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Matrimonio Underwood

Por Luciano Sáliche

1.

Cuando Francis Underwood mira a cámara y dice “la democracia está sobrevalorada” queda claro que House of Cards viene a narrar algo más profundo que la política estadounidense y sus recovecos en la escalada hasta el poder. Un sistema bipartidista donde ninguno se vuelca demasiado a la izquierda como para cuestionar el concepto de la propiedad privada es algo un tanto esquemático. Tanto como el debate presidencial argentino que vive el primer y, esperemos, más aburrido balotaje de su historia. Esta serie estrenada en febrero del 2013 por el servicio de Streaming Netflix apareció para romper unos cuantos esquemas. Su logotipo –la bandera estadounidense dada vuelta y sin estrellas- lo refleja perfectamente.

“Hemos decidido no tener hijos”, le dice Claire Underwood a una periodista que intenta comprender los secretos del matrimonio que tiene con el -en ese entonces- Vicepresidente de los Estados Unidos. Las explicaciones son netamente individualistas, sin embargo la periodista no logra desentramar la pureza de esa decisión y, como quien no quiere perder el tiempo, hace un gesto de desaprobación y continúa con otra pregunta. House of Cards es una de las tantas producciones ensambladas por el novedoso género cultural de este nuevo siglo llamado, paradójicamente, serie que viene a proponer una mirada astuta y perversa del poder. Pero en el corte fino de su contenido se puede observar la construcción de un matrimonio sólido y efectivo que oficia de yacimiento para toda esa narración de la política que ocurre a lo largo de las tres temporadas.

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2.

En el año 2010, antes que se promulgue la Ley de Matrimonio Igualitario, el entonces cardenal Jorge Bergolgio les envió una carta a los cuatro Monasterios de la provincia de Buenos Aires. “Está en juego la identidad y la supervivencia de la familia: papá, mamá e hijos”, decía el contenido epistolar donde el futuro Papa Francisco explicaba, con mucha desesperación, la necesidad de reclutar aliados para frenar el avance gayfriendly. ¿A qué se refería exactamente con que peligraba la identidad de la familia? Los diversos cambios sociales del nuevo siglo han puesto de manifiesto que esta institución milenaria a la que nos acostumbramos a hallar el resguardo frente a la crueldad del mundo ha mutado de una forma demencial. No hace falta citar cifras sobre la cantidad de divorcios ni testimoniar a todos las personas que han decidido no tener descendencia para entender que la tríada mamá-papá-hijos es una nube que se evapora lentamente en los confines de la nostalgia romántica. Pese a tanta túnica sagrada y castidad, Bergoglio tenía una idea muy clara de por qué la Ley 26618, sancionada y promulgada en julio del 2010, afectaba los intereses de la Iglesia. Ya como Sumo Pontífice -y con un torrente de expectativas que el mundo ha puesto sobre sus hombros- sigue condenando el divorcio y reiterando que “la familia se compone de un hombre y una mujer”. No hay medias tintas para un líder político. No puede permitirse revisar las escrituras sagradas y resignificar todo un aparato religioso. No puede. El concepto de familia le permite al catolicismo solventar una figura mítica del bien y asegurarse un sendero lejos de Sodoma y Gomorra. La pregunta es: ¿por cuánto tiempo?

House of Cards es una serie que cuestiona esa idea torpe de perfección. No lo hace desde una postura radical sino todo lo contrario: convive de una manera pacífica con los valores morales del cristianismo. No tiene que ver con que Estados Unidos tenga una relación menos impostada con la religión a partir del Protestantismo sino más bien con la aceptación de que la familia no se resume a portar hijos sanos parecidos al padre ni en la pose reluciente de la fidelidad marital. La familia se forja a partir de dos personas que desean encarar un proyecto de vida juntos. Puede fracasar -como fracasan las cosas que requieren intensidad y perseverancia- pero eso no quita que en el intento, que en la gesta de ese amor, no haya una esencia de compañerismo que ha nutrido la idea de familia que el catolicismo no quiere soltar. Frank y Claire Underwood son la prueba fiel de que el amor y la compañía son valores sagrados en las relaciones humanas. Pueden mutar las máscaras, las formas, la composición de ese grupo de personas, pero jamás asistiremos a su derrumbe conceptual. Es cierto: no son buenos tiempos para los románticos, por eso hoy los romances son más genuinos.

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3.

En el momento más crítico de la carrera política de Francis Underwood -una nota aparte podría argumentar sobre por qué esa dificultad siempre aparece en la cumbre- Claire llega de sus corridas nocturnas y encuentra un velador junto a varios objetos tirados en el suelo. La cámara hace un paneo y el Presidente de los Estados Unidos está sentado en el piso apoyado contra un escritorio con las manos en su cara. Como forma inédita, leves gestos de llanto se dejan entrever: la fiera está débil, quebrada, moribunda. Claire Underwood se acerca, lo recuesta sobre el piso de alfombra, le saca los pantalones, luego se quita los que ella llevaba puestos y comienza a cabalgar el cuerpo de su marido corroído por la desesperación. La escena termina con una cogida piadosa y relevadora donde ambos no se quitan la mirada de los ojos. La profundidad de una relación amorosa que traspasa los límites de la sexualidad narrando así el apoyo mutuo de dos compañeros que jamás se dejarán caer.

Las infidelidades son recurrentes. Ella tiene un amorío con un fotógrafo que podría seducir con sólo una mirada a la encorsetada Máxima Zorreguieta. Él se coge a una periodista para establecer lazos de poder. Luego, ambos se fornican en la cocina al guardaespaldas presidencial. Lo radical aquí es el grado de confianza. “Con Francis nos contamos -le dice Claire a la pendeja del Washington Herald-, ¿creías que no sabía lo de ustedes?”. Después él, en un altercado con el fotógrafo se impone. El tipo le grita como quien se frota las manos frente a un cornudo: “¿Qué sabe usted del amor?”. Ahí Francis suspira, se agacha, lo mira a los ojos y luego de un segundo de tensión le dice: “Vos no sos nada al lado de la historia que Claire y yo tenemos”. Por supuesto, ahí Claire sonríe y confirma lo que todos suponemos: el amor es algo demasiado profundo para entenderlo.

Pero como la vida real siempre sofoca más que las ficciones impostadas, los guionistas de la serie decidieron, sobre el final de la tercera temporada -la cuarta se estrenará en el 2016-, que este matrimonio se rompa. Como un revés hiperrealista, la historia desemboca en la verdadera tragedia, que es la que está en el último tramo de cualquier vida. Finalmente, los personajes que interpretaron con una frialdad sorprendente Kevin Spacey y Robin Wright se separan. ¿O qué creían? ¿Qué iban a terminar siendo felices y comiendo perdices? No por ahora.

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