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Mujeres

Por Enrique Balbo

Hay algo que tengo claro: cuando todo empieza a ir mal, cuando la ciudad y la gente apestan (y yo tengo una gran nariz para esto), cuando la adversidad se te presenta como un nubarrón, cuando no encuentras ni tus zapatos, ni tus calcetines ni tus gafas -esto para un miope como yo es grave-,  hay que huir. Y en esto soy un entendido: llevo en esto cincuenta años.

Me fui, la primera vez cuando tenía trece años, desde la plaza Colón de Chivilcoy hasta la estación Sur caminando –en mi época no había otra forma- y allí me monté en un tren con destino a Santa Rosa: la última parada.

En Santa Rosa, arrepentido de semejante viaje, pregunté por el próximo tren que resultó que salía al otro día. Así es que mis pensamientos, mi angustia de pequeño expatriado y yo nos dispusimos a pasar la noche en un incómodo banco de madera centenaria de la estación. Noche que al final no me tocó transcurrir gracias a una mujer.

Aquella mujer, la esposa de un trabajador ferroviario, me llevó a su casa, me dio de comer y me habló  hasta bien entrada la noche. Su marido, sabio él, no emitió palabra alguna, y esa noche dormí en un cómodo sofá, abrigado con una manta tejida a mano y envuelto por las dulces palabras de una mujer que no conocía.

Esta anécdota ilustra también lo que era mi casa de aquellos años: las mujeres eran las que daban peso a la casa. Se juntaban en la cocina mis tías (éstas eran una cantidad que nunca quise contar, casi un aguerrido equipo de rugby), mis  abuelas, mi madre. Constituían una legión de mujeres de las que yo me aprovechaba con descaro. Fui el primer hijo, nieto y sobrino y, como tal, se me permitía estar entre tantas mujeres. Un lujo.

Descubrí –me descubrieron- mis tías los libros: la colección “El séptimo círculo” de Bioy y Borges eran parte integrante de todas mis siestas; mis abuelas el cine: Hitchcock, Tatí; Buñuel, Godard, Kubrik; mi madre el arte nacional: Carlos Morel y sus batallas del Paraguay eran un hábito casi cotidiano.

Los hombres no tenían ningún peso gravitatorio en aquella casa. En verano se juntaban en el patio, bebían vino fresco y, en invierno, se sentaban delante de la chimenea con el coñac y el tabaco. Las conversaciones me resultaban tediosas. No resolvían nada, se aburrían entre el humo del tabaco y el crepitar de la leña.

Las auténticas decisiones eran de las mujeres aunque actuaran desde la sombra. La auténtica diversión estaba en la cocina, aunque nadie cocinara. Y hoy creo en esto. Creo que una casa debe ser pequeña, acogedora, las ventanas apenas deben dejar filtrar la luz exterior, pero en su interior debe haber una mujer. Son ellas las que tienen la capacidad de organizar ese complejo ámbito, poseen esa inteligencia de las que los hombres carecemos. Pueden hacer varias cosas a la vez, pueden tratar los temas con la sutileza que nosotros ignoramos, pueden ordenar nuestras vidas, pueden dedicarte cinco minutos de sus vidas o toda su existencia. Pueden llevarte nueve meses a cuesta en sus tripas: ¿qué hombre soportaría esta mochila?

En mi casa, en mi familia todas fueron maestras, profesoras, traductoras, docentes al fin. Porque no hay profesión más digna, salvo la de aquel carpintero de Judea, que la de maestro. Y a mí esto me generaba una alegría al saber que tantos alumnos se iban a llevar lo que yo me llevé: la felicidad de aprender entre sutilezas.

Para terminar diré dos cosas: la primera es que recomiendo a los hombres vivamente el matrimonio y, a las mujeres, que se reúnan todo lo que puedan con sus amigas; lo segundo, me gustaría mucho saber qué ha sido de la mujer de Santa Rosa. Se llamaba Felicitas y su casa olía a un profundo jazmín que entraba desde el patio. Sé (intuyo) que ha tenido una buena vida y también sé que su marido ha intentado ser digno de aquella mujer, como yo he intentado ser digno de las mías.

 

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