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Entrenando a la bestia

Por Luciano Sáliche

I

No me interesa ni mierda el infarto que relató Hernán Casciari. Que estaba en Uruguay morfando, fumando, escabiando y engordando como un Julio César esponjoso, y que de pronto, en una ráfaga vengadora, el destino se le clavó en el medio del pecho, en el medio del corazón, en el medio de la vida insurrecta. No me importa ni mierda porque yo ahora estoy saltando con pasos veloces y regulares -primero el derecho, luego el izquierdo- sobre una cinta que gira a 10 kilómetros por hora y que marca los minutos que van pasando con mucha puntualidad. Lo escucho por los auriculares que se conectan a mis oídos: Casciari, desde una FM progre y careta, me lo cuenta, y no me importa ni mierda. Acá el techo es alto; el espacio, luminoso. Corre una brisa fresca que viene de un enorme ventanal, pero también de un aire acondicionado gris perla y de tres ventiladores colocados en los rincones de la enorme habitación. Un cartel grande con letras gruesas y negras dice GYM pero a mí me gusta más cómo suenan las tres sílabas y esa M que se impone respetuosamente sobre la N: GIMNASIO. ¿Qué carajo es un gym?, pienso. Esto es un gimnasio, no es un gym.

Su etimología proviene, como la mitad de Occidente, de la Antigua Grecia. Y si bien gymnos  significa “desnudez” y gymnasium quiere decir “lugar donde ir desnudo”, mi cuerpo ahora está danzando sobre la máquina con poca ropa, pero la suficiente como para estar vestido. Y esta costumbre -este pudor que nos corroe y nos alimenta como humanos y que nos da la imaginería del deseo y de pensar qué se esconde detrás de la ropa- actúa como una suerte de sintonía inquebrantable para no generar dispersión, y que prevalezca la concentración. Mi cuerpo se mueve rápido, siempre concentrado, salta, permanece un par de microsegundos en el aire y cae. La escena se repite una infinidad de veces de manera geométrica: primero el pie derecho, luego el izquierdo. El movimiento de los brazos permite el equilibrio y la mirada, ese hueco negro y vacío, está puesta sobre un punto fijo: una mancha en la pared, el recorrido circular de las aspas del ventilador del fondo, la hilera de las luces que cuelgan del techo que se vuelve infinita al reflejarse en el espejo, el sinsentido de la vida o la existencia en general.

El lugar es una pequeña puerta de vidrio sobre la calle Bartolomé Mitre en el barrio combativo de Congreso, ese lote donde los edificios son grises y están surcados por sarro y mierda de paloma, por graffittis encriptados y cables mojados, por conteiners de basura a medio a abrir y manzanas que ruedan por las veredas como escapándose voluntariamente de las cajas de madera de la verdulería. Clínicas monumentales con familiares fumando y aguantando el llanto en la puerta, vendedoras it girl de zapatos que cruzan al chino por kilo a comprarse algo diet, wachitos fumones que toman birra del pico en la esquina del kiosco, princesas asalariadas que buscan ofertas en el Día%, manifestaciones empoderadas por banderas rojas y reclamos desbocados frente a una fila de cobanis empilchados con una pechera naranja que dice POLICÍA. Y en medio de todo esto… el gimnasio, que succiona varones y mujeres como alejándolos de la peligrosidad del mundo. O entrenándolos para enfrentarlo.

