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Star Wars: re-boot de un mito liberal

Por Nicolás Gonzalez Varela

 

He aquí una muestra de la nueva psicopolítica burguesa de la emoción y del mito. Como decía Borges, en estos tiempos en que los literatos parecen haber descuidado sus deberes épicos, lo épico nos ha sido conservado por films como Star Wars. Nobleza obliga: spoilers primero que nada: el Halcón Milenario vuelve, la Estrella de la Muerte es reemplazada por una gigante réplica a escala planetaria, los hologramas siguen vigentes, the Force se sigue pareciendo demasiado al mítico Anillo de Tolkien y J. J. Abrams es más “spielbergeriano” que “lucasiano”.

La visión de la nueva entrega de la franquicia Star Wars tuvo algo de nostálgico y mucho de dèjá-vu: había tenido la oportunidad de ver la primera entrega en su momento (1977) en el cine como espectador adolescente (¿e ingenuo?) y ahora en un rizo impensable del destino me sentaba con unas coquetas gafas 3-D (by Sony) a ver la última entrega del producto. Por supuesto que Star Wars y su productos seriales han sido analizados ad nauseam desde distintos puntos de vista en tanto mito posmoderno, en tanto cultura popular burguesa: como fuente de intuiciones filosóficas y éticas, como mito imperialista, como proyección de la experiencia popular de los propios EEUU, como representación de los derechos humanos, como visión teológica y religiosa, como cosmovisión de la generación de la clase media durante la Guerra de Vietnam o como producto “blockbuster” de lo que se conoce como New Hollywood (del cual Disney es una de sus usinas principales). La nueva entrega se pliega a esta nueva lógica del mercado Marvel style: se potencia la emulación, la nostalgia por sobre todas las cosas, además de la reutilización de ideas, caracteres y arquetipos narrativos que hayan probado ser lucrativos.

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El re-boot es el mágico descubrimiento industrial del último año, de Jurassic World pasando por Captain America a Mad Max: Fury Road. Estas nuevas películas han dejado de ser “secuelas”, formato ya anticuado; esta ya no es la forma en la que el Capital transnacional de entretenimiento funciona. Olvidemos la secuencia finita o unitaria: hemos entrado en la era mercantil de la serie infinita. Si el formato en serie se basaba en la obsesión de Lucas por el serial de los 1940’s “Flash Gordon” y el cómic de DC “Tommy Tomorrow”, el contenido ideológico era bastante claro: Star Wars era una reacción-sublimación sci-fi de la guerra de Vietnam (Han Solo está inspirado en el director Francis Ford Coppola que había realizado Apocalypse Now, segundo mentor de Lucas después de su padre), los rebeldes que se enfrentan a un Imperio casi invencible en zonas boscosas y con armas desiguales son los vietcongs (aliados con connacionales críticos); el Imperio militarista y decadente no es otro que los EEUU de fines de los 1970’s; la contradicción política es entre forma republicana o deriva totalitaria; y el Emperador, incluso en sus tics, no es otro que Richard Nixon.

Si la entrega de 1977 (considerada por el American Film Institute como una de las mejores cien películas del siglo XX) podía leerse todavía en clave ideológica simple, incluso su evidente arraigo a las condiciones sociopolíticas de los EEUU, ahora ya no es el caso. Aquella ya no refleja, ya no reflexiona sobre nuestros tiempos. Habemus globalización! Habemus crisis de la democracia liberal! SWFW es al mismo tiempo un producto más transnacional, un upgrade del original, y una declaración de lealtad de J. J. Abrams. Pero además es una muestra exquista de la técnica de poder del régimen neoliberal, ahora prospectiva, permisiva y proyectiva. En el film hay un empate explícito e inestable entre (nueva) república y totalitarismo: Luke Skywalker ha desaparecido (el plot “MacGuffin” del film), de las cenizas del Imperio ha surgido una evolución neofascista más siniestra: la Primera Orden bajo la égida de un Líder Supremo (animado por CGI) maquiavélico y con un carismático general Hux; la princesa Leia es ahora una plebeya con grado militar, la generala Organa; hay un Vader-lite (Kylo Ren) con el complejo de Edipo a flor de piel y Han Solo tiene una nueva re-encarnación en Poe. La galaxia entera se encuentra en un estancamiento económico-tecnológico, lleno de desigualdades (incluso trabajo a destajo y formas de esclavitud) debido la propia corrupción e inestabilidad de la new Republic, al mejor estilo Weimar en los 1930’s. La destrucción de la primera Estrella de la Muerte treinta años antes ha traído al parecer la victoria militar pero una inestabilidad sistémica, una crisis financiera masiva, una época oscura de estancamiento, con las instituciones políticas obsoletas u osificadas (la misma República o el Senado, burócratas corruptos), caldo de cultivo para el surgimiento de la Primera Orden.

