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Me encanta ser millonario

Por Sergio Fitte

Me encanta ser millonario. En lo poco que he vivido hasta hoy, porque aun soy muy joven, esa es una de las pocas cosas que he aprendido. La verdad no tengo mucho prurito en repetirlo y no me canso de hacerlo en cuanta conversación se dé: “me encanta ser millonario”.

También me gusta, y está bueno, ser hijo único así no tengo que compartir nada con nadie. Todo lo que me pueden dar mis viejo me lo dan a mí solito.

La verdad es que no hace tanto que me dí cuenta lo estupendo que está ser millonario. Resulta que un día me invitan a un cumpleaños de quince, de esos que tratan de hacerlos bien caretas, pero salta al toque que no les da. Me refiero a que no les da el dinero para hacerlo glamoroso. Porque cuando le dan a la cumpleañera el micrófono para que hable y diga unas palabras, la boba medio se larga a llorar y las amigas le llevan una foto tamaño natural pegada a un cartón, tratando de que se quede erguido como si fuese un maniquí, sin lograrlo, y la piba le saca la sábana con la que estaba cubierta. Cuando ve de quien es la foto-maniquí-maqueta se quiere morir. Sol se tira al suelo y hace que se desmaya, pero no se desmaya. Mientras, sus amigas dejan caer sobre ella el cartón, no del todo bien cortado, de Beto Álvarez, el galancito de la tele sobre ella. La del cumpleaños hace como que besa y abraza al cartón, con las dificultades del caso por lo finito. Después la levantan a ella y al Beto Álvarez de utilería lo tienen que tener agarrado; porque si no, se va de jeta al suelo. En poco tiempo como sucederá, en la vida real, Álvarez quedará olvidado en algún rincón oscuro del salón, que para ser justo debo decir, que no está oscuro pero, si mal iluminado por todos lados.

Entonces va que en la comida familiar del domingo se me da por contar la anécdota y todos nos cagamos un poco de risa. Luego de escuchar atentamente mis comentarios, papá me dice como al pasar: asegurate que hoy a la tarde cuando te pasen a buscar tus amigos para jugar al rugby sea Sol la que se baje a tocar el timbre. No le pregunté por qué pero me ocupé de que así ocurriese. A eso de las siete de la tarde más o menos, cuando el tremendo sol de verano comenzaba a aflojar suena el timbre. Y yo sabía que era Sol, porque ella siempre toca dos veces, la segunda muy largo.

-Abrile, Álvarez- le indicó Papá al Beto Álvarez que cumplió educadamente apareciendo de dónde estuviese escondido.

Antes de que Sol se cayera de culo me interpuse entre la puerta de calle y el galancito.

-Nos vemos en un rato- les dije a los que quedaban dentro.

-Dale, capo no te tardes mucho que yo te espero.

Beto me guiñó un ojo y se desvaneció de la vida de Sol para siempre.

-¿Qué, lo conocés? ¿Es tu amigo?

-Qué va ser mi amigo, es un boludo que no me puedo sacar de encima. Si fuera mi amigo me quedaría con él en casa, chiquita, y le di un pico en la boca. Yo siempre les doy un pico en la boca a las chicas aunque no quieran, o puteen un rato, total qué me importa.

Y pensar que el Beto se había ido hasta mi casa para hacer ese numerito por; no sé si fueron doscientos o trescientos dólares mugrientos que le dio mi viejo. Un genio. Un Dios. Mí Dios.

El guacho no me había dicho nada de la sorpresa que le tenía preparada a Solcito, pero bien que se la armó, todavía lo debe estar soñando la gorda. Aunque no sé, a lo mejor ni en sueños lo puede tener.

Entonces para que se den una idea, más o menos en esa época me fui dando cuenta, que está bueno ser millonario. Porque es como que dominás todo. Por ejemplo si un día se te ocurre que querés ver a las mucamas correr carreras en pelotas y en tacos altos, vas, les decís y lo hacen.

No seas tonto, probá, me decía mi viejo, vas a ver que te hacen caso.

Y yo, que no, que me da cosa.

-No seas boludo ya tenés casi dieciséis- me dijo medio mamado y de mal tono un día.

Al otro día cuando mamá se fue a la misa de las diez le dije.

-Fijate, pero no intervengas. Quedate del otro lado de la cortina, y que no te vean.

-¡¡¡Norma, Clarita!!!

-¿Qué se le ofrece, señorito?

-Quiero que corran. Que corran desnudas alrededor de la mesa.

-Nos podemos sacar los zapatos.

-No, los zapatos no.

Se desnudaron cortésmente sin vergüenza. Haciendo algo que se debía hacer y punto.

-La primera que se mareé y caiga al suelo pierde. La otra gana y recibe un regalo que yo mismo le doy.