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II

En los cuadros que componen el ambiente hay planos de músculos retocados con buenos filtros y Photoshop: en la pared izquierda, un efectivo abdomen femenino y otro con un brazo masculino que tiene bíceps de acero. En la esquina, una espalda brillosa y torneada junto a una cola de una veinteañera en calzas. No hay excesos, no hay fotos físicoculturistas ni exageración de musculatura. Acorde a la belleza de época, todo luce delicadamente sensual. Y pienso que la actividad física que se realiza en un gimnasio es profundamente erotizante. De hecho la ciencia lo avala: la Universidad de California asegura que correr 40 minutos diarios aumenta el nivel de testosterona incrementando la actividad sexual; el Instituto Nacional del Envejecimiento en Baltimore, que correr estimula la producción de neuronas nuevas, las cuales mejoran la inteligencia; los cientistas del Hospital Universitario de Bispebjerg en Copenhague, que el riesgo de muerte entre los corredores es de 44% menor que los no corredores; y la revista Journal of Applied Physiology, que el running mejora la calidad del semen. Ahora, mientras corro en la cinta, empiezo a pensar que todo esto tiene que ver con un profundo deseo occidental: ser sexualmente activo, inteligente, no morir joven y procrear.

La geografía poblacional que asiste diariamente a un gimnasio suele estar emparentado con un estilo de vida, pero sobre todas las cosas con la obsesión por lucir como alguien que tiene un estilo de vida. La apariencia es clave porque lo que se trabaja en estos lugares es el cuerpo, la cosificación de nuestras personalidades. Pero, ¿quiénes son los modelos a seguir en este atiborrado mundo donde la selfies invaden no sólo Instagram sino también nuestra manera de construirnos? La belleza toma aire y se vuelve a exponer con nuevas cualidades, nuevas formas y nuevos contextos que le exigen inclusión. Con el acceso a internet de un número importante de la población, las imágenes se imponen por sobre los textos y hoy se puede ver que la red social del momento es un cúmulo de fotos filtradas que pendulan entre la comida, los paisajes y los primeros planos. La pregunta de época que resuena es trascendental: ¿todos los platos de alimentos son bellos? ¿todos los paisajes son bellos? ¿todas las personas son bellas? Hay una selfie de un ex compañero del colegio comiendo una pizza con poco queso en un aeropuerto provincial que tiene todas las respuestas.

En Congreso esta discusión ya está saldada. Acá no hay selfies porque en este barrio se caen los clichés, se disuelven en ácido los estereotipos: la gente es fea. Y esta fealdad -por más que se la moldee con horas y horas de ejercicio, buena pilcha y onda positiva- trae consigo el componente de lo irreversible. ¿Por qué no hay una Malena Lezcano o una Magui Bravi sudando endorfinas femeninas bajo el tinglado radiante en el Este de Balvanera? “Arrebatarle a la burguesía el monopolio de la belleza”, dice el filósofo francés Régis Debray, porque el poder se construye con una sofisticada armazón hegemónica. Desde que el mundo es mundo y el capital gobierna la voluntad humana, la sociedad se dividió en dos clases: los ricos y los pobres. Quien tiene mucho dinero no perderá la oportunidad de cogerse, enamorarse, casarse y tener hijos con alguien objetivamente hermoso. De esta forma la belleza se mueve junto a la riqueza reproduciéndose bajo los confines de la herencia y la elección, y es así como la clase dirigente construye su hegemonía estética. ¿Es posible que algún día la clase subordinada se revele y expropie la belleza que la burguesía expone en sus medios de producción, en sus revistas de moda, en sus canales televisivos, en las gigantografías a la vera de las autopistas? El optimismo desbocado de Karl Marx diría que sí. Mientras tanto, una horda de pobres y feos nos entrenamos como bestias hambrientas en gimnasios sin revocar soñando que tal vez, sólo tal vez, algún día, cuando juntemos la fuerza necesaria, daremos el batacazo.

