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Fugitivos

Por Juan Ramón Ortiz Galeano | Fotografía: Ezequiel Rodrigo Díaz

La mujer se envuelve con sus brazos y cuenta en voz baja: “Uno, dos, tres, cuatro; la lluvia es la agasajadora del fugitivo, pero el barro es su perdición”.

El hombre llega mojado a casa, trae un recipiente de vidrio rojizo en la mano izquierda, en el interior del mismo: un collar de madera.

El frasco es destapado y obsequiado es su contenido.

Pero lo más evidente en la actitud de un esclavo que ha cometido una grave falta, es el temor a flor de piel, la incalculable atención y la entrega físico espiritual absoluta, evidenciada en su mirada vibrante, desesperada, (¿fugitiva?); porte que exacerba el ya intrínseco enojo del amo, no que lo envalentona, como sucedería con un perro, sino que le otorga el justificativo que precisa para soltar el desagravio con toda su fiereza y crueldad contenida.

El collar está colgando del cuerpo desnudo de la muchacha, entre sus senos: seduciendo; entre sus pezones: endureciendo. Ella acomoda sus armas sobre la cama —que es ahora la guillotina— y él la ama aferrado al amuleto, a su manera de pedir perdón.

Pero es tarde, pues el metal es preciso y su espalda es perforada.

La mujer se levanta entre la sangre y camina, a paso lento, en dirección a un enorme espejo situado en la misma habitación (camina erguida pero visiblemente triste), se detiene frente al vidrio e intenta mantener al cuchillo dentro de la danza que inconscientemente ejecuta con sus dedos, danza que ejecuta para expulsar el miedo de su cuerpo, de su mente, para demostrar no temerle, pues: ¿quién bailaría aterrorizado? No obstante, pronto descubre que no puede engañarse a sí misma, y una lágrima surca su rígido pómulo derecho: ¿el arrepentimiento? ¿la culpa? ¿la angustia? ¿el terror? Entonces el puñal, que no se adapta a los quebradizos movimientos de los precipitados bailarines, cae al piso ensangrentado y rendido; sutiles sonidos son provocados por el impacto, ella baja su mirada para ver de qué se trata y nota sobre el alfombrado, impresas en la sangre, huellas de pies desnudos que marcan el trayecto realizado entre la cama y el espejo (“pero el barro es su perdición”); sorprendida alza su mirada y, escrutándola contra el espejo, descubre que se encuentra hermosa en el exacto momento en que el amanecer ilumina el cuarto.

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