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Salinger

Por Martín Seoane | Fotografía: Matías Cor

 

Me miró. Tenía los ojos rojos y brillosos. Tomó aire. ¿Para vos cuál es el puto?, dijo. ¿Pepe Guerra o Braulio López? La pregunta no era fácil. Me quedé unos segundos en silencio, meditando mi respuesta. ¿Cuál fue el que ganó el 5 de oro pero perdió el papel? Pepe Guerra. Ese, dije, ese es el puto. No parecía convencido. Sus ojos me pedían algún tipo de explicación que apoyara aquella respuesta tan contundente. Era la mirada del alumno que no consigue descifrar la teoría de su maestro. Claro, dije, vos fíjate, hay que ser muy puto para sacar el 5 de oro y perder el papel, es más, hay que ser muy puto para sacar el 5 de oro, perder el papel, y después llamar a la televisión y a la radio para contarlo, porque además de puto sos gil. Lo pensó. Sonrió. Puto y gil, dijo. Y sonrió de nuevo. De pronto sentí que tenía la respuesta indicada para cualquier pregunta que pudiera hacerme, que tenía una teoría para cada boludes que se le pudiera ocurrir. A esa altura de la madrugada era un experto en todo. ¿Puto, gil y mal tipo, no? No, respondí, mal tipo no, un gil nunca puede ser mal tipo. ¿No? No, ser mal tipo es otra cosa. ¿Qué es ser mal tipo? Otra vez aquella mirada hambrienta de sabiduría. Mi silencio, ahora, era solo para aumentar su curiosidad. Hay muchas formas de detectarlo, el mal tipo es el que te dice que la empanada de carne no tiene pasas de uva pero cuando la mordes se te llena la boca de esas cosas negras o violetas, que parecen los dedos arrugados de una vieja que se quedó media hora bajo la ducha, mal tipo es el que en navidad compra budín con fruta abrillantada y permite que la industria de la fruta abrillantada siga existiendo, mal tipo es el que en un embotellamiento se cuelga de la bocina, mal tipo son todos los otros que lo siguen, pero peores, porque son imitadores del primer mal tipo, que por lo menos es el original, la fuente de la primer bocina, mal tipo era Salinger que escribía bárbaro pero escribía cualquier boludes, o Faulkner, que no te avisaba ni quién carajo estaba hablando como si tuvieras todo el tiempo del mundo para leerlo, como si afuera no estuviera soleado, como si no tuviera que salir de mi casa, como si el perro no se estuviera meando, como si el tiempo no pasara y fuéramos inmortales. Pará, me dijo extendiendo su mano derecha con los cincos dedos abiertos. Tenía un cigarro entre los labios que se sacudía cuando hablaba y los ojos entrecerrados por el humo que subía hasta el techo. Te colgaste, dijo. Es que el tema del mal tipo me apasiona. ¿Cómo es eso? Me apasiona, no sé, a veces voy por la calle y voy señalando, mal tipo, buen tipo, mal tipo, buen tipo. ¿Entonces estás loco? No. Silencio. ¿Y cómo los diferencias?

Depende. ¿De qué? No sé, varía, a veces es por cómo caminan, o por la nariz, o por la corbata, o porque se suben al ómnibus antes que la embarazada o porque le dan tres pesos de propina al que le trae la pizza hasta la puerta de la casa un domingo de lluvia. Se rió. ¿De qué te reís? Ayer le di tres pesos al de la pizza, no llovía, y no era domingo, pero le di tres pesos. ¿Soy mal tipo? Ayer sí, pero nadie es mal tipo todos los días.

 

Sonó el teléfono. Caminé hasta la mesa pensando en cuánto tiempo había pasado desde la última vez que alguien había llamado al teléfono de línea. No pude recordarlo. Seguro había sido mi abuela, o un encuestador. Levanté el tubo y dije hola. Él me saludó, y después me dijo escuchame, ayer me dejaste pensando. Yo lo frené. Tenía que preguntárselo. ¿Por qué me llamas a este teléfono? ¿Cómo? ¿Por qué me llamas a este teléfono, y no al celular? Cierto, ¿es raro no? ¿Te acordás que hace un tiempo empecé el psicólogo? No me acordaba, pero no se lo dije. Bueno, el otro día le hablaba que me sentía como estancado, que los días pasaban y siempre lo mismo, despertar, ir a trabajar, hacer algo de noche contigo o con otro amigo o con nadie, volver y dormir. ¿Y qué te dijo? Me recomendó que tratara de cambiar algunos hábitos, que fuera a la parada por un camino diferente, que saliera a correr por la rambla de madrugada, que vaya de visita a algún lugar que nunca hubiera ido, que viaje, que haga cosas nuevas. ¿Y llamar a mi teléfono de línea en vez de al celular es uno de esos cambios? Sí, el primero, hay que ir de menos a más. Nos reímos un poco y después le pregunté cuánto le cobraba el psicólogo y volvimos a reírnos, aunque no creo que le causara mucha gracia. Ayer me dejaste pensando, dijo para volver a encarrilar la conversación. ¿En qué? Con eso de Saminyer. ¿Qué? Saminyer. ¿Salinger? Ese, Salinger, me quedé pensando en eso de que sabía escribir pero escribía cualquier boludes, entonces hoy me levanté temprano y fui a la librería y pedí un libro suyo, cualquiera, para conocerlo. No sabés lo que era la mina de la librería. ¿Divina? No, un espanto, ¿alguna vez viste una vendedora de libros que esté buena? Jamás. ¿Raro, no? Rarísimo, dije, y agregué, son más feas que las vendedoras de championes. Se rió y me reí. Siempre pasaba lo mismo. Estábamos hablando de una cosa y terminábamos hablando de cualquier otra. A veces cortábamos sin tocar el tema por el que habíamos llamado. ¿Qué te pareció Salinger? Espectacular. ¿De verdad?

