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Los soldados de la castración

Por Sabrina Haimovich

 

No eran más de 10 pero se hacían notar. Vestían un uniforme de jean y saco de pana y por las madrugadas salían a trotar al parque Rivadavia mientras cantaban las distintas definiciones de la angustia en la obra de Jacques Lacan. Al finalizar el entrenamiento, uno de ellos se paraba sobre una silla para aleccionar al resto. Siempre les decía lo mismo, que las mejores balas eran las palabras y que sólo debían disparar si tenían una buena munición. Si no se los conocía se podía decir que eran una fuerza de choque.

Armaban fumatas clandestinas en la terraza de la sede de Independencia en las que decidían estrategias de acción e intervención. Los blancos que elegían eran gente de su entorno. Analizaban el caso en grupo y los convocaban para una sesión urgente, única y transformadora.

Los recibía Fabio, El Gran Rectificador, quien, bastonazos de por medio, los intimaba a cambiar de posición, advirtiéndoles que si no lo hacían sus vidas iban a entrar en un profundo pozo sin retorno y sin fin.

Muy pocos de ellos respondían favorablemente a los garrotes. Entonces, Fabio chasqueaba los dedos para que salieran los soldados, que estaban escondidos detrás de los muebles, debajo de las mesas o dentro del placard. Sujetaban al susodicho entre varios para que no se escapara y le ponían un embudo en la oreja con la ilusión de que lo que dijeran fuera directo al núcleo patógeno de su inconciente. Uno a uno iba pasando y le decía que él era el único responsable de su padecimiento.

Cuando terminaban con el ritual, lo soltaban y anotaban en un cuaderno los cambios registrados, que en general eran fuertes y temerosas carcajadas. Algunos hasta tenían severos ataques imposibles de refrenar en los que les faltaba el aire, tenían espasmos, el pulso les temblaba, perdían el equilibrio y se les desorbitaban los ojos. Cuando se les presentó el primer caso de muerte súbita, alegaron que el embudo estaba pinchado y explicaron que, por eso, el aire usado para hablar generaba esas extrañas y enloquecedoras cosquillas en el cuello de los intervenidos. Había finalizado una etapa.

La primera vez que estuvieron frente a la anestesia y el bisturí, se sintieron iluminados. Uno de ellos ofreció a su tía como voluntaria, alegando que su vida era un fracaso porque lo único que hacía era comer patitas de pollo tirada en la cama mientras veía Loco por Mary una y otra vez. Pesaba más de 200 kilos y no se podía levantar ni para ir al baño. Solamente se movía para estirar el brazo derecho desde su lecho con el fin de alcanzar la delicia de su paladar, las patitas de la pollería con delivery Pato Rico de a la vuelta de su casa, de donde era cliente VIP y contaba con el servicio especial de patitas de pollo directo a su mesita de luz.

Su nueva estrategia consistía en castrar a los pacientes. Cuando terminaron con la primer ablación de genitales, la mujer confesó sentir una paz interior similar al Nirvana; ya no quería más patitas de pollo y sólo pedía ensalada Caesar. En un par de semanas, dejó de ser la tía obesa, bajó de peso, consiguió un trabajo y una pareja estable. Y fue, ella, la primer alta de esa Escuela de Soldados.

Las campañas de castración masiva de gordos no tardaron en llegar. Eran el paso lógico y necesario, según dijeron. Con unos contactos que aportó la ex obesa, el grupo tuvo acceso a importantes sumas de dinero con las que imprimieron folletos y compraron un camión sanitario. Este contaba con una jaula atrás en la que apilaban a los gordos que iban recolectando en la calle, para luego llevarlos a la famosa Aula “X”, donde se realizaron la mayor parte de estas polémicas intervenciones.

Ese año el índice de obesidad disminuyó notablemente y la Escuela de Soldados recibió premios, honores y puestos jerárquicos para sus miembros en las altas esferas del Gobierno.

Desde ese entonces, cada vez hubo menos emos, menos darks, menos rockers y menos punks, menos altos, menos flacos, menos piojosos y menos enamorados, y al fin y al cabo parece que estamos cerca de lograr el ideal de una sociedad libre de conflictos.

 

Cuento publicado en:
Lac’n Roll, de Sabrina Haimovich
Cielo Abierto Ediciones, 2015
72 páginas
Sitio oficial: Lac’n Roll

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