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Ritual acuoso

Por Juan Ramón Ortiz Galeano | Fotografía: Ezequiel Díaz

 

Llovía.

El Médico Brujo, robusto y sombrío, evadía la tormenta agitando cascabeles y katakis, cuyos sonidos le remitían cráneos de pájaros muertos por el ágil ojo del Cazador que admiró de niño.

Sabíamos que las normas y prohibiciones fijadas por el Tabú fueron obedecidas, pero no ignorábamos que ello era insuficiente para impedir la tormenta, que ya había dado su primer paso. Únicamente la magia podía soslayar la calamidad en forma de huracán o inundación.

Durante el himno, la boca del chamán emanaba frágil vaho: esa húmeda metáfora del alma. La danza producía en los cuerpos vapor tibio: esa débil metáfora del miedo. La aldea se veía ceñida por la bruma: tenebrosa metáfora del agua. El poder de las plumas del ñandú, unido al rumor perpetuo del incesante teketé, generó un velo de humo que cubrió al Brujo por completo; en ráfagas, yo podía distinguir los tatuajes en su cara y los rombos en su atuendo. Toda la tribu amparaba el trance litúrgico del mago, y espoleaba con balbuceos pasmosos el embate de la angustia, erigiendo con ellos una muralla de esperanza sonámbula, para resguardar el transcurso del ritual hasta su desenlace.

Jinetes virtuosos, temían. Mujeres prohibidas, envolvían con dedos inseguros yicas vacías y espinas de vinal. Niños furtivos contemplaban al Brujo en su trabajo -como de niño el Brujo admiró al Cazador- encendiendo sus ojos a la cúpula y al hechizo. Expectante, el pueblo Qom confiaba en su chamán, cuya magia rigurosa había resistido a Tupac Yupanqui, el enemigo mayor que empujó desde el valle; además, Nalá, Koktá y Nowét participaban en la danza y la letanía, a ellos también nos encomendamos.

Finalizamos el ritual de agua conjurando a la noche y bailando danzas oblicuas a la luna huidiza. Temimos, es cierto, pero amaneció.

 

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