosero | Fotografía: Víctor Bosero Barbieri

Salimos en las cuatro canoas surcando los bordes de la isla. Esa mañana el cielo estaba radiante, los rayos llegaban dando un soportable calor entre la vegetación que cubría a cada paso el río. Parte de la tribu de Frenelio, casi por intuición, nos aguardaba en una punta aparentemente virgen, donde las aguas ofrecían un color transparente y azulado y fonditos sin piedras, al estilo de piletones. Al momento de amarrar las canoas nadaban y jugaban a tirarse de las lianas-sogas de los árboles en las partes más profundas donde hundían completamente sus cuerpos desnudos. La fuerte corriente de agua en ese sector los arrastraba con violencia algunos metros y los largaba más adelante contra un árbol de grandes ramas y fuertes raíces, desde donde se agarraban, sostenían y balanceaban. Era un juego: si se soltaban, la corriente podía llevarlos en un paseo que podía ser peligroso porque derivaría en zonas altamente pedregosas o firmes paredones que se formaban en algunos costados del afluente. Los hallamos tan serenos y divertidos que, una vez que hicimos la ceremonia del reencuentro y le comunicamos que seguiríamos viaje para restablecer la tribu, paramos para disfrutar del agua y los juegos y alguna comida. Parte de ese tiempo lo dedicamos a pescar, para completar el acopio que había en el campamento transitorio y hacer un almuerzo lo más abundante posible: se venían horas de esfuerzo en la navegación. De remar uno o dos días más. Las hermosas mujeres de la tribu juntaron las hojas de plátano y envolvieron los peces que pescamos con lanzas. Hicieron fuego y, cuando hubo brasitas listas, los tiraron envueltos arriba. Mientras tanto, Camelia, la más bella y joven de la tribu, ofreció una danza de conquista y encaje. Totalmente desnuda, con intimidantes y robustos pezones negros y aros gigantes en sus orejas, pintada de rojo y verde entre sus ojos amarillos y sus cejas y la frente, con el pelo en trenzas, tomó los miembros de los hombres, a quienes había puesto en círculo para verla danzar la conquista, y los frotó de a uno suavemente, como amasándolos, del mismo modo y con el mismo empeño con que se mueve una taza de té caliente con las manos para templarla, o se frota la mismísima lámpara de Aladino. Se quería despertar a los miembros dormidos. Con Guru nos mirábamos sorprendidas. Había sido todo demasiado espontáneo y rápido. Humeaban los pescados, cantaba la tribu, Camelia bailaba y ejercía su fricción erótica. Y nosotras, asombradas, observábamos ver crecer los sexos masculinos… Lo que se medía no era la longitud del miembro, ni la forma ni proporción que alcanzaba con la danza, sino la predisposición casi natural a encajarse en el cuerpo de la mujer danzante; para eso intervenía el olor y la independencia que adquiría cada cuerpo hacia la otra anatomía por atracción. Con los cantos el trance empezó a surtir efecto, y los cuerpos de los hombres empezaron a moverse, cada uno a su turno y a su ritmo, acomodándose y ofreciéndose al cuerpo de Camelia. Así se atraían solos, sin presiones ni ritos de precalentamientos pautados como sucede en occidente… El cuerpo que cedió al de Camelia fue el de Carlos. Encajaron a los primeros deslices y la danza concluyó con un aplauso. Los ojos de Carlos parecían desorbitados de placer, pero con sed de revancha. De otra vuelta. Pudo coronar su éxtasis en la carpa que especialmente se había preparado para esta ceremonia. Era natural que las mujeres en algunos pueblos fueran ofrecidas a los visitantes dándole libertad sexual. Incluso hay testimonios de que una mujer preparada para la vida en unión era aquella que había experimentado cantidad de actos sexuales con visitantes que oscilaban de acuerdo a la cantidad y frecuencia de visitas que recibiera la tribu. Era bienvenido y se consideraba un rito de pasaje importante. Cada visitante dejaba una muestra de su paso: un diente, un mechón de pelo, una uña, piel. Esta tribu era distinta, la ceremonia del baile se daba prácticamente espontánea, cuando, en general, había algo que celebrar. Y podía ser tanto mujer como hombre quien la hiciese. Lamentamos con Guru la mala suerte esta vez. Pero nos alegramos por Carlos, quien gozaba sin pausa con Camelia en la carpa. Parecía un rito de liberación más que un encaje o apego carnal. El resto disfrutábamos del delicioso pescado asado. Una exquisitez que pocas veces habíamos probado. Últimamente la comida se nos daba entrecortadamente. No siempre cuando la panza pedía, repitiéndose los menús. El pescado era lo más común, lo que diferenciaba este almuerzo