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El poeta no muere

Por Federico Capobianco

“Los poetas no mueren nunca, y menos si los matan”
Eliseo Alberto

 

El pasado 2 de marzo se cumplieron 106 años de la muerte del poeta chivilcoyano Carlos Ortiz, asesinado en un confuso episodio ocurrido en el Club Social que, según se cree porque nunca pudo comprobarse, fue gestado por el jefe político de la época: Vicente Loveira.

Para el año 1910, Chivilcoy no era ajeno a la coyuntura nacional y también estaba gobernado por el conservadurismo; pero además, inmerso en la lógica del interior pampeano, Vicente Loveira era un caudillo que venía dirigiendo los destinos del pueblo sin oposición durante casi 20 años, permitiendo el apoyo al monopolio político de la oligarquía nacional.

También como parte de la coyuntura nacional, en Chivilcoy existían grupos de personas que intentaban resistir, desde el lado intelectual, los embates del régimen loverista. Por lo que el asesinato de Ortiz fue el detonante perfecto de un malestar que ya existía pero de forma latente. La muerte del poeta, entonces, significó la muerte política de Loveira.

El crimen político era cosa cotidiana en aquella época, pero las balas de esa noche no estaban dirigidas a Ortiz sino a cualquiera que se cruce en su trayectoria. El hecho ocurrió más o menos así:

Vicente Loviera tenía como herramienta política la de presionar, primero mediante la prensa y luego de forma explícita, a aquellas personas que se manifestaban en su contra, con el objetivo concreto de obligarlos al exilio.

El primero en sufrirlo fue Juan M. Menéndez –Jefe de la Oficina de Valuación-, quien debió exiliarse en la ciudad de Arrecifes, cerca de Chivilcoy. En el banquete de despedida, algunos de los presentes realizaron discursos en clara oposición al régimen político de Loveira, entre ellos el Dr. Antonio Novaro y el Director de la Escuela Normal, Alejandro Mathus.

Al primero, Loveira lo atacó mediante la prensa. Al segundo, lo persiguió hasta lograr que deje su cargo y decida abandonar la ciudad. Fue, entonces, en el banquete de despedida a Mathus, que ocurrió la tragedia.

Club Social de Chivilcoy -1910-

Club Social de Chivilcoy -1910-

Con la experiencia del banquete a Menéndez, Loveira vio como acto opositor al que estaba preparándose en honor a Mathus, de ahí la necesidad de hacerlo fracasar. Intentó, sin lograrlo, mediante advertencias y amenazas previas, evitar la concurrencia de varios que habían confirmado asistencia, para luego, la noche del evento, enviar a sus hombres a controlar lo que ocurría.

La concurrencia fue aún mayor de la esperada debido a la crisis política que atravesaba la dirigencia chivilcoyana. Y a ninguno de los asistentes les importó que los hombres del caudillo merodeen y recorran las veredas del Club con la tarea de reconocerlos para ser agregados en las listas de opositores. Por esto, y para dejar en claro que los gobernantes no se equivocaban al pensar que el banquete era un acto opositor, el Club Social tenía sus ventanas abiertas para que lo ocurrido adentro se extienda hacia afuera para aquellos que no habían podido ingresar.

Primero fue el momento de los discursos de Mathus y otras personalidades de la época, para luego dar lugar al poeta, quién había sido invitado –rasgo característico de la época- para que lea sus escritos. De lo leído solo pudo ser rescatado una pequeña parte:

Hacen falta las sombras al caudillo
como la negra noche a la lechuza:
¡es en la sombra que se oculta el pillo
y es en la sombra que el puñal se aguza!

Luego del poeta, se leyeron telegramas de apoyo a la reunión y se continuaron con los discursos. Al finalizar, los presentes se pusieron de pie para empezar la retirada. Carlos Ortiz, quien estaba sentado en la punta de la mesa que daba al balcón, se dirigió al mismo y fue en ese momento cuando sonaron los disparos que llegaban de la vereda.

Los heridos fueron tres, pero sólo el poeta fue herido de muerte. En los intentos por salvarlo se telegrafió a un médico cirujano en Buenos Aires, quién se tomó el tren directo, llegando a Chivilcoy a las 7 de la mañana del día siguiente cuando ya no había nada que hacer. Carlos Ortiz falleció dos horas después.

En la ciudad, el ambiente se volvió tenso y el pueblo empezaba a movilizarse contra el autor intelectual del atentado al grito de ¡muerte a Loveira!, aunque el caudillo se encontraba en un chalet privado que tenía en Mar del Plata. El funeral de Ortiz fue la mayor protesta contra los abusos del régimen. La prensa empezó su campaña contra Loveira que no terminó hasta lograr su defenestración.

