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La quinta

Por Sergio Fitte

Tanto me rompió las pelotas la gorda de mi mujer que al final dije; sí. Listo, alquilé la quinta y a la mierda. Un fin de semana entero veinte lucas para atrás, pero bueno. De paso veo si haciéndola comer y tomar bastante me la puedo voltear un par de veces. Pensar que cuando la conocí era tan flaquita, fibrosa. Ahora es una bola. La verdad que a la guita me la hubiese patinado en putas. Para festejar el día del padre. Mí día del padre. Igual ya está. En el mejor de los casos me la chupo y me la como toda a la plata. Al final ella es buena y al menos por los recuerdos vividos se merece que le de este gusto. Siempre me las arreglo para pasarla bien de todos modos.

Cuando me vino con la idea, a lo primero, no me convenció. Pero me dijo que el padre de ella está muy grande y a lo mejor no llega a festejar un próximo día y me ablandé. Tiene razón cuando dice: “que se te muera papá no está bueno”.

Entonces aquí estamos aguardando a que comiencen a llegar los invitados. Y las invitadas, quién te dice que al final de cuentas termine haciendo un gol de media cancha. La gorda tiene un par de primas que bien que les gusta la joda. Soy muy familiero. Me llevo a las mil maravillas con todos. Aunque para ser sincero debo decir que, esta vez, preferiría que Jorge no estuviese dentro de los invitados. El loco es piola, pero desde que se separó es como que se le cambió la cabeza. Me tiene podrido con el tema de su ex. Su depresión. Qué el nene que tienen juntos lo está enloqueciendo. Qué no le dan las cuentas para pasarle la cuota a la madre del pendejo y pagarle a los abogados. Y todos esos rollos mala onda de los recién separados. Cuando nos casamos con la gorda Jorge fue nuestro padrino de bodas, por eso pensándolo un poco decidimos que no lo podíamos dejar afuera. Cuando le informamos de la invitación, él nos dijo que casi seguro no iba a poder venir porque para salir un poco de la rutina se iba a ir con el nene a Colonia. Después no sé qué quilombo hubo con el tema de sacarlo del país y finalmente de última, tal cual me dijo, decidió aceptar venir a la reunión.

Lo peor de toda la situación es que desde que se separó se hace el re padre. Antes no le daba ni bola al nene. Ahora parece que estuviese alabando a un Dios pagano. Antes, con el otro Jorge, teníamos un lema: “los hijos son iguales que los perros. Solo los soportan los dueños. Y los soportan hasta por ahí nomás”. Bueno, eso se le ha borrado por completo de la cabeza. Le compra pelotas, botines, camisetas de fútbol. Todo lo que se te ocurra para jugar a la pelota. Pareciera que está siguiendo una estrategia para que el niño salga jugador profesional así se recupera económicamente. No cumplió cuatro años todavía y ya es todo un experto en el tema de destruir todo a su paso durante sus interminables partidos de fútbol.

Llegan los invitados.

Yo voy de un lado a otro. Los atiendo a todos. Soy un gran anfitrión. Me hago el apurado para no regalarle un solo minuto más del que merecen a cada uno. Hay fuego. Bebidas. Asado. Mucho de todo. Muestro las instalaciones y miento cuando digo que estoy charlando con los dueños porque la quinta me gustó tanto que la quiero comprar, el único detalle que podría complicar las cosas es que parece que está en sucesión, pero yo la quiero sí o sí. Continúo. Dando cátedra ente varios ojos que se van abriendo de sorpresa y envidia en algunos casos. Por momentos me asombro de lo bien que miento.

Me cambia un poco el semblante cuando a lo lejos advierto el ingreso de Jorge. Es el único que ha venido solo, me refiero a solo en el sentido de que llegó sin pareja. Porque solo él no está nunca. Siempre viene con su cría al pie. Busco evitarlo. Trato de que no me vea pero resulta imposible, en unos minutos lo tengo a mi lado, siguiéndome a sol y sombra.

-Pará un poco de atender a la gente y mostrame la quinta- habla por primera vez.

-Al final el único que no la vi fui yo- habla por segunda.

Antes de que comience con su perorata de desdichas y abandonos y falta de dinero y abogados y conjuras cósmicas en su contra, le digo “vamos”.

Yo camino adelante marcando el camino.

Mi amigo viene unos pasos atrás mirando el suelo prestando poca atención a lo que le voy explicando. Sé que él fue el quien forzó el inicio de este paseo para sacarme de la reunión y decirme algo. Quizás más grave que todo lo que se me puede pasar por la cabeza.

-Este es el lugar destinado a que jueguen los niños.

-Estos, los rosales- voy agregando otros datos para llenar los silencios. No le doy oportunidad a abrir la boca.

-Por aca está el sector de pinos.

No digo nada sobre la idea de comprar la quinta. Con Jorge eso no funcionaría.

Me preocupa que continúe arrastrando los pies y siga mirando el suelo.

-Esta es la pileta. Pero mejor no, está llena de hojas- le digo advirtiendo que un nene de no más de cuatro años flota en su superficie boca abajo. Botines naranjas. La camiseta del Real. Una pelota nueva también flotando moviéndose por la acción del viento imperceptiblemente hacia delante.

Giro sobre mis pasos. Enmudecido. Jorge hace lo mismo.

Es él quien rompe el silencio y me mira a los ojos.

-Estuve charlando con Laura, me dijo que en la semana quiere que nos juntemos a tomar un café. Estoy tan esperanzado. A lo mejor nos reconciliamos.

Pasa un mozo al que le quito dos copas.

-Feliz día papá- le digo mientras lo abrazo.

Por sobre su hombro vuelvo a ver la imagen del cuerpo flotando y la pelota que aún no ha alcanzado a llegar a tocar el borde.

 

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