era el tratamiento: revestidos en las hojas de plátano cobraban un sabor nuevo, mezcla de humo, plátano y carne blanca; incluso el sabor de las escamas y espinas se conservaba. Todo le daba gusto. Y al comer había que desguazar, lógicamente. Pero se disfrutaba la adherencia que habían alcanzado con la cocción. Algunos integrantes de la tribu tenían por costumbre hacer la digestión a la orilla del río, sobre las rocas o recostados en la playa de arena de piedras, panza arriba. Así dejaban que el agua les mojara de vez cuando levemente los pies y las piernas, en el vaivén que marcaba a su vez el viento. No era un día ventoso, sin embargo, y el agua estaba serena y azul. Dormimos la siesta. Cuando desperté yo, Nagobí, tuve la sensación de que algo se venía arrastrando por la naturaleza… Recordé inmediatamente las serpientes enormes, recordé que podían devorarnos completamente y salté y pegué un grito. Pero nadie despertó, ni Guru, de sueño liviano. Tomé una escopeta y disparé al matorral donde el cuerpo viviente se desplazaba. Oí una rara queja. Me acerqué para rematar. Ahí me di cuenta que había matado a una gallina. ¿Qué hacía una gallina en esta isla? Cuando quise agarrarla fui tomada por los hombros. Dos integrantes de la tribu me sacaron el arma y me condujeron hacia un árbol. Me ataron de pies y manos y me apuntaron. De fondo todavía podía oírse el “¡sí, sí!” de Camelia y Carlos. “¡No! ¡No!” gritó Frenelio, saliendo al cruce. El tiro salió pero se desvió y se perdió entre la vegetación. Hubo una charla nativa entre Frenelio y su gente, nerviosa, que no comprendimos. Sí entendimos más tarde que la gallina era su ave sagrada. Había viajado con ellos desde siempre y yo había cometido un acto atroz, terrible. Cayó la tarde. Y por mi culpa, o por la culpa de esta tribu morosa, repleta de ritos y esoterismo, tuvimos que asistir a una nueva ceremonia de despedida de la gallina. Se desplumó, se la envolvió en plátanos y en una canoa armada con palos, se la llevó al río. Entre cantos, se la dejó ir con el agua, hasta hundirse más adelante en una olla que hacía un remolino y se tragaba gran parte de la mugre que arrastraba el río. Así cayó la noche. La miré a Guru preocupada. “¿Cuándo salimos de acá? Estoy harta”. “Hasta que Carlos vuelva de la carpa”. El rito sexual continuaba indómito entre las finas paredes de la carpa. Cuando armábamos el fuego para cocinar pudimos ver en sombras los cuerpos desnudos y sus siluetas dar vueltas en el piso y montarse. “Es todo un lenguaje” me dijo Guru. “Que habla por sí solo”. “Qué envidia, ¿no?”. “Mucha.”. “¿Qué pasa si la embaraza?”. “No sabemos. Pero necesitamos de Carlos”. “¿Cómo saldrá de esa experiencia?”. “Son todas preguntas, Guru…”. Frenelio no tenía una jerarquía importante en la tribu, pero el rescate le había concedido un puesto, ya no abstracto, sino real. Y durante la cena, en una lengua que desconocíamos, interpretamos que lo ascendieron al colocarle en su cuello un collar con el pico de la gallina muerta y sagrada, o al revés. Eso nos permitió verlo diferente. Y jugó un rol para que Lisandro, quien se había mantenido al margen de todo, reparando las canoas, volviera a reunirse con la tripulación. Y algo más que sucedió a partir de que Lisandro y Frenelio acordaran para el día siguiente la retirada: el preparado de un derivado de una planta similar al floripondio que suele crecer indistintamente en lugares no selváticos. La bebida se ofreció en la comida. Así como un baile. No significaba lo mismo que el de Camelia, pero la experiencia de este baile en conjunto evocó nuevamente el deseo del cuerpo común, y el chispeante dejo de ese amor fuerte que habíamos experimentado con Lisandro. El ritual funcionó como una especie de purgación. Y al clarear los primeros momentos del nuevo día, todo cambió y se puso en órbita de vuelta. Las canoas estaban preparadas en la orilla, atadas, impecables, y Carlos salía triunfante de la carpa dispuesto a comandar una de las naves; la otra la navegaría Lisandro, la tercera Frenelio, la cuarta nosotras. Partimos –creíamos que para siempre de esta isla extraña–, en una nebulosa de explosiones que surcaban de humo el cielo. Un volcán había entrado en actividad y despedía gases. Pero eso estaba al otro lado, en otra región, nuestro lado brillaba entre el verde monumental de la selva, el río transparente y un sol abriéndose con fuerza entre las nubes. Por fin, a la orden de un grito a la par, soltamos las sogas.

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Las Sirenas

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