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Cecilia Sorrentino: “Estamos hechos de oralidad”

Por Leticia Martin

 

¿Tendremos quién nos lea cuando lleguemos a viejos? ¿Seremos bien tratados? ¿Nos recordarán cuando ya no estemos? Sillas en la vereda, de Cecilia Sorrentino, se pregunta secretamente por la ancianidad mientras aparenta dedicarse a la narración de una serie de anécdotas del pasado, que dejan ver, al final de la novela, la perfecta entrelínea y el detallado perfil de una tía mayor que se va despidiendo de la vida como de su familia. Sin dramatismo, sin escenas violentas o desconcertantes, sin elementos mágicos ni artilugios formales, Sorrentino consigue mantener la atención del lector hasta el final. Sus observaciones son puntuales y nos recuerdan el encuadre cerrado, macro, de una cámara de fotos. Ese es el mayor acierto de este libro: mirar enfocando detalles que otros ojos pasarían por alto. Cerrar el zoom. Acercarse a la anécdota. Reeditar el pasado en clave actual. Buscar una huella en la foto, una marca, o el píxel que no se imprimió, el elemento extraño, corrido, que se coló en la escena cuando nadie lo esperaba.

La rareza de esa tía, su correcta incorrección, su salirse de la norma sin que nadie pueda notarlo, parecen haber interpelado con suficiente fuerza la voz de la narradora -quien comparte nombre de pila con la autora- como para permitirle reconstruir esa vida sin más descendencia que la del deseo de hacer lo que se elige. Sorrentino escribe, desde su adultez, la relación íntima que tuvo con esa tía, ahora mayor, que se va extinguiendo en una especie de achicamiento leve y placentero.

Es muy interesante el modo en que esta tía pasa de ser un condimento más de la narración -un personaje secundario- a consolidarse como el motor y línea principal de la trama. La tía es el imán que reúne los fragmentos y recuerdos que bien podrían estar dispersos e inconexos a lo largo del libro, pero que hacen su arribo hacia el relato principal de esa larga y apacible despedida. En ese sentido esta novela podría pensarse como una imagen en espejo con la novela “Papá”, de Federico Jeanmaire. Si bien ambos textos hacen un recorrido similar en el salto del pasado al presente y tienen casi la misma finalidad: reconstruir el perfil de un ser querido; en la novela de Jeanmaire ese padre que se ama es un lastre autoritario del que el autor se libra luego de un gran sufrimiento y trabajo de distanciamiento, mientras que en esta novela -por el contrario- el sufrimiento tiene que ver con la desolación que genera el “dejar ir” a un ser que el recuerdo construye positivamente.

“Temprano por  la mañana, cuando la tía ya estaba lista para ir a trabajar -zapatos de taco no muy alto- cruzaba al almacén en busca del pan recién llegado de la panadería: crujiente, aún tibio. Hacía el sandwich, y pasaba por la escuela a la hora del primer recreo con el tiempo justo para alcanzar el tren. A mi madre, aquello debía parecerle una complicación innecesaria. ‘Pudiendo hacer el sandwich con el pan del día anterior’. Si no lo decía lo pensaba. Pero estaba el detalle del pan tibio y crujiente”.

La lectura de esta novela de tono iniciático y sentimental nos recuerda también ciertas austeras narraciones de Hebe Uhart y, por otro lado, aquel pequeño libro de anécdotas de Paul Auster –El cuaderno rojo- donde el autor -que otra vez coincide con el narrador- recuerda los azares de su infancia y juventud hasta su adultez. De lectura imprescindible.

Sillas en la vereda
Cecilia Sorrentino
Alción editora
95 páginas

Sillas en la vereda

¿Cómo empezaste a escribir?

Cuando mis hijos eran chiquitos me despertaba muy temprano para tener un rato de silencio, y escribía. No lo hacía con una expectativa literaria sino como una búsqueda de concentración. Después, poco a poco, me fue atrapando eso que pasa con la escritura cuando se le va a una de las manos y habla sola, y dice más o dice otra cosa.

¿De qué modo discuten en tu interior la narración oral y la escritura? ¿Discuten, o se relacionan armónicamente?

No, no discuten. Como lectora disfruto cuando puedo “escuchar” las voces de los personajes, cuando la oralidad atraviesa la escritura. Como atraviesa la vida. Creo que hay una preeminencia de la oralidad sobre la escritura, que estamos hechos de oralidad.

¿Cómo definís la voz que empuja una narración?

Como el imán hacia el que confluyen los fragmentos. Cuando una encuentra esa voz, entonces tiene lo que va a contar.

¿Cuál es el género en el que te sentís más cómoda?

Me gusta el dibujo arbóreo de la novela. Soy lenta para escribir, rumiante; creo que esa condición me predispone más para la novela que para el cuento.

¿Estás trabajando en un próximo libro?

Por ahora acopio escenas, buceo imágenes. La publicación de Sillas en la vereda distrajo mi hábito de escritura y me cuesta recuperarlo. Confieso que es un momento inquietante.

 

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