-¿Cuándo empezamos?

-Ahora.

Y todo así. Porque desde ese momento yo me fui dando cuenta de que mi voz aunque un tanto aniñada, todavía en ese momento, tenía fuerza. La fuerza para que yo pudiese hacer todo lo que se me ocurriese.

Otra que empecé a practicar hace bastante tiempo es la de salir a la vereda “a ver qué pasa” como le digo yo. Vivimos en uno de los barrios más top de la ciudad, obvio. Mejor “uno” no; el más top. Toda gente bien como debe ser. Salvo por una casa. La casa de la esquina. La casa donde del lado de adentro vive la vieja negra. Qué alguien me podrá venir a decir que es buena, que va a los cementerios, a los hospitales, a limpiar a los inválidos a un asilo donde no hay agua ni luz eléctrica, y todo lo demás que le quieras agregar. Pero qué querés que te diga, es una mujer tannnnn pobre, que no da ni ahí, entendés.

Cada tanto cuando la descubro acodada del lado de afuera de su rudimentaria vivienda. Salgo afuera y hago como que le saco una basurita al Audi deportivo que tengo desde los catorce. Ella me mira. Cuando le clavo la mirada entre los ojos me doy cuenta de que se paraliza. Entonces me le voy acercando despacio. Sin pausa. También me doy cuenta de que quiere pestañear o irse o algo, pero no le sale nada. Yo sigo caminando hasta quedar a dos pasos de su cara, la cual se ubica unos quince centímetros por debajo de la mía, y le digo casi gritando:

-¿Qué pasa?- se lo digo fuerte con violencia para que se me salga un poco de saliva de la boca y un poco la moje. Así se da cuenta y siente que estoy chupando uno de esos caramelos importados, que ella nunca va a comer. Porque salen más que toda la ropa que ella tiene puesta. Entonces cuando me va a contestar lo que me contesta siempre (porque antes la dejaba que me hiciera todo el relato), que la familia no la visita y eso que tuvo nueve hijos, que la última operación de corazón no salió del todo bien. Apropósito y entre paréntesis cuántas veces la operaron. Cuántas veces se puede operar a un ser humano del corazón. Claro, a lo mejor la operan gratis los residentes para practicar.

Entonces antes de dejarla continuar la paro en seco con un solo movimiento de mi mano derecha, flexionada, realizando el movimiento habitual de cuando se tira algo por detrás del hombro, y giro y me vuelvo a meter en mi casa. Mientras me voy yendo la puteo un poco, pero ella no contesta, es como si no tuviese oídos o no tuviese voz. Pero yo sé que voz tiene. Cosa un poco rara porque los pobres acostumbran a no tenerla y ese debe ser su único punto a favor, en medio de su vida de frustración constante.

Otro cosa que está buena y que también me resulta un poco extraña es que cuando paso delante de la vieja negra en el auto y le toco bocina ella nunca levanta la mano. Ni siquiera cuando lo estaciono delante de sus narices. A lo mejor le tiene miedo a los autos o no los conoce o a lo mejor es el tema de lo oídos. Debería ir a que algún residente también le haga una práctica con ellos. Un día se lo digo.

Sin ir más lejos el otro día la veo parada junto al cordón, del lado de la calle, no sobre la vereda. Me intrigó y me crucé. Antes tuve la delicadeza de meterme dos de las pastillas polacas en la boca, por las dudas de que la charla se extendiera. De inmediato la noté un poco distinta a la mayoría de las veces, como un tanto bañada me animaría a arriesgar. Como siempre arranco yo:

-¿Qué pasa?

-¿Cómo le va? Estoy esperando el micro que no viene. Estoy tan contenta qué me sudan un poco las manos.

Y parece cierto. Larga un olor un poco espeluznante. Por lo que trato de rociarla lo más que puedo con saliva con aroma a pastilla polaca, esto en beneficio de ambos, claro. Continúa.

Un poco le perdí el hilo pero enseguida me concentro y le engancho la conversación.

-…entonces estoy, como le decía, yendo a lo de mi novio.

-No vivirá en la villa ese vago, porque este micro que estás esperando se mete en lo más profundo de la villa.

-No, no. Él vive en frente.

Estoy a punto de preguntarle si sabe que el micro que ella espera pertenece a una empresa de mi familia y también el ensamblado de los coches, pero me entretengo contemplándola de arriba del cordón de la vereda. Ensayo una especie de silbido mientras a través de los rayos solares veo como una finísima capa de saliva la va humedeciendo. Ella se deja hacer sin problema. Con la sumisión que viene aceptando desde los últimos 60 años.

Aparece el micro antes de que comience su acostumbrada perorata. El chofer sí que me conoce y sabe que una palabra mía bien utilizada podría causarle serios problemas en su ámbito laboral. Me saluda primero con la mano. Luego en voz alta.

