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Marina Gersberg: “Escribo para no olvidar”

Por Leticia Martin

Una novela de blancos

“Te chupo la pija / para alejarme de lo oscuro”, es de los versos más directos y asertivos de la historia de la poesía universal. No exagero. El poema entero, que integra el tercer libro de poesía de Marina Gersberg –La profundidad de los ataques– señala cierta capacidad de síntesis de la autora, cierto valor y cierta osadía a la hora de decir alguna cosa en un mundo de miles de libros que no dicen nada. Ese objetivo no siempre atañe al género. Y está bien. No toda la poesía viene a cumplir la misma función. Sin embargo es destacable que Gersberg se despegue de ese fondo de palabras que suenan bien y se apelmazan en un fluir de ritmos y métricas para llevarnos, finalmente, al nuevo espacio de su forma de contar algo concreto.

Los recursos formales de la poesía

No hay rima en este libro. No hay pretensión de versos alejandrinos. No hay cursilerías. No hay recursos formales al servicio de lo que se narra si no al revés. Hay breves fragmentos, todos ajustados a la historia que se quiere reconstruir, y líneas que en una abusiva economía del lenguaje nos ubican al acecho del próximo movimiento.

La profundidad de los ataques es un libro raro. Podría ser leído como una novela breve –antecedida por ocho poemas–, como una cronología que se escapa al diario íntimo porque va dando grandes saltos de un hito al siguiente, o como libro de poesía libre, lisa y llanamente. Me inclino por la segunda opción, más novedosa y pujante. Antes quiero detenerme a pensar una característica algo llamativa que surge de la buena utilización del recurso de la síntesis.

Un libro de blancos

Soñé que lloraba, el último y más extenso poema del libro, deja a la vista de modo deliberado una inmensa cantidad de aire después de las pocas palabras que conforman cada una de las entradas. Los textos, escritos en prosa, van directo al grano incluso en las entradas más abundantes y completas. La trama se construye así, con la intensa y necesaria participación de los lectores. Todo el tiempo faltan datos. Nada se aclara o se explicita demasiado. En ningún momento se facilita la recepción o se mastican las ideas por el otro sino todo lo contrario. Gersberg deja grandes agujeros en la trama, como exigiéndonos la libertad interpretativa de completar lo que falta, interpretarlo todo, imaginar más allá de los datos que tenemos. Con apenas un poco de sentido crítico, uno puede reconstruir aquellos años, sacar cuentas, poner a la narradora en contexto, o quitarla, según la necesidad interpretativa. ¿Pero cómo separar a la narradora de la autora si trata de un libro de poemas?

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En la entrada de 1990, por ejemplo, los hechos que avanzan de modo consecutivo desde 1986, se detienen para hacernos saber lo siguiente: “agarro una tijera chiquita de punta redonda que usamos para cortarnos las uñas de los pies y me corto el flequillo sin mirarme al espejo”.

El dato es menor. Hasta podría pasar por insignificante a los fines de una línea de tiempo cronológica a lo largo de una vida. Sin embargo una mujer adulta está narrando que a los 8 años –dato que nos vemos llamados a calcular– la niña que fue utiliza objetos que tienen una determinada finalidad, pero para cumplir otra. No agarra una tijera cualquiera. Agarra una que se usa para cortar las uñas de los pies. Y no se mira al espejo, que usamos para mirarnos, sino que se corta el flequillo a su antojo, siguiendo vaya uno a saber qué línea interna del deseo. No quiero llevar la interpretación a un borde extremo, pero uno puede leer en este y muchos otros capítulos de la –como propongo llamarla– “novela de síntesis” o “novela de blancos” de Marina Gersberg; esa intención constante por hacer un “uso-otro” de todo aquello que tenga que ver con “lo formal”. No importa cómo o con qué debe cortarse el pelo. No importa cómo o quién diga qué forma debe cumplir cada género, cómo deben ser los ataques, cuánto pesan los mandatos familiares. Gersberg hará el uso que se le antoje de todas las formas que se le presenten.

Tal vez el punto débil del libro sea la mezcla entre esos ocho poemas preliminares y esta novela cronológica que cierra el libro. ¿Podrían haber existido de forma independiente? ¿Se necesitan y alimentan estas dos partes? Preferiría proponer que no. Tal vez esas dos mitades tan disímiles podrían haber conformado dos libros, uno de los cuales cierre con los versos finales de este poema que le envidio:

Te chupo la pija, la mente en blanco.
Te chupo para escapar de lo oscuro
lo sigo intentando.

Mis ex novios no entienden
Ay! Creo que perdí la cabeza
me estoy ahogando
me quiero tragar tu guasca
como un mantra.

La profundidad de los ataques
Marina Gersberg
Editorial: Pánico el Pánico
55 páginas

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¿Tenés una respuesta para la pregunta “por qué escribís poesía”?

Escribo para no olvidar, escribo poesía como un deseo, un motorcito. Escribo para mí. Mis propias preguntas.

¿Sos consciente de que Soñé que alguien lloraba es una novela en su máximo nivel de concentración?

No pienso en formatos de escrituras. Soñé que alguien lloraba lo fui construyendo en el taller literario de Marina Mariasch, y me salió así, como prosa poética. Los primeros años salieron de un tirón, los últimos me costaron más, supongo que por la poca distancia.

¿Qué pensás de la rima en relación a tu escritura poética?

No pienso en la rima, sólo escucho mi música interior. Me escucho leerlos en voz alta, una cierta cadencia.

¿Tenés una especie de criterio o parámetros a los que respetás cuando escribís poesía?

Soy bastante impulsiva a la hora de escribir. Voy anotando en papeles sueltos pequeñas imágenes, pensamientos, todo lo que se me viene a la cabeza. Sensaciones disparadas de cualquier cosa que me conmueva, un viaje en auto, diálogos de una peli, fotos en internet; también transcribo mucho de los libros que voy leyendo. No hay un momento ni un lugar, es más bien algo espontáneo y luego –pueden ser días o años– vuelvo a eso y sale el poema, nunca es completo ni de una sola vez. Después sí, en la etapa de corrección, vuelvo y lo pienso como un todo.

Cuando te preguntás “a dónde habrá ido mi oscuridad”, pienso en La novela luminosa, de Mario Levrero, en esa especie de manifiesto acerca de la imposibilidad de llevar al papel una experiencia luminosa. ¿Estás de acuerdo con él en esto?

No lo había pensado de esa forma, no pienso que se escriba siempre desde la oscuridad. En algún momento me sentí más así, más darki, y creo que es una sensación potente que atraviesa todo el libro, como un estado de ánimo, una manera de definirme. Desde ahí la pregunta final, que la escribí hace poco y es una pregunta que me atraviesa ahora, en otra etapa. Creo y volviendo a Levrero que se puede escribir desde cualquier estado siempre y cuando escuches tu propia voz y atravieses y respetes tu propio pathos.

¿Qué te decide a publicar?

La necesidad de soltar. Este libro lo empecé hace un par de años y le di muchas vueltas. Me ayuda cerrar para empezar a pensar otras cosas, como pasar de un estado de materialidad a otro.

¿Cuál es tu próximo proyecto de escritura?

Estoy trabajando en una peli documental, un proyecto en conjunto con Martín Langsam, mi novio. El año pasado nos fuimos de viaje a recorrer y filmar observatorios astronómicos por San Juan, el norte de Chile, Bolivia y Perú y estamos trabajando en el guión, parte de ese material se puede ver en www.elpoderdeloincierto.com.ar

 

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