El atentado y todo lo relacionado al hecho están narrados en perfecto detalle en el libro “Sangre nuestra” del mercedino Alberto Ghiraldo, editado en 1911, quién realizó un magnífico trabajo de investigación. Dicho libro se volvió casi imposible de conseguir, por eso, y como parte de la colección “Los Raros”, la Bibilioteca Nacional lanzó la edición de Carlos Ortiz, incluyendo la reedición del libro de Ghiraldo y la obra completa del poeta.

Esta nueva edición cuenta con el estudio preliminar del también escritor chivilcoyano Hernán Ronsino, quién incluyó la historia de Ortiz en su última novela “Lumbre” y quien va a estar presentándolo este próximo viernes 18 de marzo a las 19 horas en –no podía ser otro lugar- el Club Social de Chivilcoy. Hablamos con él sobre el evento.

Hernán Ronsino

Hernán Ronsino

¿Qué te llevó a interesarte en la vida y obra de Carlos Ortiz? ¿Y qué es lo que te lleva a trabajar en este libro y haber incluido su historia en tu novela “Lumbre”?

Cuando escuché que en el Club Social de Chivilcoy, en 1910, habían matado a un poeta y que ese poeta era el del busto de la plaza principal que yo esquivaba todos los días en mi camino hacia la escuela, me puse a investigar sobre sus libros y sobre su vida. No había, por esos años, Internet, así que empecé a rastrear toda una serie de contactos ligados con la historia de Chivilcoy: instituciones, profesores, museos. En esa búsqueda me encontré con el dato de un libro que contaba sobre la muerte de Ortiz, Sangre nuestra de Alberto Ghiraldo. Conseguirlo fue casi imposible. Hasta que después de un año logré tener unas fotocopias. Un libro de casi 600 páginas y que solo había tenido una edición, en 1911. Cuando leí Sangre nuestra quedé conmovido. Era como la gran novela sobre Chivilcoy pero que no se presentaba como una novela. Porque lo que hace Alberto Ghiraldo es investigar la muerte de Ortiz, compilar las investigaciones que hicieron los diarios más importantes de esa época de la Argentina: La Nación, La Prensa, La Razón, por ejemplo. Y además figura el proceso judicial.  Toda la disputa política, la intervención del municipio por parte del gobernador, y la interpretación que se desplegó lo vuelve al libro un documento fascinante sobre un momento intenso de la vida argentina: los alrededores del Centenario. Ortiz entonces siempre es planteado como un símbolo de la civilización. El poeta de la civilización, el poeta modernista, amigo de Rubén Dario y de Lugones, que fue agredido por la barbarie, por el “caudillo rojo” como lo llaman a Loveira en esa época. Siempre quise escribir sobre eso. Y a ese tema lo tuve macerando durante muchos años. Y fue en Lumbre donde encontró su lugar y su manera de aparecer dentro de la trama.

¿Qué significado o valor cultural tiene para la ciudad que Carlos Ortiz sea incluido en la colección “Los Raros” de la Biblioteca Nacional?

Fue, justamente, por Lumbre que se llega a esta edición de la Biblioteca Nacional. La muerte de Ortiz resignifica su obra y la ubica en un lugar. No se puede pensar la obra de Ortiz sin su muerte, es decir, sin Sangre nuestra. Son dos partes de una misma obra. Los poemas, de algún modo, anticipan su muerte. Por eso la compilación que estamos presentando se llama Obra y muerte. Tiene dos partes, por un lado la obra poética completa, y luego el libro Sangre nuestraSangre nuestra es como un policial, muy moderno para esa época, fragmentario, con un registro narrativo y periodístico. Es el libro que considera a la muerte de Ortiz como un crimen de lesa civilización. Lo que me interesa de esta publicación es, no sólo el rescate patrimonial, sino ver cómo se teje un mito. Allí se despliega una narratividad que terminará institucionalizada. En ese sentido es un poeta que forma parte de la memoria mítica de la ciudad, por eso se lo homenajea todos los años, hay una escuela que lleva su nombre. Lo que pretende esta edición es ser un rescate patrimonial y un rescate crítico. Ubicar a la poesía de Ortiz en una época precisa y discutir con esa interpretación de su muerte. Que es, finalmente, una interpretación política. La colección Los Raros tiene como objetivo rescatar libros que han quedado en el olvido – que no se volvieron clásicos – pero han dejado, en su época, una huella, una interrogación sobre la realidad.

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