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Ya nadie quiere morir joven

Por Lucas Damián Cortiana

“Así es como me gusta, nena.
No quiero vivir para siempre”
Lemmy Kilmister (Motörhead)

Cuando Amy Winehouse murió en 2011 tras una vida llena de adicciones, fama, éxitos musicales avasallantes y shows en vivo donde tambaleaban sus delgadas piernitas, se caía borracha en el escenario, se calentaba con sus músicos, se olvidaba las letras o simplemente las balbuceaba, parecía que todo volvería a la normalidad en el universo del rock, cuyos aficionados suelen tener una notable inclinación hacia la idolatría de los artistas decadentes, la degradación gradual y las piruetas tóxicas. Amy Winehouse, mientras estuvo en la cresta de la ola, fue un sacudón a la pachorrienta escena rocanrolera anglosajona, donde las legendarias bandas parecían trascender las barreras del tiempo y monopolizarlo todo, dominando desde la comodidad que supone tener una cuenta bancaria gigantesca, mansiones en islas del pacífico, elegantes casamientos con divas, ruidosos divorcios con divas, paparazzis internautas, un ejército de fans, facilidad para repetir las fórmulas ganadoras y el aburguesamiento que recae en alguien más cercano a un magnate del espectáculo que a un rockero de raíz; y las nuevas promesas no presentaban demasiadas reformulaciones atractivas a lo mil veces escuchado, rumiado por los oídos y digerido por el hemisferio derecho. Los fines de los ’90 y casi toda la década del ’00 carecieron de guitar héroes y voces inolvidables. Amy se puso manos a la obra: desempolvó viejos álbumes de soul y blues para inspirarse, peló una voz agrietada y áspera de negra del Harlem, un peinado Motown y comenzó a vomitar letras crudas y dolidas, inyectándoles además, carisma, sensualidad, amor/odio a los hombres y una vida debajo de los escenarios que coqueteaba con la muerte con cada dosis de heroína o con cada sniffeada de merca. Cómo olvidar su oda a las granjas de recuperación por consumo de sustancias en “Rehab”, donde se ríe de su descontrol y tosquedad, amén de su sinceridad: “intentaron que fuera a rehabilitación / y dije no, no, no. / No voy a perder diez semanas para que crean / que estoy sentando cabeza.” Yo solía escucharla a mis veinte años en un equipo de música de los que ya no hay, imaginando su silueta de gacela tatuada en esos espacios de luz y sombra que genera un velador y acariciando su garganta en esos espacios siderales de estrellas fugaces y agujeros negros que producía su voz cósmica a las dos de la mañana. Íntimamente sabía que se iba a morir joven. Y ella también… ¿qué otra cosa tenía para ofrecer más que su propio sacrificio?

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Las cosas fueron bien por un tiempo. Tres años antes, los necromaníacos festejaron el deceso de la primera estrella joven que desaparecía trágicamente desde Kurt Cobain. El carilindo de Heath Ledger venía a suplir una necesidad mórbida que no se satisfacía desde que Kurt se había dado un escopetazo en la boca, y luego de haber representado a un Guasón desmadrado y border, lo mejor que le podía pasar, la manera de trascender hasta el infinito era morir joven poniéndose encima la chapa de mito, de leyenda maldita tras la autopsia: “falleció como resultado de una intoxicación aguda por los efectos combinados de la oxicodona, hidrocodona, diazepam, temazepam, alprazolam y doxilamina” decía el parte médico. “Los medicamentos son prescritos comúnmente en los Estados Unidos para controlar el insomnio, la ansiedad y la depresión”, repetían los periódicos. Todo lo que necesitaba una generación para su altar de tragedias transmitidas en vivo y en directo lo tenían en ese cuerpo que no respiraba. La historia de las músicas populares y del celuloide simpatizan con la idea de un/a muchachito/a deprimido/a, descontrolado/a por la fama, incapaz de lidiar con los vampiros chupasangre de la industria y poseído por su arte. Muchos coinciden en que Ledger personificó a la mejor némesis de Batman de la historia, emulando a grosos como Jack Nicholson. Morir a los veintiocho, lejos de ser un chasco, es a veces una ambición. Después de todo, la lujuria por la vida no es otra cosa que codicia por la muerte.