Sí, me encantaron sus cuentos, ese del niño prodigio que ve su propia muerte es buenísimo, y el del tipo que se sienta en la cama como si nada y saca una pistola y se vuela la cabeza también, y el del profesor de una academia de arte que quiere levantarse una monja y le pregunta en una carta si puede pasar a visitarla me gustó mucho, aunque no lo entendí, en realidad no entendí ninguno, pero son geniales, ¿a vos no te gustaron? No. ¿Y podes escribir como él? No. Dejó escapar algo que se pareció a una risa muy breve, después hablamos de cualquier otra cosa, pavadas, como siempre. Antes de cortar me dijo que pasaba por casa más tarde, de noche. Cuando colgué el teléfono prendí la computadora y me senté a escribir. No me salió nada. Puto Salinger.

Estuve un rato frente a la pantalla con la página de Word en blanco. Cada tanto agarraba un libro de la biblioteca, leía un párrafo que me gustaba como para tomar coraje y volvía al teclado. No había caso. Todo lo que escribía me parecía espantoso. Me rendí. Prendí la televisión. No encontré nada así que me acosté. Por la ventana entraba aire freso y se veía el cielo claro y celeste. No necesité oscuridad para dormir.

 

Afuera llovía y estaba frío así que esa noche decidimos quedarnos en casa. Compramos cerveza y pizza y nos sentamos en el sillón con el estómago lleno, sin hablar, cada uno con sus pensamientos. Esa era una de las cosas que más me gustaba de nuestra relación. Y la que más extraño. Podíamos quedarnos horas enteras en la misma habitación, callados, mirando lo que sea o pensando en lo que sea y cuando al fin uno de los dos abría la boca no era para decir qué te pasa, contame, por qué estás tan callado. El silencio se respetaba y si no había nada para decir no se decía, y punto. Nunca lo hablamos. Pero era un pacto aunque no lo hubiéramos firmado. ¿Qué es eso de hablar de cuánto va a llover mañana?, decía cada vez que alguien le hablaba del tiempo.

La televisión estaba prendida con el volumen bien bajo en algún partido de fútbol argentino, de esos que no le importan a nadie, un Aldosivi vs Temperley o algo así. Para colmo iban 0 a 0 y nadie pateaba al arco y el comentarista pedía que no cambien de canal, que los goles estaban por venir. Yo pensé que era imposible que esos perros hicieran un gol y que el comentarista era un fantasma, y lo miré a él para decírselo pero me arrepentí. Tenía la boca y los ojos bien abiertos. Miraba la biblioteca. Parecía cansado. De pronto comenzó a hablar. Me contó que esa tarde después que hablamos por teléfono volvió a la librería para comprar otro libro de Salinger pero la muchacha le dijo que no tenía más.

Hace algunos meses que de Salinger no entra nada, dijo, ya nadie lo lee. Entonces él caminó hasta la puerta y antes de salir giró y miró a la vendedora una vez más, como para despedirse, y la vio hermosa. La invitó a tomar un café. Ella le dijo que salía a las cinco. La esperó. Entraron en un bar y pidieron café. Hablaron de Salinger. Ella le contó que había escrito algunos cuentos y un libro muy famoso y que después no escribió nunca más. Él le preguntó si sabía por qué y ella le dijo que no tenía ni idea, que nadie la tenía, aunque hacía muy poco un tipo había publicado un libro en el que prometía revelar aquel secreto a quien lo comprara. Se había agotado en una semana. Cuando volvieron a la calle la besó. Ella, sorprendida, también lo besó, con los ojos cerrados y los brazos alrededor de su cuello. Después le dijo que tenía novio y se alejó, con pasos cortos y rápidos y las manos agarradas a los codos como si tuviera mucho frío.

Es una historia muy triste, le dije cuando terminó. Sí, como las de Salinger. A mí las de Salinger no me parecen tristes, dije, me parecen malas. Para mí son solo tristes, dijo, y nos quedamos callados. Después de un rato me preguntó si podía escribir esa historia y yo le dije que podía intentarlo. No le prometía nada.

 

A la mañana siguiente sonó el teléfono. Otra vez el de línea. Pensé que era él. Me sorprendió escuchar la voz de su madre. Apenas podía hablar. Me contó que la había despertado el disparo y que cuando entró al cuarto ya estaba tirado en el suelo. Como en un cuento de Salinger, pensé. Y me puse a escribir.

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