-¡¡¡Hola genio!!!

Ni lo registro y lo hago quedar como un boludo.

Cuando la vieja negra comienza a subir los escalones del estribo le digo que tenga suerte pero no la acompaño porque prefiero manejar mi Audi.

-Ay, estoy tan contenta. Voy a conocer la casa de mi novio.

-Que tengas el mejor de los días, maestro.

Y el chofer es dos veces boludo.

Cuando el coche arranca, una bocanada de gases tóxicos queda en el aire, trato de no respirar. Pero es imposible que no se me peguen a la camisa nueva que me acabo de poner. Suerte para las chicas que van a tener algo más para lavar. Mientras cruzo la calle me pongo a pensar que yo nunca he tenido novia. Cuando toco timbre, aunque tengo la llave en el bolsillo, para que me atienda la servidumbre el pensamiento desaparece y me acuerdo de que mañana, o mejor dicho hoy a las doce de la noche, es mi cumpleaños número dieciocho.

Las mucamas se alborotan y luchan entre ellas viendo quién es la que más me atiende en esta víspera.

-¿Quiere que le prepare el cuarto de baño, señorito?

-Yo le podría brindar un masaje si así lo desea- arriesga la otra.

Hago que no las veo ni las siento y sigo de largo.

-Es tan hermoso cuando se hace el duro- se dicen entre ellas.

No, hoy no van a tener suerte. Tengo que mantener una abstinencia de al menos un día para disfrutar verdaderamente del largo día de festejos que me espera mañana. Yo sé que a mi viejo le gusta presumir delante de las visitas. Se debe haber pasado la semana entera mirando catálogos de “acompañantes”, le dije que dos era un buen número. Pero como a él le gusta exagerar un poco no descarto que sean más las nenas que me va a traer a mi fiestita de cumpleaños. También tengo que despurgar el hígado, el champán Cristal es lo más, pero quiero disfrutarlo de a poco. Limpio.

Por esas dos nimiedades nada más es que vuelvo a decir qué lindo es cumplir años y estar a la espera de tantas sorpresas. Es tan lindo. ¡¡¡Gracias dios por haberme hecho millonario!!! Qué diferencia con los pobres y sus vidas de mierda. Me los imagino en una lucha sin cuartel por un mísero trozo de pan aun durante los festejos de sus cumpleaños. En fin, cada uno tiene lo que tiene que tener.

Entonces el día va pasando. La ansiedad es difícil de bajar, por más que haga diferentes intentos para frenarla aunque más no sea un poco. Tomo algo. Como otro poco. Por fin empieza a oscurecer, saludo cortésmente a mis padres y me retiro muy temprano a mi cuarto, un lugar soñado. Tengo todo lo que se puede tener y más. Y lo que no tengo a mano lo solicito por el teléfono que me comunica con cualquier lugar en el mundo. Me desvisto, la temperatura de veinticinco grados proporcionada por el aire acondicionado me acaricia el cuerpo mientras camino y me hace un poco de cosquillas, cosa que me excita. Aburrido me meto a la cama tratando de imaginar qué me tiene preparado el destino para el día de mañana, momento en el cual, como ya dije, cumplo dieciocho años.

Pasado un rato me duermo muy profundo, cuando quiero acordar, un rayo de sol se cuela a través de la persiana no del todo bien cerrada. Deben ser cerca de las once, pienso. Abro el ojo y dejo que la luz me moleste un poco. Me gusta. Cierro el ojo y me entre duermo. Me encuentro en un limbo. Placentero. Espeso. Hermoso. Eterno.

Cuando escucho pasos me acomodo boca arriba. Cualquiera de las dos que se esté acercando sabe que hasta que no me manosee un rato la pija continúo haciéndome el dormido. Ya comienzo a imaginar y a sentir el masaje, eso me excita por partida doble. La que entra, es Norma, la más vieja, tiene como treinta y tantos, pero sigue buena. Es raro que no haya golpeado antes de ingresar. A lo mejor está un poco distraída y cansada, debe estar trabajando fuerte para que todo salga bien durante el día de hoy. Pasan varios segundos y todavía no metió su mano por debajo del plumón que me recubre. Comienza a carraspear. Dice mi nombre un par de veces; “mi nombre”. Le contesto mentalmente que hasta tanto no me toque un poco no le daré ni bola. Me llama mucho la atención su actitud. Abro imperceptiblemente los ojos para observarla. La veo erguida como una estatua de mármol. Serena. Distendida. Despreocupada. Vuelve a carraspear. Al fin habla.

-Señorito. Levántese. Hoy tendrá que hacerse grande. Papá y mamá acaban de tener un accidente.

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