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“Si pudiera clavar un puñal en mi corazón / suicidarme en escena/ ¿le bastaría a tu lujuria adolescente? / ¿ayudaría a aliviar el dolor? / ¿ayudaría a tu mente?” Mick Jagger cantó aquellos versos entendiendo que el fanatismo, como toda conducta desmedida, trae aparejados consigo deseos ciclotímicos: ver al ídolo en la cima, luego verlo en las profundidades y luego verlo resurgir de las cenizas para devorarse el mundo una vez más hasta que llegue su reemplazo, alguien más joven, eufórico y principalmente, dispuesto al auto flagelo. Ese famoso rise and fall, auge y caída que tanto usan los yankees y que es el leitmotiv de miles de películas, desde Rocky hasta Toy Story, la vida real lo trae en forma de rockstar, aunque algunos temerarios se saltean la parte del resurgimiento, adhiriendo al lema “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”. Mick amenazó a sus veintitantos con retirarse a los treinta para que su personaje no se convirtiera en una caricatura. Paul McCartney se pensaba así mismo a los sesenta y cuatro arreglando un fusible, cuidando el jardín y alquilando una casita en la Isla de Wight cada verano, pero nunca tocando un bajo distorsionado. El rock es sinónimo de juventud y hormonas. Todo lo que sucede más allá de los treinta tendrá atisbos de rock, sed de rock, gloria de rock, pero será otra cosa: un síndrome de Peter Pan, una egolatría sin curar. Todo lo que pase después (las sentencias siempre duelen), deja de ser visceral para convertirse en natural. La muerte es el horizonte más próximo para todos aquellos íconos que sobrevivieron a los ’60 y ’70. Se mueren, se les hace un par de álbumes tributos, unos especiales en TV, un premio que recibirán sus dolientes y ya está. Es lo natural. Vejez. Muerte. El desafío a la naturaleza de la decadencia corporal es casi milagrosa y por ello, se ovaciona de pie en cualquier teatro o en cualquier funeral. Que alguien muera o se mate sin que nadie conozca cómo se vería su rostro con arrugas, cómo se vería su cráneo calvo o canoso o cómo serían sus nietos, es una maravilla perversa, al menos, un pacto con el diablo. A cambio, el trueque es por fotos de eterna juventud, ojos llenos de inmortal frescura y rebeldía, velocidad y camperas de cuero, luces y guitarras, fans y groupies adolescentes.

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El retiro en el rock no existe, por lo tanto, la opción más viable es la muerte en todas sus formas: suicidio, sobredosis, coma alcohólico, accidente automovilístico, muerte dudosa. Cada una de ellas ha tenido sus adeptos y hasta no hace tanto, la religión o más bien el dogma era aquella que sostuvo Neil Young y que fue la post data de alguna que otra carta suicida: “es mejor consumirse que dormir oxidado.” Pero el escenario, extrañamente, ha cambiado. La culpa puede ser de twitter o de instagram, lo mismo da. La exposición permanente en las redes, el deseo de más y más seguidores, de mostrarse más y más, es una forma incendiaria pero a la vez protectora. La verdad es que ya nadie quiere morir a los veintisiete. Hay demasiada vulgaridad en los lujos de las estrellas de hoy. Demasiadas carnadas imposibles de desperdiciar. Antes había lujos también: jets privados, fiestas en la mansión de Playboy… pero lo que allí sucedía se convertía en leyenda, en supuestos, en la sobredimensión de las historias pasadas de boca en boca. Hoy hay súper ostentación. Todo se sabe al instante. La fama hoy actúa así: mostrar, mostrar, mostrar. No es preciso morir. Y allí consiste la levedad, lo triste, patético y vano. Cualquier guionista podría pensar en un fin mejor para Floyd Mayweather más que el de nadar en una piscina repleta de dólares hasta el borde. Cualquier productor de cine haría maravillas con un Bieber ahogado en su propio vómito o unos One Direction inmolados a lo bonzo. Pero no. Justin prefiere pedir perdón llorando en el escenario de los VMAs, rogando “acéptenme de nuevo”. Hay que portarse bien, morir joven no es políticamente correcto. Puedo pronosticar que la única con reales intenciones suicidas es Miley Cyrus, quien además, cumple con los requisitos mínimos para ser ofrendada a las multitudes: belleza, juventud, sex appeal y haber sido una chica buena e inocente antes de tirarse por el tobogán del reviente. Pero queremos sangre. No nos conformamos con menos. ¿No es que el cliente siempre tiene la razón? ¿No se trata sólo de entretenimiento? Mientras, seguiremos babeándonos con los despojos de Marilyn, Rodrigo, Morrison y Hendrix. Es mejor morir como dinosaurio que vivir como lagartija.

 

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