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III

Cuando en 1994 un grupo de fisicoculturistas de Florida secuestró, torturó y estafó al empresario argentino Marc Schiller -todo recreado en la película Pain & Gain-, Daniel Lugo, el líder de la organización y entrenador de Schiller, aseguraba que el motor de su vida era el desafío. Todo lo hacía porque él era un emprendedor. Por eso robaba, mataba, pensaba, sudaba, se entrenaba y vivía; porque era un emprendedor. Y si el sistema no le permitía crecer legalmente y salir del pozo roñoso de mancuernas y pesas de hierro, él mismo lo haría de la otra forma, la que tiene mala prensa, la ilegal. Lo importante, decía, es no quedarse quieto. ¿Por qué alguien se castiga hasta adquirir formas inhumanas en un gimnasio metropolitano? ¿Qué motiva a la autoexigencia extrema, al sudor, las venas rotas, la sangre espesa, el dolor en la sien, los miembros dormidos, los músculos en estado de alerta? Mientras salto en la cinta que se desliza a 10 kilómetros por hora debajo de la planta de mis pies pienso en cómo el verano beneficia a lugares como este. Las vacaciones que se acercan con un viaje no tan extenso hacia alguna playa de arena caliente o de río fresco de consistencia verdosa o las tardes en pelopinchos o piscinas refractarias, todo conspira para que un focus group improvisado dibuje la necesidad de ingresar al estilo de vida saludable. Quizás el temor humano más primitivo y profundo, el miedo a la muerte, sea el que puja en la mente humana activando un censor cada vez que el espejo muestra un cuerpo en el lento y contundente proceso de degradación.

Por las mañanas el gimnasio no necesita toda la potencia de la luz artificial. El sol que se cuela por las ventanas coopera para que la iluminación tome esa ambigüedad que mezcla naturaleza con tecnología generando un ambiente ciborg, entre las máquinas, las pesas, los ventiladores y los cuerpos semidesnudos sudando humanidad. Por las mañanas el gimnasio está casi vacío: apenas unas cinco o seis personas entrenan y beben agua de forma aleatoria. Hace varios días que el número ha disminuido y todo parece indicar que así seguirá siendo. El joven y recién recibido profesor de educación física que supervisa el lugar durante seis horas corridas me lo cuenta, también me lo dice la secretaria detrás del mostrador que recibe a los ingresantes: hace unos días que hay menos gente. Y no tiene que ver con la segunda quincena de enero ni con el exilio meticuloso hacia la costa argentina sino con algo mucho más concreto: la inestable situación económica del país, que trajo consigo una masiva ola de despidos que en el ámbito estatal llegó a los 23 mil. Todo aparece en la pantalla amurada a la pared que yo ahora miro mientras continúo con mi danza geométrica sobre la cinta de running.

Pero si hay algo que puede observarse entre los camillas forradas de cuero rojo ya gastado por tanto sudor es la actitud. No es comportamiento, como podría sugerir Noah Cicero si estuviera al lado mío, es una actitud que, a diferencia del comportamiento, se caracteriza por ser activa. Hombres y mujeres levantando cosas, bajando cosas, moviendo cosas con transpiración en la piel y sangre galopante en las venas. Quien se ha acostumbrado a verter toda su energía esquizoide en un lugar tan espantoso pero a la vez motivante como este, ¿en qué se transformará cuando deje de hacerlo? Ustedes, lectores gordos y aburridos, que creen que es una experiencia superficial el comprimir sus cuerpos en cada abdominal,  ¿cómo intentarán frenar el paso del tiempo, la llegada de la muerte, el lento y contundente proceso de degradación, mientras la vida se llama vida? ¿Cómo piensan arrebatarle a la burguesía el monopolio de la belleza? ¿Cómo sobrevivirán cuando toda esta mentira de especulación y democracia explote? Yo, que aún conservo mi empleo y vengo a este lugar regularmente para templar mi carácter, apago la cinta, me seco la frente con el brazo, tomó un trago de agua de la botella y, mientras me dirijo al fondo del gimnasio adonde están las pesas, pienso en que lo más importante es mantener la actitud activa -jamás pasiva- y ahora que todavía la vida se llama vida hay que entrenar a la bestia, al animal, al desclasado para dar el batacazo. Algún día. Lo demás no me importa ni mierda.

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