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Ideológicamente es claro el resultado para el espectador: la Democracia puede derivar en autocracia y totalitarismo, el Comercio y la Economía “sin intervención”, la mano invisible del mercado, la misma Metafísica mercantil, une a la galaxia. Es más: la autarquía económica de algún planeta es una utopía reaccionaria en los tiempos del intercambio comercial Hyperdriven, pues se han evadido las restricciones de la relatividad. Como en la actualidad en plena globalización económico-financiera galáctica (galacticisation), la velocidad y la eliminación de la distancia en el comercio permite que, por ejemplo, el planeta desierto de Tatooine (monoproductor de minerales) o el planeta helado de Hoth puedan sobrevivir gracias a importaciones. Si como queda implícito el doux commerce genera urbanidad, convivencia, estabilidad, entonces el Liberalismo es la estructura económica idónea para la nueva República cosmopolita. Aunque la desigualdad social y política todavía reina en la galaxia, la vida debe continuar: Anakin Skywalker, el Jedi emocionalmente herido que más tarde se convierte en Darth Vader, aparece por primera vez como esclavo en Tatooine; el hijo de Anakin Lucas, aunque no es un esclavo, es una suerte de autónomo de segunda generación que vive en una pobreza relativa, mientras que los que están en el corazón de la galaxia (como el planeta Hosniano Iº, sede del Senado y urbanizado en su totalidad y destruido por la Starkiller base) viven en el lujo. Como demuestra el caso de la nueva heroína Rey, los humanos trabajarán por una miseria en ciertas condiciones, si es necesario, para reproducirse como fuerza de trabajo revolviendo chatarra o basura. La explotación laboral sin límite puede llevarlos al lado oscuro, hacia la desafectación, el cinismo y la servidumbre voluntaria.

Las ganancias del comercio galáctico se reducen, sin embargo por monopolios concedidos de manera corrupta a grupos industriales multigalácticos, como la Federación de Comercio, que invade el planeta pacífico de Naboo en el Episodio I. Las franquicias estilo Compañía de Indias son preocupantes. Permiten que al monopolista cobrar una prima, capturando beneficios que de otra manera fluirían a productores o consumidores; animan a la criminalidad de los que tratan de eludir el monopolio exclusivista (como el contrabando de especias, un narcótico, por Han Solo, aliado al odiado gángster Jabba el Hutt o traficando animales salvajes exóticos). Y alientan la búsqueda de rentas corrompiendo el poder político: muchos burócratas de la nueva República, señala el senador de Naboo, Palpatine Sheev, se encuentran “en la nómina de la Federación de Comercio”. Han Solo, que es el auténtico héroe en la saga, cumple las nuevas expectativas neoliberales: el sujeto del rendimiento neoliberal, ese “empresario de sí mismo”, se explota de forma precaria, voluntaria y apasionada. La optimización personal se muestra como la autoexplotación total, los nuevos héroes son workaholics radicales. El huevo de la serpiente yace en el propio humus democrático liberal, un caldo de cultivo para la Primera Orden. Aunque la globalización, o más bien galaxisación, es una gran ayuda económica a largo plazo, presenta todo tipo de desafíos políticos. En Star Wars se presenta la paradoja que tenemos hoy en día en la agenda neoliberal.

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La globalización burguesa, que es política pero se presenta siempre como un suceso apolítico, como intuyeron Marx y Keynes lleva una tensión irresuelta. No es posible alcanzar los tres objetivos propuestos (Democracia-Autodeterminación nacional y globalización de la ley del valor) en armonía a causa de la unidemensionalidad liberal. Los fundamentos de la democracia chocan y se oponen en muchos casos a la internacionalización económica y la globalización a su vez erosiona la ilusión de una soberanía nacional estilo siglo XX o reprime toda expansión nerviosa de la Democracia. Los habitantes del universo “Star Wars” se enfrentan a problemas similares: el precio de la participación en la economía galáctica es la aceptación de reglas que molestan o crean resistencia en gobiernos planetarios. Por ejemplo: la Alianza Rebelde está tratando de restaurar la democracia y la soberanía planetaria (Episodios IV-VI), aunque eso al mismo tiempo erosiona la integración económica. En el Episodio II, surge una “Confederación de Sistemas Independientes” (formado por varios gobiernos planetarios y sectoriales, así cómo por megacorporaciones) secesionista en respuesta a las regulaciones y tasas fiscales, acusando a la República de una carga económica indebida e imperialista sobre los planetas más pobres. Los efectos de lo que se conoce como un desarrollo desigual y combinado.

Es notorio que el llamado mito “tecnológico-libertariano” de Sillicon Valley subyace a lo largo de la película: los humanos no se encuentran alienados en la tecnología, vade retro Heidegger y Marcuse! Ciencia y técnica se encuentran a disposición de la rápida circulación de mercancías y recursos humanos, e incluso en muchos casos los droides son más humanos que los propios humanos. La paradoja es que la robótica en Star Wars se reduce a trabajar en servicios y poco más, todavía no ha librado al ser humano del trabajo socialmente necesario, ni siquiera de conducir naves de combate, algo extraño. “La Fuerza” sigue siendo una destilación racionalista del pensamiento religioso de Lucas, un deísmo sofisticado: lo divino no es una deidad separada que controla los eventos desde un “afuera”, sino un Dios-pulsión que sostiene mentes y corazones en la búsqueda de nuestra verdad interior.

Conectarnos con the Force, hace que la intución y la energía del héroe que cada uno de nosotros lleva dentro nos lleve a cumplir con nuestra predestinación, un rasgo ideológico derivado del Protestantismo de todas las “Star Wars”. El amor fati nietzscheano, el auténtico motor de la Historia para el Neoliberalismo,  campea en los dramatis personae del film. El Neoliberalismo como una nueva forma de evolución, descubre ahora la psique como fuerza productiva. La Teología política viene en ayuda de la crisis de la Democracia liberal y ya sabíamos que el nuevo régimen neoliberal se comporta como “alma”. ¿Una épica sin sueño? Tal vez. La nueva franquicia de “Star Wars”, como el Citibank, es demasiado grande como para caer, demasiado enorme para fracasar. “Es inútil resistirse” dijo una vez Darth Vader desde el lado oscuro. Y tenía razón.

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*Publicado originalmente en La Casa de EL

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